El REAL MADRID HUMILLA a LAMINE YAMAL con sus VALORES ¡CULÉS RABIANDO POR EL ÁRBITRO!
Por la Redacción · Crónica de actualidad madridista
Hay semanas en las que el fútbol español se parece más a una telenovela que a un deporte, y la que arranca tras el partido del Real Madrid ante el Racing de Santander tiene todos los ingredientes para encajar en esa categoría. Un penalti que se anula, otro que presuntamente no se pita, un gol de cinema, un balonazo que acaba en sonrisa y, como telón de fondo, el eterno cruce de reproches entre madridistas y culés. Todo ello, además, servido con el tono incendiario y festivo con el que buena parte de la comunidad de aficionados comenta hoy la actualidad blanca en las redes.
La fuente de este relato es un vídeo de un conocido creador de contenido madridista, que arranca prometiendo «menudo vídeo» y avisando de que la semana que viene será larga para los seguidores del Barça. Su tesis de partida es clara: el penalti por el que se queja el bando contrario sí era penalti, hubo otro sobre Diomandé que la televisión no enseñó y, para rematar, los jugadores del Real Madrid han dado una lección de valores que, a su juicio, deja en mal lugar a Lamine Yamal. Conviene recordar desde el principio que se trata de una opinión apasionada y declaradamente partidista, y así se tratará aquí.
El creador se presenta ante su público con la efusividad habitual: «El barrio ha vuelto», proclama, y celebra que el equipo firmó una primera parte espectacular antes de «bajar el pistón» en la segunda. Su explicación es que el Madrid es un equipo grande y que no quiere ensañarse con el rival, y acto seguido responde a quienes preguntan por qué no se juega «a matar» como, según él, hace el Barcelona. La respuesta, en su versión, es de carácter moral: no se hace porque el club blanco no es como ellos.
La tesis no es nueva ni exclusiva de este vídeo. Entre los aficionados madridistas circula desde hace años la idea de que la grandeza se mide también por la forma de ganar y por el trato al adversario, y esa idea se combina con la rivalidad histórica con el Barça. Del otro lado, los seguidores azulgranas suelen replicar que ese discurso de superioridad moral es, precisamente, un recurso retórico, y que el fútbol se decide sobre el césped y no en el terreno de los gestos.
De esa discusión de fondo se pasa, sin transición, a la escena que, según el autor, ha tocado a todo el mundo: un balonazo directo a la cara de un niño que seguía el partido desde la grada. El creador rebobina las imágenes para que su audiencia las vea con calma y no oculta el gesto de pena: «Pobrecito», repite, y asegura que le «ha dolido en el corazón». Pero añade una frase que anticipa el giro de su relato, y es que, en cuanto vio la imagen, supo que alguien del Madrid iba a hacer algo bueno.
El desenlace, según lo que muestra el vídeo, le da la razón. Tras el partido, uno de los futbolistas madridistas se interesa por el pequeño, Máximo, y la familia termina conversando con el club y recibiendo un detalle: camisetas, un rato de conversación y la oportunidad de ver de cerca a los jugadores. Para el autor, ese gesto resume lo que él llama «los valores del Madrid».
El padre del niño, que aparece hablando en las imágenes, tiene un tono especialmente cálido. Cuenta que, afortunadamente, todo se quedó en un susto, agradece el gesto con un «pedazo de Real Madrid» y explica que la familia es madridista a tope, aunque ese día el corazón estuviera algo dividido. La razón es geográfica y sentimental: cuando juega el equipo de la tierra, dice, «la tierruca manda», aunque por dentro siempre quede la espinita de querer que el Madrid gane.
El detalle más simbólico llega en una frase que el padre deja caer casi de pasada. El pequeño Máximo nació el 27 de mayo, el día en que el Real Madrid ganó una final europea, y la coincidencia convierte la historia en un cuento redondo para los hinchas blancos. Con ese dato, y con un niño sonriente que luce una camiseta del equipo, la escena queda tan limpia que cualquier lector comprendería que el vídeo la use como columna vertebral.
En medio de la conversación, el chaval y su familia bromean sobre el origen del pelotazo. Alguien apunta que la culpa fue de Tchouaméni, y el padre responde entre risas que el centrocampista «no sabe tirar». El ambiente, a juzgar por lo que se ve, es distendido: un susto que acabó en anécdota y una familia a la que el club trató con cariño.
