HARRY KANE: la cruel historia detrás de su BALÓN DE ORO

HARRY KANE: la cruel historia detrás de su BALÓN DE ORO

Harry Kane acaba de hacer lo que parecía imposible. Ha superado a Lamine Yamal y a Kylian Mbappé para convertirse en el mejor futbolista del planeta. Pero hace solo tres meses, ese mismo hombre acabó en el banquillo de Inglaterra mientras su selección se jugaba una medalla en el Mundial.

Lo más llamativo es que el entrenador que lo dejó allí ya había tomado otra decisión que, años antes, le arrebató una final de Champions. Esa cadena de decisiones ajenas atraviesa toda la carrera del delantero. Y es la mejor forma de entender lo que pesa el trofeo que esta noche tiene entre las manos.

Kane llevaba más de una década persiguiendo la gloria. Perdió finales, falló un penalti que pudo cambiar la historia de Inglaterra y hasta vio cómo el Tottenham ganaba su primer título en 17 años cuando él ya se había marchado. Detrás del Balón de Oro hay derrotas en el último minuto que estuvieron a punto de convertir al mejor goleador de su generación en el gran perdedor del fútbol.

Esta noche, sobre el escenario del London Palladium, ha levantado el trofeo que ningún inglés tocaba desde Michael Owen en 2001. Lo ha hecho en Londres, la ciudad donde nació, en la primera gala del Balón de Oro que se celebra allí en 70 años de historia. Sus números son de otro planeta: 73 goles en 65 partidos, una temporada que él mismo definió hace apenas unas semanas como la mejor de su vida.

Pero dentro de esa temporada hay un papel que esta noche nadie va a enseñar en el escenario. Es una hoja de alineación. La entregó la selección inglesa en el Hard Rock Stadium de Miami el 18 de julio, antes del partido por el tercer puesto del Mundial.

En la lista de suplentes aparece escrito el nombre del capitán, Harry Kane. La explicación oficial fue el cansancio. Para entender ese papel hay que mirar lo que pasó 72 horas antes, en Atlanta, delante de un micrófono, y a ello se llegará más adelante.

En Inglaterra hace años que este patrón tiene nombre. Lo llaman la maldición de Harry Kane, y se repite con una precisión casi enfermiza. Kane llega a la puerta de la gloria, apoya la mano en el pomo y, en el último segundo, algo se la cierra en la cara. Muchas veces, la mano que la cierra no es la de ningún rival.

Para medir lo que vale este Balón de Oro hay que ver todo lo que le arrancaron por el camino. Y esa historia empieza en el norte de Londres, en 2001, con un niño de 8 años y una camiseta del Arsenal.

Harry Kane nació el 28 de julio de 1993 en Walthamstow y creció en Chingford, en una familia del Tottenham. Sin embargo, el primer gran club que se fijó en él fue el enemigo. Con 8 años entró en la academia del Arsenal, donde duró una sola temporada.

Años después, Liam Brady, que entonces dirigía la cantera, explicó por qué lo dejaron marchar. Aquel niño les pareció algo rellenito y poco atlético. Descartado a los 8 años por su cuerpo, volvió a jugar con sus amigos en el Ridgeway Rovers, el mismo club de barrio por el que había pasado David Beckham.

Con 11 años hizo una prueba con el Watford y, en uno de esos partidos, precisamente contra el Tottenham, los ojeadores del rival se fijaron en aquel delantero desgarbado. El club de su familia lo fichó y, de algún modo, lo guardó en un cajón.

Con 17 años, el Tottenham lo cedió al Leyton Orient, de la tercera categoría. Después pasó por el Millwall, el Norwich y el Leicester. Cuatro equipos en algo más de dos años, cuatro vestuarios donde aparecía como el chaval prestado que nadie había pedido.

