Las reglas del VAR que se saltaron en el Betis-Barcelona: Pedri, el “compruébame la mano” y el gol anulado a Lo Celso, con el protocolo del IFAB en la mano
Hay una cámara nueva en el fútbol español que lo está contando todo.
Y lo que cuenta, a veces, incomoda a quien no debería sentirse incomodado.
Se llama RefCam, y es la cámara que lleva el árbitro sobre el pecho.
Graba imágenes desde un ángulo que nunca habíamos visto y, de paso, parece que también recoge el audio.
Gracias a ella hemos podido ver goles espectaculares, como el de Arda Güler, desde los ojos del propio colegiado.
Pero la RefCam no solo regala planos bonitos.
También nos deja escuchar cómo hablan los árbitros con los jugadores, con los asistentes, con los entrenadores y con sus compañeros de la sala VAR.
Y a veces lo que se escucha deja a media afición con la boca abierta.
Quien lo analiza en el vídeo que da pie a este artículo lo cuenta con ironía.
Dice que esta temporada están disfrutando muchísimo de esos audios, aunque no siempre por los motivos que esperaban.
Porque, según su lectura, hay conversaciones que retratan una forma de trabajar que no pasa desapercibida.
Para situarnos, hay que recordar un episodio anterior, el del partido contra el Athletic de Bilbao.
En aquel encuentro, según se escuchó en los audios, el árbitro bromeó con Raphinha sobre su bigote antes del juego, con un tono distendido y cercano.
Y más tarde, cuando Lamine Yamal pisó a un rival dentro del área, el comentario que se oyó fue que si lo pisas así es una locura.
La jugada no acabó en tarjeta.
El autor del vídeo no se limita a contarlo: lo usa como contexto para su tesis.
A su juicio, estos audios muestran una familiaridad que no se ve en otros campos.
Con ese trasfondo llegamos al episodio que ocupa este análisis.
El del gol anulado a Lo Celso en el partido entre Betis y Barcelona.
Un gran gol, como lo califica el propio autor, contra el equipo azulgrana.
El tanto fue anulado por decisión del colegiado Del Cerro Grande, con la intervención de De Burgos Bengoetxea en la sala VAR.
Y las imágenes de la RefCam muestran lo que ocurrió antes de esa anulación.
Una escena que el autor describe con detalle.
Primero se acerca Lamine Yamal al árbitro.
Después lo hace Pedri, que es el capitán, y le pide que revise una jugada anterior al gol en la que, según él, se produce una mano.
Lo reclama con insistencia, con el gesto de quien asegura que el balón golpeó claramente en el brazo.
La respuesta del árbitro, al principio, es clara.
Le dice que, para él, hay un movimiento que no es punible.
Es la misma frase que luego se haría célebre al conocerse el audio.
El autor del vídeo se detiene en lo que esa frase significa.
El colegiado vio la acción en directo, la valoró y consideró que no era sancionable.
Y, además, el VAR no le llamó para revisarla, lo que sugiere que el árbitro de la sala también la vio y tampoco la consideró punible.
Por tanto, razona, no quedaba nada que revisar.
La jugada estaba cerrada desde el punto de vista del reglamento.
Y todo lo que vino después, según su tesis, es lo que merece el análisis.
Hay un primer problema, dice, y es el de los jugadores.
En las imágenes se ve a varios futbolistas del Barcelona, entre ellos Lamine, acercándose al árbitro para reclamar la mano y hablar con él.
Y eso, afirma, el protocolo lo prohíbe expresamente.
Aquí el vídeo se vuelve casi pedagógico.
El autor abre el protocolo del IFAB, el organismo que fija las reglas del fútbol, y se detiene en sus principios.
Concretamente en el punto cuatro, que responde a una pregunta clave: quién puede iniciar una revisión.
La respuesta es tajante.
Solo el árbitro puede iniciar una revisión, y el VAR y el resto del equipo arbitral únicamente pueden recomendarle que la haga.
Ni los jugadores, ni los capitanes, ni nadie que esté en el campo puede solicitarla.
El protocolo va más allá.
Establece que jugadores, suplentes y cuerpo técnico no deben intentar influir ni interferir en el proceso de revisión, ni siquiera en el momento en que se comunica la decisión final.
De hecho, añade el autor, ni siquiera deberían permanecer en el campo durante ese proceso.
Y hay un detalle que él destaca con énfasis.
Los jugadores que hagan la señal de la pantalla de televisión del VAR serán amonestados.
Es decir, ni siquiera ese gesto está permitido.
Con esas reglas sobre la mesa, el autor retoma las imágenes.
Dice que ha visto a Pedri no solo intentar influir, sino hacer el gesto de que el balón golpeó claramente en la mano.
Y que otros jugadores se suman con la misma reclamación.
Hay un momento del audio que el autor reproduce y comenta.
