Mourinho responde por la tristeza de Vinícius, se niega a hablar del Clásico hasta el sábado y suelta una confesión inesperada sobre Courtois tras la goleada al Leipzig
Hay ruedas de prensa que se olvidan a los cinco minutos y otras en las que cada respuesta esconde una pequeña declaración de intenciones.
La de José Mourinho tras el 4-1 del Real Madrid al Leipzig fue de las segundas: cinco minutos antes de las doce de la noche, con el Clásico asomando a la vuelta de la esquina, el técnico portugués repartió mensajes, esquivó preguntas incómodas y dejó una anécdota con sabor a leyenda.
Y todo empezó con una pregunta que nadie había formulado hasta ahora con tanta crudeza.
Desde la última fila, un periodista le preguntó por Vinícius.
Le recordó que Mourinho había repetido varias veces que el brasileño está buscando su mejor forma, y le planteó algo que muchos aficionados piensan pero pocos se atreven a decir en voz alta: que, visto desde fuera, Vinícius parece un poco triste, y que quizá atraviese un mal momento más allá de lo físico.
El técnico no se escondió.
Respondió que si Vinícius está triste o no es una cuestión personal, una percepción, y que él, como entrenador, estaba contento con su partido.
Reconoció, eso sí, que de Vinícius siempre se espera que sea decisivo a nivel individual.
Pero defendió que el brasileño había hecho lo que se le pedía: asumió una responsabilidad defensiva para el equipo y cumplió con ella.
En ataque, admitió, no estuvo arrollador, pero sí equilibrado, sin perder balones, y con un remate que se estrelló en un paradón del portero rival.
El gran tema, sin embargo, era la sustitución.
Vinícius fue relevado en el minuto 70, y las cámaras captaron su gesto en el banquillo.
Mourinho fue tajante: no se trata de un cambio de un entrenador descontento, sino de un entrenador con un banquillo profundo.
Un banquillo, explicó, que sabía que podía darle otra velocidad al partido con jugadores como Endrick.
Y entonces soltó una frase que suena a advertencia general para todo el vestuario: hay que irse acostumbrando, porque esto va a ocurrir muchas veces, y retirará a un jugador que no lo esté haciendo mal para meter a otro que pueda darle algo distinto.
Es un mensaje que tiene dos lecturas.
Para Vinícius, que no puede jugar en la Liga por su sanción, es una forma de decir que su sitio no es intocable.
Para los demás, es la confirmación de que en este Madrid la competencia no es un eslogan, sino una norma de funcionamiento.
El técnico dejó también un apunte sobre los silbidos, una cuestión que planea sobre el brasileño desde hace semanas.
Vino a decir que a un jugador que es silbado fuera de casa eso le sirve de motivación, mientras que en casa duele.
Es un matiz que no despejó la duda de si hablaba en general o pensando en su delantero, pero que no pasó desapercibido.
Después llegó el turno de la radio, con una pregunta de El Partidazo de COPE.
El periodista quiso saber si Fede Valverde seguirá en el lateral derecho en el Clásico, después de haberlo hecho por segundo partido consecutivo y de haber firmado, a su juicio, un gran encuentro.
Mourinho lo cortó con una respuesta digna de póker: no, el domingo no, el sábado.
Si se lo preguntaban el sábado, entonces contestaría, añadió, porque es muy honesto.
Con eso, el técnico cerró la puerta a cualquier especulación, y dejó el debate que tantos tertulianos habían abierto durante la noche exactamente donde estaba.
Eso no le impidió elogiar a Valverde.
Explicó que fue bueno defensivamente, que proyectó bien al equipo por la banda derecha y que se asoció muy bien con Bernardo.
Y aprovechó para valorar el partido en su conjunto con una honestidad que no siempre se escucha después de un 4-1.

El resultado, dijo, se debe más a la segunda parte que a la primera, y el equipo pudo incluso haber encajado primero.
Es una frase que conecta con lo que muchos habían visto en el césped: un Madrid que sufrió en los primeros 45 minutos y que ganó con pegada cuando el rival se abrió.
También sobrevoló la conversación el asunto de Brahim.
Mourinho reconoció que, cada vez que el malagueño pisa el campo, le gusta lo que ve, aunque no sea de los que arrancan los partidos como titulares.
La frase no daba pistas sobre el domingo, pero encajaba con la idea de que el técnico está construyendo, minuto a minuto, un abanico de opciones para el Camp Nou.
Llegó entonces el momento más espinoso de la noche, el de los árbitros.
A cinco minutos de la medianoche, un periodista le planteó la información de que el árbitro del Clásico será Juan Martínez Munuera, con Iglesias Villanueva en el VAR, y le preguntó si ese nombramiento le parecía acertado.
