Vinícius y Mourinho: del «juega contra nosotros» al duelo por un puesto que parecía suyo para siempre
Hay historias que parecen imposibles hasta que se cuentan de principio a fin. La de Vinícius Júnior es una de ellas: el jugador al que, según una imagen captada en octubre de 2020, Karim Benzema no quería ver recibir el balón acabó siendo el hombre que decidió dos finales de Champions. Hoy, con José Mourinho de vuelta en el banquillo, el brasileño vuelve a una posición que creía haber dejado atrás: la de tener que demostrar que merece ser indispensable.
El episodio de 2020 es de sobra conocido. El 27 de octubre, en el descanso del 2-2 ante el Borussia Mönchengladbach, las cámaras captaron a Benzema pidiendo a Ferland Mendy que no le diera el balón a Vinícius. La explicación, según se difundió entonces, era demoledora: parecía que el brasileño jugaba contra su propio equipo. El francés era, además, uno de los líderes del vestuario y vicecapitán del club.
El incidente se resolvió con el tiempo y, de manera casi paradójica, ambos acabaron formando una de las parejas más peligrosas de Europa. Pero el contexto de aquel día importa: Vinícius había llegado al Real Madrid el 20 de julio de 2018, con solo 18 años, por unos 45 millones de euros pagados al Flamengo. Era un adolescente de velocidad y regate extraordinarios, pero con un producto final frustrante.
Entre 2018 y 2021 marcó solo 14 goles. Las dudas, recuerdan los analistas que han repasado su carrera, eran reales, incluso dentro del vestuario. El cambio llegó con el regreso de Carlo Ancelotti en 2021, cuando Benzema empezó a caer a zonas más retrasadas, a combinar entre líneas y a arrastrar defensas, mientras Vinícius atacaba los espacios que dejaba libres su compañero.
El resultado, en la temporada 2021-22, fue arrasador: 44 goles para Benzema y 22 para Vinícius. Y luego, el 28 de mayo de 2022, la final de la Champions ante el Liverpool. Valverde envió un balón cruzado al área, Vinícius apareció en el segundo palo en el minuto 59 y el Madrid ganaba 1-0. El jugador al que se criticaba por no saber definir acababa de decidir el partido más importante del fútbol de clubes.
No fue una noche aislada. En febrero de 2023 firmó dos goles en la final del Mundial de Clubes ante el Al-Hilal y, diez días después, lideró una remontada de 5-2 en Anfield tras ir perdiendo 2-0. Poco después participó en el 4-0 al Barcelona en la Copa del Rey y marcó un golazo desde fuera del área al Manchester City. Ya no era solo un extremo peligroso: podía decidir los grandes partidos por sí solo.
Su cima llegó en la temporada 2023-24. El 14 de enero de 2024 firmó un triplete en la primera parte de la final de la Supercopa de España ante el Barcelona. En abril marcó dos goles al Bayern en Alemania y, en la vuelta, destrozó una y otra vez a la defensa bávaro con su regate. Uno de sus disparos originó el rechace del que salió el primer gol de Joselu. Y el 1 de junio volvió a marcar en otra final, esta vez ante el Borussia Dortmund en Wembley.
Cerró aquella Champions con seis goles, cinco asistencias y el premio de mejor jugador de la temporada de la UEFA. Con ese bagaje, ganar el Balón de Oro parecía casi inevitable. Pero el 28 de octubre de 2024 el premio fue para Rodri, y Vinícius quedó segundo, a solo 41 puntos de distancia.
Su respuesta se hizo icónica: «Lo haré diez veces mejor si es necesario». Su entorno explicó más tarde que el mensaje se refería a seguir luchando contra el racismo, pero buena parte de la afición madridista lo interpretó también como una promesa deportiva. Dos años después, esa frase suena muy distinta, según los autores del análisis que ha dado pie a esta crónica.
Los números que citan para sostener esa tesis son concretos. Vinícius habría pasado del segundo puesto en el Balón de Oro de 2024 al 16.º en 2025 y al 17.º en 2026. En los dos años previos a aquella frase firmó 47 goles y 33 asistencias en 92 partidos; en los dos siguientes, 37 goles y 29 asistencias en 107. Su promedio goleador habría caído de 0,51 a 0,34 por partido, y sus regates intentados se habrían reducido casi a la mitad, de unos ocho por encuentro a cuatro.
