¡SALE TODO A LA LUZ! SANCIÓN A MUNUERA MONTERO Y VAR POR ROBO AL RACING TRAS FILTRARSE AUDIOS
¿Cuántas veces tiene que pedir el VAR a un árbitro que revise un penalti antes de que se acerque a la pantalla? En El Sardinero lo pidieron, lo repitieron y Munuera Montero se quedó donde estaba mientras Mbappé colocaba el balón en el punto de penalti. Ahora, según las versiones que circulan, el Comité Técnico de Árbitros (CTA) tiene esa conversación grabada y ya habría tomado una decisión que se haría pública en las próximas horas.
Lo que no termina de encajar es lo que hizo el colegiado cuando le llegó el aviso. Son treinta segundos. Lo que se tarda en acercarse a un monitor y lo que se tarda en suscribirse, dar a «me gusta» y compartir este vídeo. La diferencia es que usted sí lo hará, y Munuera no lo hizo.
Todo empezó una tarde de domingo en Santander. El Sardinero con ese ambiente de grandes tardes, el Racing todavía invicto en casa, bufandas verdiblancas al cuello y unas ganas enormes de tumbar al Real Madrid de Mourinho. La ilusión duró nueve minutos.
Balón al área, Mbappé se lanza a por él y Prati llega por detrás. El brazo del italiano roza el abdomen del francés, un contacto que ni el árbitro más casero del mundo señalaría. Mbappé ve que el balón se le escapa, comprueba que no llegará y se deja caer.
En la repetición hay un detalle que conviene mirar con calma. Mientras cae, Mbappé mira al árbitro. Cae mirándolo, como el niño que tropieza en el patio y, antes de ponerse a llorar, comprueba si la maestra lo ha visto.
Munuera señala penalti. El estadio entero se pone en pie y los jugadores del Racing rodean al colegiado. José Alberto gesticula en la banda como si le hubieran robado la cartera en el autobús, y los pitos se oyen desde el puerto.
El árbitro se lleva la mano al oído, escucha unos segundos y se mantiene en su decisión. Ni un paso hacia la pantalla. Mbappé coge el balón, lo coloca y lo ejecuta: 0-1 en el minuto 11.

Conviene retener un nombre, porque más adelante escocerá: Julen Aguirrezábala, el portero del Racing. Es el mismo que durante un tiempo defendió la portería del Athletic en San Mamés, y allí le detuvo un penalti a Mbappé que dejó al francés con mala cara. Aquel día el partido fue limpio y ganó el portero. Esta vez le tocó perder en un duelo que, según el relato de los aficionados racinguistas, nunca debió producirse.
Lo que vino después fue cuesta abajo. Bellingham firmó el segundo en el minuto 22, Jan Diomande el tercero en el 37 y al descanso el partido estaba visto para sentencia. Un 0-3 en un campo donde el Racing no había perdido en toda la temporada.
Para ser justos, porque aquí no se vende humo, el Madrid jugó bien. Güler y Bellingham ya habían avisado antes del penalti y el equipo de Mourinho llega a su mejor momento, con seis victorias seguidas en todas las competiciones. Esa es la versión de quienes defienden que el resultado habría sido el mismo con o sin esa pena máxima.
Pero conviene pensar qué significa un 0-1 en el minuto 11 sobre un campo invicto y con todo el estadio empujando. El Racing tenía su plan: resistir, morder y salir al contragolpe con la grada detrás. Ese plan se fue al traste de un golpe en el estómago.
La clasificación lo explica casi todo. El sábado, el Barça le había hecho seis al Alavés con dobletes de Raphinha y de Dani Olmo, que además dio una asistencia, y con goles de Fermín y de Gordon. El Atlético también ganó y se mantiene a dos puntos de los azulgranas.
El Madrid llegó a Santander a tres puntos del líder, y una derrota allí lo habría dejado a seis, con el Atleti por delante y la temporada de Mourinho otra vez colgando de un hilo. Guarde esa cuenta, porque cuando oiga lo que se dijo por el pinganillo aquella tarde, esos puntos sonarán distinto.
Ahora conviene mirar quién llevaba el silbato. José Luis Munuera Montero es uno de los árbitros más prestigiosos de España, con muchos años en Primera y de los que se asignan a los partidos grandes. Tanto, que apenas una semana antes estaba en el Camp Nou dirigiendo el clásico.