El creador no desaprovecha la ocasión para explicar por qué, en su opinión, este tipo de gestos marcan diferencias. «Los pequeños detalles» son, para él, lo que separa a un club grande de otro que lo es menos, y asegura sentirse orgulloso de pertenecer a la afición blanca. Añade que, en cuanto el club vio el vídeo del balonazo, se puso en contacto con la familia para que el niño viviera, en sus palabras, el mejor día de su vida.
Es aquí donde llega el punto más polémico del contenido, el que da título a la pieza. El autor propone una comparación directa con Lamine Yamal, y lo hace con una pregunta retórica dirigida a su audiencia: ¿alguien tiene alguna imagen del joven delantero azulgrana haciendo algo parecido? Su respuesta, claro, es que no, y de ahí construye el relato de que el Madrid «humilla» al jugador del Barça con sus valores.
Conviene matizar, porque la comparación es más retórica que documental. Que el creador no tenga imágenes de un gesto equivalente de Yamal no demuestra que ese gesto no exista, y los seguidores del Barça son muy rápidos en recordar que su futbolista, de apenas unos años más de edad que el niño del vídeo en términos futbolísticos, ha protagonizado también momentos de cercanía con aficionados jóvenes. El debate, en fin, es de los que no se cierran con un vídeo, sino que se alimentan con cada nueva publicación.
Lo que sí aporta el creador es un contraste entre dos estilos, uno cálido y de cercanía, y otro al que califica de distante. Sin embargo, esa descripción de Yamal procede únicamente de su propia lectura, sin pruebas aportadas en el vídeo, y cualquier lector debería leerla como un ejercicio de rivalidad deportiva y no como un retrato fiel del futbolista.
De la ternura del balonazo, el vídeo pasa al terreno que de verdad enciende a las aficiones, el arbitraje. Y aquí, el autor lo deja claro desde el principio, pretende demostrar que hubo un penalti a favor del Madrid que se anuló y otro que el colegiado no pitó. «Vamos a demostrar que era penalti», anuncia, antes de pedir al público que mire con atención.
La primera jugada es la del penalti sobre Mbappé, que fue anulado tras la revisión. El autor describe la acción con detalle: el defensor agarra al delantero francés, le impide seguir con el balón y, cuando este queda trabado, le suelta las manos. Admite, eso sí, que Mbappé exagera la caída, pero defiende que el agarrón existió y que, por lo tanto, la pena máxima era justificable.
El contrapunto lo ofrece el entrenador del Racing, cuya postura el vídeo recoge con ánimo de réplica. Según la lectura del creador, el técnico considera que su equipo fue perjudicado en esa acción, y lo cuestiona con ironía: si el entrenador se siente perjudicado, ¿en qué lo ha sido, si la jugada se anuló y el equipo cántabro no recibió ninguna pena máxima en contra? El razonamiento es sencillo pero esconde un matiz, y es que la queja del Racing podría referirse a otra acción distinta de la que ocupa al creador.
Sea como fuere, el autor insiste en que la decisión final fue la más favorable al rival y en que, si de verdad existiera un trato de favor al Madrid, el penalti habría sido concedido. Es un argumento que los defensores del colegiado suelen esgrimir cuando se les acusa de beneficiar a los grandes, y que los críticos suelen replicar con otro, el de que un error en contra de un equipo pequeño no borra otros errores a favor de un equipo grande.
En esa misma línea, el vídeo hace una breve referencia a otra jugada, una acción protagonizada por Tchouaméni que, a juicio del autor, también estuvo bien anulada. No se detiene mucho en ella, pero sirve para reforzar su discurso de que el arbitraje fue, en conjunto, correcto. Dicho de otro modo, el creador reconoce que hubo decisiones que no beneficiaron a su equipo, y eso, viniendo de un comentarista tan abiertamente madridista, merece ser subrayado.
Aunque lo que más tiempo ocupa en el vídeo es la jugada de Diomandé, que el autor califica de penalti claro no señalado. El joven futbolista, explica, estuvo cojeando durante buena parte de la primera mitad, y atribuye esa molestia a una acción en el área que, según él, el colegiado no sancionó. Lo más llamativo, subraya, es que la realización televisiva no mostró la repetición.
El creador es tajante: esa jugada no aparece en ninguna repetición, y por eso no sabemos qué ocurrió realmente. Incluso afirma que el excentrocampista Guti, durante la retransmisión radiofónica, reconoció no haber visto la acción. De ahí concluye que lo que no se enseña no se puede juzgar, y que la ausencia de imágenes es en sí misma un indicio de que alguien decidió no mostrar la jugada.