Es una lectura cuantitativa que admite matices. Los defensores del brasileño recordarán que sigue siendo un futbolista extraordinario, capaz de desbordar, crear ocasiones y cambiar partidos, y que el rendimiento individual depende también del sistema, de las lesiones y del contexto colectivo. Incluso quienes firman el análisis reconocen que la cuestión no es de talento.
El contexto de los últimos meses tampoco ayudó. La temporada 2024-25 terminó sin Liga, sin Copa y sin Champions. El Madrid perdió los cuatro Clásicos y fue eliminado por el Arsenal en Europa. Mbappé, llegado en 2024, formaba con Vinícius combinaciones brillantes, pero ambos preferían moverse hacia el lado izquierdo, y tras el 1-1 ante el Mallorca en agosto Ancelotti reclamó públicamente más compromiso.
Vinícius se vio además envuelto en polémicas, protestas, discusiones y una tarjeta roja ante el Valencia en enero de 2025. Pero el análisis introduce aquí una distinción necesaria: ninguna de esas reacciones justifica los insultos racistas que sufrió en Mestalla el 21 de mayo de 2023. El 10 de junio de 2024 tres aficionados fueron condenados por aquellos ataques, y el racismo padecido por el jugador «no puede convertirse en algo que él provocó».
Llegó después Xabi Alonso, en mayo de 2025, con la intención de restaurar la disciplina, la presión coordinada y la responsabilidad colectiva. Sus decisiones generaron pronto tensión con Vinícius: en septiembre, el brasileño ya había sido sustituido diez veces en doce partidos. El 26 de octubre de 2025, en el 2-1 al Barcelona, su cambio en el minuto 71 provocó una reacción furiosa: caminó hacia el vestuario antes de volver al banquillo. Tres días después pidió disculpas, aunque sin mencionar directamente al técnico.
El 12 de enero de 2026, tras caer en la Supercopa ante el Barcelona, Xabi Alonso dejó el club. Vinícius formaba parte de la tensión, pero, subraya el análisis, no era ni de lejos la única razón del colapso. Con Arbeloa tampoco volvió la calma: el Madrid volvió a quedarse sin los grandes títulos y, en mayo de 2026, el propio Mbappé cuestionó públicamente la gestión del equipo.
El episodio más inquietante, siempre según este relato, llegó el 6 y 7 de mayo, cuando una discusión entre Tchouaméni y Valverde terminó con el uruguayo con un golpe en la cabeza. Ambos negaron haber peleado, y Valverde explicó que se había golpeado accidentalmente con una mesa. Aun así, las filtraciones y las historias de vestuario dominaron los titulares y reforzaron la imagen de un grupo inestable.
El Mundial tampoco cambió del todo la situación del extremo. Brasil cayó por 2-1 ante Noruega en octavos el 5 de julio de 2026, y Vinícius terminó el torneo con cuatro goles y una asistencia en cinco partidos. Son buenas cifras, pero en el partido eliminatorio decisivo no aportó ni gol ni asistencia. A ello se sumó el ruido extradeportivo: una teoría viral completamente falsa llegó a afirmar que había sido sustituido por un doble, y su ruptura sentimental en octubre añadió foco mediático, aunque no hay prueba de que afectara a su rendimiento.
En ese escenario se anunció, el 11 de junio de 2026, el regreso de José Mourinho. Florentino Pérez recuperó al entrenador de los 100 puntos, pero también al técnico que, en su primera etapa, desafió a leyendas del club y terminó perdiendo el control de un vestuario dividido. Su mensaje, según el análisis, es clarísimo: «el único intocable es el escudo».
Para entender el alcance de esa frase hay que mirar atrás. Mourinho llegó al Madrid el 31 de mayo de 2010 con una misión casi imposible: frenar al Barcelona de Guardiola. Tras un duro 5-0 en el Camp Nou, construyó un equipo diseñado para castigar cada error. Ganó la Copa del Rey en abril de 2011 con un cabezazo de Cristiano y, en 2011-12, firmó 100 puntos, 121 goles y 32 victorias, poniendo fin al dominio doméstico de Guardiola.