En Norwich, en el verano de 2012, por fin tenía una oportunidad en la Premier League. A las pocas semanas se rompió un metatarsiano del pie. Cuando volvió, el equipo ya había aprendido a vivir sin él, y regresó a Londres sin un solo gol en la liga.

Tenía 19 años y acababa de recibir el primer aviso de algo que lo perseguiría toda su carrera: su cuerpo fallándole justo cuando la oportunidad aparecía. Aquello ocurrió lejos de las cámaras, cuando casi nadie sabía su nombre. Siete años después, el mismo problema volvió en la noche más importante de la historia moderna del Tottenham, y esta vez lo vio el mundo entero.

El 9 de abril de 2019, en el nuevo estadio del Tottenham, Fabian Delph llegó tarde a un balón dividido en la banda. Kane se quedó en el suelo agarrándose el tobillo izquierdo. Era la ida de los cuartos de final de la Champions contra el Manchester City.

Al día siguiente llegó el diagnóstico: ligamentos dañados. Kane, que llevaba toda la vida esperando una noche europea de verdad, se perdió el resto de la eliminatoria y toda la semifinal. Sin él, el Tottenham hizo historia.

Eliminó al City en un partido de locos. Después, en Ámsterdam, perdía 3-0 en el global contra el Ajax y Lucas Moura marcó tres goles en la segunda parte, el último en el minuto 96. Era la primera final de la Copa de Europa en la historia del club, y el hombre que lo había cargado a la espalda durante cinco temporadas la vivía desde fuera.

La final se jugaba el 1 de junio en el Wanda Metropolitano de Madrid, contra el Liverpool. Kane llevaba 53 días sin jugar un partido oficial. Mauricio Pochettino tenía que elegir entre el delantero que acababa de meterlos en la final con un hat-trick y su goleador histórico, recién recuperado y sin un solo minuto de competición en casi dos meses.

Eligió a Kane. Lucas Moura empezó en el banquillo. Antes de cumplirse el primer minuto, un balón golpeó en el brazo de Moussa Sissoko dentro del área. Penalti. Salah lo marcó antes de que se cumpliera el segundo minuto.

Durante el resto del partido, Kane apenas apareció. Se le vio lento y sin ritmo, intentando correr con un tobillo que todavía no estaba listo para una final. En el minuto 87, Divock Origi selló el 2-0. Al final, Kane subió a recoger la medalla de subcampeón mientras el Liverpool celebraba a pocos metros con el trofeo.

Tenía 25 años. Quienes defienden la decisión de Pochettino recuerdan que el técnico argentino apostó por quien le había dado media temporada de goles y que nadie puede garantizar que otra alineación habría cambiado el resultado. Sus críticos replican que la decisión más importante de la noche la tomó otro hombre desde la banda, y que Kane pagó el precio.

No sería la última vez que una noche en Madrid se le escapaba así. Cinco años después, en la misma ciudad, aparecería un cartel luminoso, uno de esos que levanta el cuarto árbitro para anunciar un cambio, con un número nueve en rojo. Ese cartel es la decisión que terminó arrebatándole una final de Champions. Y el hombre que ordenó aquel cambio acabaría, meses después, siendo seleccionador de Inglaterra con el último gran sueño de Kane en sus manos.

Antes de llegar a ese cartel, Kane tuvo que perder en su propia casa. El 11 de julio de 2021, Wembley acogía la final de la Eurocopa entre Inglaterra e Italia. Kane era el capitán de una selección que no jugaba una final desde 1966.

Inglaterra había llegado hasta allí gracias a él. En la semifinal contra Dinamarca, en la prórroga, Kasper Schmeichel le paró un penalti y Kane marcó en el rechace. En la final, a los dos minutos, Luke Shaw marcó el 1-0. Durante más de una hora, un país entero creyó que la espera había terminado.