Esa deducción merece, naturalmente, una cautela. Que una realización no ofrezca la repetición de una acción puede deberse a motivos técnicos, a la prioridad que se da a otras jugadas o, sencillamente, a que la acción no fue tan clara como el creador sugiere. Los críticos de este tipo de teorías subrayan que sin imágenes concluyentes cualquier afirmación sobre una supuesta ocultación es, por definición, especulativa.
Aun así, el autor se reafirma y repite que se trata de una acción no vista, y desde esa premisa pide a los aficionados rivales que dejen de decir «tonterías». Es un tono que resume bien el espíritu del vídeo, entre la reivindicación y la provocación, y que explica por qué este tipo de contenidos genera tanta reacción en uno y otro bando.
Una de las partes más interesantes del vídeo es, curiosamente, la que menos se espera de un contenido tan partidista, y es el reconocimiento de que, en esta ocasión, el arbitraje fue justo. «Han sido justos», admite el creador, y explica que el equipo arbitral no ayudó al Madrid, sino que se limitó a aplicar el reglamento. Dice incluso que están acostumbrados a que se anule un penalti a favor y se pite una mano en contra, y que esta vez no ha ocurrido nada de eso.
Ese reconocimiento sirve de preámbulo para el siguiente ataque, el que se dirige al otro bando. El autor recuerda que ese debate arbitral es, a su juicio, la herramienta preferida del barcelonismo, y anuncia que seguirá denunciando el caso Negreira. «¿Qué os pensáis, que nos vamos a callar?», pregunta, antes de añadir que, aunque el Madrid vaya líder, ese tema «hay que reventarlo».
El llamado caso Negreira, para quien no lo recuerde, hace referencia a los pagos del FC Barcelona al que fuera vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros, un asunto que lleva años en los tribunales y en las tertulias. Para los madridistas más críticos, es la prueba de un sistema que habría favorecido al Barça. Para los seguidores azulgranas, en cambio, esos pagos no demuestran por sí solos ninguna influencia en los resultados, y consideran que se trata de un asunto que se utiliza de forma interesada como arma arrojadiza.
En paralelo, el creador alude a la queja que atribuye al bando culé, la de que los árbitros siempre perjudican a su equipo. Cita un comentario de un técnico del Barça, según el cual, si algún día un error les beneficiara, saldría a reconocerlo con honestidad, y lo contrasta con lo que considera una realidad evidente: en su opinión, ya se han beneficiado en varias ocasiones y nunca lo han admitido.
Es aquí donde se ve con más claridad la lógica de espejo que domina estos debates. Cada afición percibe que el árbitro la perjudica y cree ver con nitidez el favor que beneficia al contrario. Los expertos en psicología deportiva suelen hablar de un sesgo de hostilidad hacia el colegiado, que lleva a recordar con mucha más intensidad los errores sufridos que los recibidos.

Al mismo tiempo, el creador no esconde su deseo de que el debate dure toda la semana. «Menuda semana nos espera», avisa desde el primer minuto, y promete que, aunque su vídeo sea para los madridistas, la polémica no se va a acabar tan pronto. Resulta difícil discrepar de él en este punto, porque cada jornada produce material suficiente para llenar tertulias, programas de radio y miles de comentarios en las redes.
Pero antes de seguir con la polémica arbitral, el vídeo se detiene en un tema que, por fortuna, divide menos, el rendimiento de Diomandé. El joven jugador, de apenas 19 años, ha marcado ya tres goles con la camiseta blanca, y el autor asegura que los tres han sido golazos. Habla de un futbolista especial, potente, con una calidad brutal con el balón y, sobre todo, con una capacidad para golpear que sorprende a todos.
En las imágenes del vídeo, el propio futbolista valora su último tanto con humildad. Reconoce que no sabía que pudiera disparar de esa manera, comenta que el gol que marcó contra el Leipzig también le parecía muy bueno y agradece estar en una plantilla en la que se siente cómodo. El autor, por su parte, se muestra rendido: asegura que Diomandé «os va a comer a todos» y lo describe como una «apisonadora».
El entusiasmo, por supuesto, es el de un aficionado. Con tres goles en su cuenta, es pronto para hablar de consagración, y los analistas más cautos recordarían que un futbolista de 19 años necesita regularidad antes de que se le coloque en el pedestal. Con todo, la sensación que transmite el vídeo es compartida por buena parte del madridismo, que ve en el joven una de las grandes promesas de la plantilla.
En paralelo, el creador destaca también la actuación de Bellingham, a quien califica de espectacular. Recuerda sus goles con el mismo entusiasmo y deja la sensación de que el centrocampista inglés sigue siendo, en su opinión, una pieza clave del equipo. Es un elogio que, de nuevo, se inscribe en un discurso de celebración más que en un análisis táctico detallado.