Mourinho no entró al trapo.
Respondió que no creía que fuera cierto, o que la noticia le llegaba fuera de contexto, porque el nombramiento oficial se conoce 24 horas antes del partido.
Añadió que es el tipo de información que no le gusta.
Con esa frase, el técnico dejó clara una línea de conducta: nada de entrar en polémicas arbitrales antes de tiempo, justo cuando el club mantiene un clima enrarecido con el colectivo arbitral.
Más tarde, un periodista de Diario le planteó una cuestión defensiva.
Le recordó que en televisión había elogiado a la plantilla pero había dicho que no le gustó que los defensas le estropearan el marcador, y le preguntó cómo ve al equipo en defensa ahora que se enfrenta a un Barça que probablemente ataca mejor que nadie.
Mourinho respondió con un matiz que merece la pena subrayar.
Siempre quiere mejorar, dijo, y lleva en el club algo más de cien días, 105 o 104 según sus cuentas.
Obviamente, admitió, no está donde quiere que esté, pero hay cosas que el equipo hace mejor hoy que antes.
Comparó la situación con partidos anteriores en los que el Madrid ganó pero el rival tuvo ocasiones y el equipo no estuvo compacto, y concluyó que se está avanzando.
Habló también de los dos paradones de Courtois en la primera parte, que mantuvieron el partido en su sitio, y de cómo el equipo aprovechó el gol de Bernardo.
Y fue claro respecto al gol encajado: fue el gol de alguien cómodo, de alguien que sabe que el partido está ganado, y eso no le gusta.
Es una crítica que, de alguna manera, ya había deslizado tras el partido contra el Sevilla.
Para un técnico como Mourinho, que ha construido su carrera sobre la concentración defensiva, la relajación en un 3-0 es casi un pecado.
Hubo, además, un espacio para uno de los protagonistas de la noche.
Bernardo Silva, el autor del primer gol, había hecho un partido casi completo, y Mourinho destacó que se trata de un jugador que llevaba varios encuentros sin ser titular.
Lo que ofrece Bernardo, explicó, es salida y control cuando entra al campo, y velocidad para los atacantes.
Lo comparó con la actuación de Güler contra el Sevilla, otro de los futbolistas que le han dado razones al técnico para confiar en ellos.
Y ahí aparece una idea de fondo que conecta todas las respuestas de la noche: la gestión de las rotaciones en un contexto en el que la fase de liga de la Champions va a exigir muchos puntos para quedar entre los ocho primeros.
Por eso, aseguró, cuando hace cambios no lo hace pensando en que con seis puntos ya está todo hecho.
Es decir, que ni la ventaja cómoda ni el buen arranque en Europa son motivos para relajarse.
El final de la rueda de prensa reservó el momento más humano y también el más divertido.
Alguien le preguntó si, tras elogiar a diario las paradas de Courtois, el belga es el mejor portero que ha entrenado.
Mourinho se negó a entrar en el juego con una respuesta que ya es casi un clásico de sus comparecencias.
Explicó que con frecuencia le preguntan por su mejor once de sus veinte años como entrenador, y que siempre se niega a responder.
Y entonces recordó una historia: cuando Courtois tenía unos veinte años, ganó la Premier League con Cech en la portería, un guardameta que, con Chelsea, se llevó todos los récords del campeonato inglés.
Mourinho, con una sonrisa que se adivinaba en el tono, dijo que si se atrevía a elegir a Cech, Julio César lo llamaría en dos minutos para decirle que Cech es mejor, pero que con él ganó la Champions League.
Y aseguró que Julio César lo llamaría sin duda alguna.
Lo cerró con una frase de respeto: siempre ha tenido ese respeto por los jugadores anteriores.
En apenas unos minutos, Mourinho había dado cinco mensajes distintos.
Que Vinícius no está en su lista de preocupaciones públicas, que el banquillo del Madrid es una herramienta, que el lateral derecho del Clásico no se desvelará antes del sábado, que no quiere hablar de árbitros y que a su equipo todavía le falta compacidad.
Y todo ello con la naturalidad de quien sabe que cada palabra se va a diseccionar.
El domingo, a las nueve de la noche, el Camp Nou resolverá las dudas que Mourinho, deliberadamente, ha preferido dejar abiertas.
Pero algo ya quedó claro tras esta rueda de prensa: el técnico no va a permitir que nadie, ni siquiera sus propios jugadores, ponga el Clásico por delante del siguiente minuto de trabajo.
Y quizá ahí, en esa mezcla de frialdad y control, esté el secreto de un Madrid que gana sin brillar y que, de momento, no deja de ganar.