Sí, el mismo clásico en el que, según los críticos, Cucurella se pasó la tarde agarrando a Lamine Yamal como quien se agarra a la barra del autobús en una curva sin que pasara nada. El mismo clásico que ganó el Madrid. Dos partidos seguidos del Madrid con el mismo árbitro y en ambos el fiel de la balanza inclinado del mismo lado.
«La vida tiene sus casualidades», diría mi abuela levantando una ceja. Desde el entorno arbitral, en cambio, recuerdan que las designaciones responden a criterios de ranking y de rendimiento, no a quién juega contra quién, y que coincidir dos semanas seguidas con un mismo club no es algo inédito.
Hay otro detalle que resulta especialmente jugoso. Mourinho lleva desde septiembre dándole vueltas a los árbitros. Tras perder ante el Betis recuperó su famoso «por qué» de hace quince años y en más de una rueda de prensa se ha despedido preguntando, con cierta ironía, si nadie le iba a preguntar por los penaltis, algo que decía encontrar muy raro.
Pues bien, esta semana sí hay preguntas sobre penaltis. Muchas. Y, a juzgar por lo que se cuenta, no le van a gustar ninguna.
Lo ocurrido en El Sardinero no se quedó en El Sardinero. Hay una parte que mucha gente desconoce: cada conversación entre el árbitro y la sala VAR queda grabada. Todo lo que se dice, cuándo se dice y quién lo dice.
Tras cada jornada, esas grabaciones se envían al Comité Técnico de Árbitros, que las revisa con lupa, sobre todo las de las jugadas más polémicas. De ahí salen los informes, las notas de cada colegiado y, cuando la cosa se pone seria, las decisiones sobre quién pita la semana siguiente y quién se queda en casa viendo el fútbol por televisión.
Lo normal es que el aficionado no se entere de nada. Los audios se escuchan en un despacho, se archivan en una carpeta y la vida sigue. Esta vez fue distinto.
Según lo que se comenta desde dentro, el lunes por la mañana los audios del Racing-Madrid ya estaban en el CTA, y la jugada del minuto 9 fue de las primeras que se escucharon. Era lógico. El Racing había protestado, las imágenes del roce y de Mbappé mirando al árbitro mientras caía ya daban la vuelta a España y el comité sabía que iba a ser cuestionado.
Lo que no esperaban era lo que encontraron. Quienes estaban en esa sala cuentan que, al principio, todo sonaba normal. Munuera pita, la sala VAR contacta con él y le comunica que están revisando la acción. Pura rutina.
Pasan unos segundos. Desde la sala le indican que el contacto es muy leve, que en la imagen se ve cómo Prati retira enseguida el brazo y que el jugador ya se está cayendo antes de que le toque nada. Y le recomiendan lo que se recomienda en estos casos: que se acerque a la pantalla y lo vea con sus propios ojos.
Eso es lo que establece el protocolo. En una jugada de interpretación, el VAR no puede quitar un penalti por su cuenta. Lo que hace es avisar al árbitro, enseñarle la imagen y dejar que decida.
Treinta segundos, una mirada al monitor y o corriges o te reafirmas con la conciencia tranquila. Pasa cada fin de semana en todos los campos de España, y el propio Munuera lo ha hecho decenas de veces.
Lo que se oye justo después es lo que, según estas versiones, obligó al CTA a parar la grabación y empezar de nuevo desde el principio. Munuera no va. Responde algo, y enseguida sabrá qué.
La sala VAR, que no se lo esperaba, vuelve a la carga. Repiten que la imagen es clara, que el contacto no es lo bastante fuerte para derribar a nadie y que le conviene verlo. Mientras tanto, en el campo, los jugadores del Racing siguen encima de él, el estadio pita sin parar y Mbappé tiene el balón en las manos esperando a que alguien le diga si puede tirar.
Piense en lo que eso significa. Un árbitro con tanta experiencia, con una sala VAR insistiéndole, con todo el estadio empujando y con unas imágenes que hasta el vecino de ochenta años vería claras desde el sofá. Era fácil ir. Era cómodo ir. Si mantenía el penalti, al menos lo había comprobado, y si lo quitaba, nadie podría reprocharle nada.
Se quedó quieto. En el CTA, por lo que se sabe, la primera reacción fue de incredulidad. Uno de los responsables pidió que le pusieran el fragmento otra vez porque creía haberse perdido algo, y no se había perdido nada.