Volviendo a la escena de los valores, el vídeo detalla un gesto adicional que el autor valora especialmente. Uno de los jugadores blancos, tras el partido, entrega su camiseta a un recogepelotas del Racing que se la había pedido, y el creador lo cita como ejemplo de esas pequeñas cosas que, a su juicio, hacen grande al fútbol. La imagen, desde luego, resulta amable, y a nadie se le escapa que este tipo de intercambios es habitual en los partidos de la liga.
Es en ese punto donde el autor vuelve a la comparación con Lamine Yamal, a quien presenta como el contrapunto. Sostiene que no existen imágenes del jugador azulgrana haciendo algo parecido, y que mientras los futbolistas del Madrid se paran a firmar autógrafos y a saludar a los niños, otros se limitan a presumir. La acusación es dura, y conviene insistir en que se formula en clave de rivalidad y sin aportar pruebas concretas.
Desde el entorno azulgrana, la respuesta previsible sería otra. Sus seguidores recordarían que el jugador es todavía muy joven, que carga con una enorme presión mediática y que ha protagonizado más de un gesto de cercanía con la afición. También recordarían que las comparaciones de este tipo suelen construirse con un recorte de imágenes que favorece al relato de quien las presenta.
Mientras tanto, el creador reflexiona sobre su propio trabajo con una sinceridad que resulta refrescante. Cuenta que, a pesar del éxito del vídeo del día anterior, que alcanzó unas 80.000 visitas, el directo posterior al partido fue más flojo y reunió a poca gente. No parece importarle demasiado, y promete seguir haciendo un directo después de cada partido.
Agradece, además, el apoyo económico de uno de sus seguidores, que le envió un superchat de diez dólares, algo que, dice, «te llena». Define su trabajo con modestia, como el de alguien que se pone a decir cuatro tonterías y a pasarlo bien, y lo que más le gusta es saber que hay gente esperando a que cuelgue el vídeo. Duda de que sea el mejor, porque reconoce que hay muchos creadores buenos, pero sí asegura que lo suyo es la naturalidad: «Soy como soy».
Ese tono espontáneo es, probablemente, la clave de su popularidad. Su público no busca análisis sesudos, sino complicidad, humor y una dosis de pasión que se parezca a la de un aficionado en el bar. Y, aunque las polémicas arbitrales y las comparaciones entre jugadores alimentan el algoritmo, es la sensación de cercanía lo que mantiene fiel a la audiencia.
No faltan, tampoco, las bromas internas con la comunidad. El autor interpela a sus seguidores, uno por uno, para que dejen el «like», y se burla con cariño de quien ve todos sus vídeos y nunca pulsa el botón. Es el tipo de guiño que refuerza la idea de grupo y que explica por qué estos contenidos funcionan como una especie de tertulia ampliada.
En definitiva, el relato que ofrece este vídeo es el de un partido que, más allá del resultado, deja tres lecturas. La primera es futbolística, con un joven Diomandé que se postula como una de las revelaciones de la temporada y un Bellingham en plena forma. La segunda es humana, con un niño, una familia y un club que supo estar a la altura de una anécdota que podría haberse quedado en simple susto.
La tercera, y probablemente la más ruidosa, es la arbitral. Para el creador madridista, el penalti anulado a Mbappé era pena máxima, el supuesto penalti sobre Diomandé no se ha visto y el discurso culé de la queja permanente no resiste el contraste. Para el bando contrario, en cambio, esas jugadas no demuestran nada, el caso Negreira es un asunto serio que no se esfuma con un vídeo y las quejas arbitrales son patrimonio de todas las aficiones, incluida la madridista.
Se trata, en definitiva, de una discusión que no se resolverá esta semana ni la próxima. Es el eterno duelo entre dos aficiones que se leen con lupa, que se interpretan a la contra y que, pese a todo, comparten una pasión descomunal por el fútbol. Mientras haya partidos, habrá polémicas, y mientras haya polémicas, habrá vídeos como este.
Queda, por encima de todo, la imagen de un niño sonriente con una camiseta blanca, una familia agradecida y un jugador que, tras un pelotazo involuntario, supo reaccionar con un gesto sencillo. Y queda, también, la certeza de que, en el fútbol de hoy, hasta un balonazo puede acabar convertido en una historia de valores, en una discusión sobre árbitros y en un titular que, como este, promete humillar a unos y enardecer a otros.