En él, uno de los futbolistas insiste en que la mano es punible, mientras el árbitro responde que, para él, no lo es.
Se discute si la mano estaba en posición natural, con la ya conocida expresión que se repite en la conversación.
Para el autor, el punto es que nos encontramos ante jugadores que no deberían estar intentando influir y que, sin embargo, lo hacen.
Pero lo que considera más grave viene después.
Es lo que él llama una petición de VAR a la carta.
Porque el árbitro, explica, primero reconoce que vio la jugada.
No es que no se diera cuenta y el VAR le avisara, sino que la vio y no la consideró punible.
Eso significa que el VAR no intervino por iniciativa propia ni por un error claro y manifiesto.
Y entonces llega la frase.

El árbitro pide a la sala VAR que le compruebe la mano, y lo justifica diciendo que eso es lo que le piden.
Lo que le piden, en este caso, son los jugadores del Barcelona.
Para el autor, esa frase es una confesión.
El propio árbitro reconoce que los futbolistas del Barça han intentado influir y que él, en lugar de ignorarlo, solicita una revisión por ese motivo.
Es, según dice, la prueba de que el protocolo se ha quebrado delante de las cámaras.
Aquí el vídeo se carga de ironía.
El autor imagina la lógica de un árbitro que no puede negar nada a los jugadores del Barcelona porque son prácticamente compañeros de equipo.
Y bromea con que solo les falta salir con la misma camiseta azulgrana y el logotipo del patrocinador para que todo cuadre.
Es una exageración deliberada, un recurso retórico, pero tiene una intención clara.
Subrayar que, a su juicio, la relación entre colegiados y futbolistas del Barça se mueve en un terreno de confianza que no se da con otros equipos.
Y que esa confianza tiene consecuencias en el juego.
Ahora bien, el autor no se queda en esa primera infracción.
Anuncia que hay más incumplimientos y pasa a un segundo bloque del protocolo, el de las jugadas que sí se pueden revisar.
Y el de las que no.
En la normativa del IFAB, recuerda, se indica qué hay que comprobar cuando se analiza un gol.
Se debe verificar si el equipo atacante ha cometido alguna infracción durante la jugada de ataque que condujo al tanto, por ejemplo una mano previa, una falta o un fuera de juego.
Pero esa revisión tiene un límite.
Porque no se puede retroceder indefinidamente.
El autor lo plantea con una pregunta retórica: ¿qué hacemos, vamos hasta el saque inicial?
La respuesta, dice, está en el propio protocolo.
El texto establece los casos en los que el VAR no debe intervenir.
Entre ellos, las jugadas de ataque lejanas o desconectadas del gol.
Es decir, cuando una falta o incidencia ocurre en una fase muy alejada de la jugada que termina en el tanto.
El protocolo menciona dos supuestos.
Uno, que la infracción se haya producido en una fase muy lejana.
Otro, que el equipo defensor haya tenido tiempo suficiente para reorganizarse y recuperar la posesión de forma limpia.
El autor subraya un detalle que considera esencial.
El texto no exige que el equipo haya recuperado realmente la posesión.
Pregunta, simplemente, si ha tenido tiempo suficiente para reorganizarse y recuperarla.
Con esa lectura, el autor aplica la norma a la jugada del gol de Lo Celso.
Y concluye que el Barcelona tuvo tiempo de sobra.
La supuesta mano se produjo más de medio minuto antes del tanto.
Además, describe cómo estaba el equipo azulgrana en ese momento.
La mayoría de sus jugadores estaban por detrás del balón, ya completamente organizados.
No era una acción de rebote y gol inmediato, insiste, sino una secuencia larga.
Y detalla esa secuencia.
Hubo un disparo a puerta de un jugador del Betis que rebotó en un jugador del Barcelona.
Después, otro jugador azulgrana tocó el balón de cabeza, hasta que este cayó en los pies de Lo Celso, que firmó un golazo.
Es decir, el balón pasó por jugadores del Barça en varias ocasiones.
Para el autor, eso refuerza la idea de que el equipo tuvo oportunidad de recuperar el control y reorganizarse.
Y que, por tanto, la jugada previa quedaba desconectada de la que acabó en gol.
Por eso concluye que se han saltado también esta norma.
En su opinión, el Barcelona tuvo tiempo de reorganizarse y recuperar la posesión de forma limpia, y aun así se revisó una acción que no correspondía revisar.
Resume la idea con una frase que repite: al Barça siempre le aplican una interpretación distinta de las reglas.
Aquí, el tono del vídeo se vuelve más mordaz.
El autor dice no entender por qué el club azulgrana no juega a la lotería, porque con esa suerte no tendría ningún problema económico.
Y habla de una bolita que siempre cae de su lado, siempre en el 36.
La balanza arbitral, insiste, está siempre inclinada a su favor.