Pero nunca fue solo un táctico. También estaba dispuesto a incomodar a sus propias estrellas. En diciembre de 2010 comparó a Benzema con un gato cuando, dijo, lo que necesitaba era un perro de caza. El francés exigió respeto, pero su producción pasó de nueve goles en 2009-10 a 32 en 2011-12. Incluso Cristiano, que marcó 46 goles en Liga esa temporada, tuvo discrepancias con él por críticas tácticas.
El caso más explosivo fue el de Iker Casillas. En 2012 crecieron las tensiones en torno a la influencia del capitán y las sospechas de filtraciones a la prensa, que el portero negó y que nunca se probaron. Mourinho lo dejó en el banquillo ante el Málaga en diciembre, una lesión abrió la puerta a Diego López y, el 7 de mayo de 2013, defendió públicamente su preferencia por este último. Pepe criticó el trato dado al capitán, el vestuario se dividió y, tras perder la final de Copa ante el Atlético, se anunció su salida el 20 de mayo.
Ese pasado, dicen los analistas, pesa enormemente hoy. Y la lectura es doble. Para sus partidarios, el Mourinho de 2026 es una versión mucho menos confrontativa que la de 2013: lo primero que hizo no fue castigar al vestuario, sino organizarlo. Los jugadores llegan a Valdebebas entre 90 minutos y dos horas antes del entrenamiento, desayunan juntos y afrontan sesiones intensas de entre 60 y 75 minutos. Además, suele comunicar la alineación el día anterior.

Para sus críticos, en cambio, el riesgo de una nueva guerra interna sigue vivo. Dejar en el banquillo a una superestrella no crea autoridad de forma automática, y otro conflicto público podría dividir el vestuario exactamente igual que en su primera etapa. La comparación con Casillas, advierte el análisis, es inevitable, pero no debe convertirse en profecía.
Vinícius, en cualquier caso, no entró en este proyecto como un jugador prescindible. Mourinho le dio un papel importante desde el principio: quería recuperar su capacidad para destrozar defensas en el uno contra uno, pero también le exigía presionar, bajar a ayudar al lateral y moverse como parte de un bloque más alto y compacto. Cuando Vinícius y Mbappé presionaban sin coordinarse y el rival superaba esa primera línea, la estructura se desconectaba y ningún regate lo arreglaba.
Había, además, un problema ofensivo. Vinícius recibe de forma natural por la izquierda, atrae rivales y conduce hacia dentro. Mbappé, incluso como delantero centro, también tiende a moverse hacia ese costado antes de acelerar. Cuando ambos buscan el balón en los mismos espacios, el Madrid se estrecha. Mourinho, según este análisis, necesitaba movimientos complementarios, no dos superestrellas esperando su turno para atacar.
Ahi entra Diomandé. El Madrid pagó 125 millones más otros 15 en variables por el joven de 19 años, aunque Mourinho gestionó sus minutos con cuidado. El marfileño no solo regatea: se mantiene abierto y fija al lateral, ataca el espacio entre lateral y central y, al perder el balón, repliega para proteger su banda. Puede crear peligro sin tocar el balón, y esa, apuntan, es quizá la diferencia clave.
La primera señal llegó el 10 de octubre. Mourinho dejó a Vinícius en el banquillo ante el Villarreal y Diomandé marcó el único gol del 1-0. El brasileño entró después, vio cómo le anulaban un gol y acabó expulsado por una entrada a Nathan Chávez [nombre según la transcripción, pendiente de verificación], con cuatro partidos de sanción en Liga. No fue una condena a Vinícius, matizan, pero demostró que el Madrid podía ganar sin construirlo todo a su alrededor.
Cuatro días después, en Roma, esa posibilidad se volvió táctica. Vinícius cometió un error importante cuando el Madrid ya perdía 3-1 y Mourinho lo sustituyó. Valverde pasó a lateral derecho, la estructura creativa cambió en torno a Güler y Bernardo Silva, y el equipo remontó hasta ganar 4-3. El ajuste permitió que Valverde diera cobertura defensiva sin ocupar el mediocampo, que Güler recibiera de cara y que Bellingham conservara libertad para atacar el área. Mbappé, en consecuencia, ya no recibía siempre rodeado de defensas.