En el minuto 67 empató Bonucci. La final se fue a los penaltis. Kane, el primero en lanzar por Inglaterra, marcó el suyo. Después, Marcus Rashford estrelló el balón en el palo. Gianluigi Donnarumma le paró el lanzamiento a Jadon Sancho, y el último, Bukayo Saka, con 19 años, también vio cómo Donnarumma detenía su disparo.

Kane trató de consolar a los chicos que habían fallado mientras Italia levantaba la copa en el estadio con el que había soñado desde niño. Esa derrota cambió algo dentro de él. Ese mismo verano decidió que ya no podía esperar más en el Tottenham: quería títulos.

El Manchester City llegó a ofrecer 100 millones de libras por él. Daniel Levy, el presidente del club, se negó a venderlo. A comienzos de agosto, cuando la plantilla volvió a los entrenamientos de pretemporada, Kane no se presentó en la fecha prevista. Durante semanas, el capitán de Inglaterra fue el centro de una guerra fría con el club de su vida.

El 25 de agosto publicó un mensaje: se quedaba. Pero, por primera vez, el chico que había crecido como aficionado del Tottenham había intentado escapar de él. A partir de ese verano, toda su carrera gira alrededor de una sola obsesión: un trofeo, cualquier trofeo.

Diciembre de 2022, Estadio Al Bayt, Qatar. Cuartos de final del Mundial contra Francia, la vigente campeona. Tchouaméni adelantó a los franceses con un disparo desde lejos. En el minuto 54, Kane cogió el balón para lanzar un penalti. Delante tenía a Hugo Lloris, su capitán en el Tottenham, el portero que mejor lo conocía de tantos entrenamientos juntos.

Lo engañó, uno contra uno. Con ese gol igualaba a Wayne Rooney como máximo goleador de la historia de Inglaterra. En el minuto 78, Giroud volvió a adelantar a Francia. Seis minutos después, Theo Hernández derribó a Mason Mount dentro del área. El árbitro dejó seguir, pero el VAR lo llamó a la pantalla. Penalti, el segundo de la noche a favor de Inglaterra.

Lanzador y portero, otra vez cara a cara. Kane tenía en los pies el empate, la posible clasificación para semifinales y el récord absoluto de su país, todo en un único disparo. Cogió carrerilla y golpeó fuerte, por encima del larguero. El balón se marchó a la grada y Kane se llevó las manos a la cabeza.

Inglaterra cayó 2-1. Al terminar, admitió ante las cámaras que aquel fallo era algo con lo que tendría que vivir. Ocho días después, en el estadio de Lusail, Lionel Messi levantaba la Copa del Mundo.

Messi y Kane volverían a encontrarse cuatro años más tarde, en una semifinal del Mundial, en Atlanta. De aquel reencuentro existe una fotografía en la que Kane abraza a Messi sobre un césped lleno de jugadores argentinos que celebran. Lo que le dijo en ese abrazo lo contó él mismo meses después. Y lo que le pasó a Messi cuatro días más tarde, a manos de uno de los rivales a los que Kane ha derrotado esta noche, convierte la escena en una de las más crueles de toda esta historia.

En el verano de 2023, Kane hizo lo que nunca se había atrevido a hacer: marcharse. El 12 de agosto de 2023, el Bayern de Múnich confirmó su fichaje por más de 100 millones de euros. Dejaba Londres después de 19 años en el Tottenham, con 280 goles y cero trofeos. Se iba al club que acumulaba once Bundesligas seguidas, en teoría el único lugar del mundo donde ganar era casi una obligación.

Ese mismo día, horas después de firmar, jugó la Supercopa de Alemania contra el Leipzig. Entró en la segunda parte y el Bayern perdió 0-3. El primer título que tuvo al alcance en Alemania se le escapó en su primera tarde, y la temporada se convirtió en una pesadilla con forma de cifra.

Kane marcó 36 goles en la Bundesliga, un récord para un debutante. Pero el Bayer Leverkusen de Xabi Alonso ganó la liga sin perder un solo partido, algo que nadie había hecho jamás en Alemania. El año en que llegó Kane, el Bayern se quedó sin la liga por primera vez en más de una década.