Y ante esa constatación, el autor se pregunta cómo es posible.
Lanza hipótesis que él mismo presenta con ironía: algún pacto, alguna magia negra, algún trato con el diablo.
No son afirmaciones literales, sino una forma de ridiculizar lo que considera inexplicable.
Pero a continuación va un paso más allá y alude al caso Negreira.
Sugiere, también con ironía, que quizá pagaron durante veinte años al vicepresidente de los árbitros.
Conviene recordar que el club azulgrana ha negado siempre que esos pagos influyeran en los arbitrajes.
Y que el asunto sigue su curso en los tribunales, donde se dirimirá lo que corresponda.
Lo que aquí se recoge son las palabras del autor, no hechos probados.
Según su relato, hay árbitros que, ahora que el asunto ha salido a la luz, quieren atacar a quien señala los abusos.
Y que, por eso, acaban plegándose a lo que se les pide.
De nuevo, es su lectura, y así debe leerse.
El autor también se detiene en la figura del VAR de aquella noche.
De Burgos Bengoetxea, dice, tiene uno de los mejores historiales de la historia para el Barcelona.
Un dato que, a su juicio, hace aún más llamativo lo ocurrido.
Y aun así, sostiene, no les bastó con eso.
Exigieron que se anulara un gol, y para lograrlo se saltaron todos los protocolos.
Se permitió que los jugadores influyeran, se aceptó una revisión bajo demanda y se revisó una jugada que ya no correspondía.
El resumen que hace de la secuencia es contundente.
El árbitro pide al VAR que revise una acción pasada, el VAR la revisa cuando ya no procede, y se ignora que el equipo azulgrana había tenido tiempo y estaba perfectamente organizado.
No hubo rebote y gol en la jugada siguiente, insiste, sino un tiempo de juego suficiente.
La conclusión del autor es amarga.
Dice que, como siempre, la culpa recaerá en el Real Madrid, y que acabarán diciendo que hay que echar a Arda Güler.
Es una referencia a la polémica reciente en torno al futbolista madridista, que utiliza como contraste.
Destaca, sin embargo, un matiz positivo.
En este caso, dice, Pellegrini, el entrenador del Betis, por fin se ha hartado y ha dicho que la cosa empieza a ser demasiado evidente.
Y lo celebra, porque antes, según él, al menos se disimulaba.
El autor cierra con una mezcla de resignación e ironía.
Dice que ya sabemos cómo funcionan estas cosas hoy en día.
Y que está a la espera de lo que diga Mourinho en la rueda de prensa, sobre lo cual quizá haga un pequeño vídeo.
Hasta aquí, el relato del autor, que conviene contrastar con una mirada más serena.
Su razonamiento descansa sobre la lectura del protocolo del IFAB, y esa lectura admite matices.
La expresión jugada desconectada del gol o el tiempo suficiente para reorganizarse dependen, en la práctica, de una valoración del árbitro y del VAR.
Es cierto que el propio autor reconoce que el gol podía anularse con el reglamento en la mano, como ya se vio en otros análisis del mismo episodio.
Y es cierto que una anulación no implica por sí sola mala fe.
Lo que se discute aquí no es tanto el resultado como el procedimiento.
La clave, en cualquier caso, está en el audio.
Que el árbitro justifique una revisión diciendo que se la piden los jugadores es, por decirlo suavemente, una frase que el protocolo no contempla.
Y es lo que ha encendido el debate entre quienes defienden que fue una gestión rutinaria y quienes la consideran una brecha seria.
Nada de esto se resuelve con un vídeo, un tuit o un audio.
Las reglas existen, están escritas, y cualquiera puede consultarlas.
La pregunta es si se aplican de la misma manera en todos los estadios y con todos los equipos.
Esa es la sospecha que atraviesa todo el análisis.
No que un árbitro se equivoque, algo que ocurre cada fin de semana, sino que se equivoque siempre en la misma dirección.
Y esa sospecha, cuando se instala, es muy difícil de disipar.
Mientras tanto, la RefCam seguirá grabando.
Cada partido nos dejará nuevos planos y, probablemente, nuevos audios que alimentarán el debate.
Y cada conversación filtrada será una pieza más en un rompecabezas que la afición intenta completar.
El autor se despide pidiendo la opinión de su audiencia.
Quiere saber si los espectadores se han dado cuenta de cuántas normas se rompieron en una sola jugada.
Y deja la pregunta abierta, como suele hacer.
Quizá la mejor forma de cerrar este artículo sea devolviendo esa pregunta al lector.
Con el protocolo en la mano y las imágenes de la RefCam en la memoria, ¿cuántas reglas cree usted que se cumplieron aquella noche?
La respuesta, como casi siempre en el fútbol, dependerá de qué camiseta lleve puesta cada uno.