Contra el Sevilla, el 17 de octubre, el cambio fue aún más claro: el Madrid alcanzó un 65,1 % de posesión, frente a una media previa de en torno al 49,5 %. Mourinho no buscaba un equipo lento, sino uno que decidiera cuándo acelerar. El 21 de octubre, ante el Leipzig, Vinícius fue sustituido en el minuto 70 entre silbidos, tras once partidos sin marcar y sin goles ni asistencias en tres partidos de Champions. Diomandé ocupó su lugar, asistió a Mbappé y marcó una volea espectacular ante su exequipo.
La comparación de números previa al Clásico resultaba difícil de ignorar. Vinícius acumulaba 801 minutos, un gol, tres asistencias y 16 regates completados de 36 intentados. Diomandé, 569 minutos, tres goles, cuatro asistencias y 31 regates exitosos de 45. El joven, concluye el análisis, generaba separación con más frecuencia y eficacia.
Pero esas cifras, advierten, no significan que Diomandé tenga más talento que Vinícius, que lo ha demostrado durante años. La diferencia está en las acciones que repite hoy cada uno: Vinícius suele querer ser protagonista con el balón, mientras que el marfileño puede quedarse ancho, fijar a su par y atacar sin balón, lo que abre carriles para Mbappé y Bellingham. No es solo un arma individual, sino, dicen, «una solución colectiva».
La prueba más fuerte llegó el 25 de octubre. Con Vinícius sancionado, Mourinho allineó a Valverde de lateral derecho, a Bernardo junto a Tchouaméni, a Güler por la derecha, a Bellingham por detrás de Mbappé y a Diomandé por la izquierda. Sin balón, el 4-2-3-1 estaba pensado para cerrar los espacios centrales del Barcelona. El objetivo no era dominar la posesión ante Flick, sino impedir que el rival jugara cómodo.
Diomandé importó en ambas fases. Completó cuatro regates, dio problemas primero a un lateral y luego a Cancelo y obligó constantemente al lateral zurdo del Barcelona a elegir entre seguirle o proteger el centro. A la vez, bajaba a ayudar a Cucurella frente a Lamine Yamal, de modo que el Madrid podía defender ese costado sin dejar aislado a su lateral y mantener una amenaza inmediata en la transición.
En el minuto 41, ese mecanismo ayudó a producir el primer gol: el Madrid superó la presión culé, Diomandé recibió abierto y centró hacia Mbappé, y el balón acabó entrando tras un despeje fallido de Gerard Martín y un rebote en el francés. No fue una asistencia convencional, pero mostró lo que la estructura estaba creando: amplitud, movimiento y espacio.
El gol de la victoria, en el minuto 87, no tuvo a Diomandé como protagonista directo, y eso también importa. Bellingham escapó de la presión con una ruleta, Güler aceleró la transición y Camavinga llegaron desde atrás para asistir a Mbappé. Un gol completamente colectivo y, según el análisis, un ejemplo perfecto de lo que Mourinho intenta construir: un Madrid capaz de generar peligro a través de distintos jugadores, con un Mbappé que ya no pelea con Vinícius por la misma zona de recepción.
La lectura, sin embargo, no es unanime. Los defensores de Vinícius recuerdan que el Madrid sigue concediendo ocasiones, que Diomandé todavía debe demostrar que puede mantener este nivel durante toda una temporada y que el brasileño conserva todas las cualidades necesarias para recuperar su sitio. Incluso los autores del análisis lo admiten: la amenaza real para Vinícius no es que Diomandé haya empezado a marcar, sino que Mourinho está descubriendo cómo hacer funcionar al Madrid sin depender de un momento de brillantez del brasileño.
La pregunta de fondo sigue abierta: ¿atraviesa Vinícius otro bache pasajero o ha encontrado Mourinho una versión del Madrid que funciona mejor sin depender tanto de él? Durante años, el brasileño luchó por convertirse en intocable. Ahora juega para un entrenador que no cree en los intocables.
Para recuperar su lugar tendrá que adaptar sus movimientos, mejorar su aportación defensiva y reconstruir la relación con Mbappé, porque, resumen los analistas, ser extraordinario ya no basta. Vinícius debe demostrar que su talento puede hacer mejor al Real Madrid. Y Mourinho, por su parte, deberá probar que puede devolver la autoridad perdida al club sin repetir la guerra que puso fin a su primera etapa.