En noviembre, en la Copa de Alemania, el Bayern cayó contra el Saarbrücken, un equipo de tercera división. Aquella noche, Kane estuvo en la banda durante buena parte de la segunda parte. Su entrenador no lo sacó. Después explicó que solo le quedaba un cambio y que quería esperar a la prórroga. No hubo prórroga: el Saarbrücken marcó en el descuento.

Aquel entrenador se llamaba Thomas Tuchel. Era el mismo que había peleado por traer a Kane a Múnich, el mismo que en su debut lo había elogiado diciendo que era muy inteligente, y el mismo que seis meses después pediría aquel cartel en el Bernabéu, porque en primavera al Bayern solo le quedaba la Champions.

En semifinales esperaba el Real Madrid. En la ida, en Múnich, empataron 2-2 y uno de los goles fue un penalti de Kane. La vuelta se jugó el 8 de mayo de 2024 en el Santiago Bernabéu. La final de aquel año se disputaba en Wembley, el estadio donde Kane había perdido la Eurocopa tres años antes. Si el Bayern pasaba, el delantero volvería a casa para jugar la final más grande de Europa.

Durante una hora, el Bernabéu apretó y el Bayern resistió. En el minuto 68, Alphonso Davies se fue hacia dentro y soltó un disparo imparable. Era el 0-1 y el estadio se quedó en silencio. El Bayern estaba a 22 minutos de Wembley.

A partir de ahí, cada minuto pesaba el doble. Kane llevaba toda la noche en el campo con la espalda dolorida, aunque eso solo se supo después. Tuchel ya había retirado a Jamal Musiala. Quedaban pocos minutos y, en el minuto 85, el cuarto árbitro levantó el cartel con el número nueve.

Kane caminó hacia la banda y en su lugar entró Eric Maxim Choupo-Moting. El Bayern se quedaba sin su goleador, el hombre que llevaba toda la temporada sosteniendo al equipo, justo cuando más necesitaba que alguien guardara el balón lejos de su portería.

Tres minutos después, Vinícius disparó desde la izquierda. Manuel Neuer, que había hecho un partido extraordinario, no pudo atrapar el balón y Joselu empujó el rechace. En el primer minuto del descuento, Joselu volvió a aparecer: 2-1. Y todavía faltaba lo peor.

En el tiempo añadido, el Bayern metió un balón en el área y Matthijs de Ligt lo empujó a la red. Durante un segundo, los jugadores alemanes lo celebraron, pero el asistente había levantado la bandera por fuera de juego antes de que terminara la jugada y el árbitro había pitado. El gol no subió al marcador. Tuchel, fuera de sí, diría después que aquella decisión había sido un desastre y que lo sentía casi como una traición.

Kane lo vio todo desde el banquillo: el empate, la remontada y el gol anulado, sin poder tocar un balón. Esa misma noche, Tuchel explicó en la televisión alemana por qué lo había cambiado. El delantero no podía continuar: había jugado con dolor de espalda y se le había bloqueado.

Esa fue la explicación oficial. Sus consecuencias, en cambio, se vieron después. El 1 de junio, el Real Madrid jugó la final de la Champions en Wembley, en la ciudad de Kane, contra el Borussia Dortmund, y la ganó por 2-0. El Bayern terminó su primera temporada con Kane sin un solo título, por primera vez en 12 años. Tuchel se marchó del club ese verano y el delantero se quedó con 44 goles y ninguna medalla.

Por segunda vez en cinco años, Madrid le arrebataba una final europea. Y el hombre que había levantado aquel cartel todavía no había terminado con él.

Dos meses después llegó otra final. El 14 de julio de 2024, en el Estadio Olímpico de Berlín, Inglaterra se midió a España en la final de la Eurocopa. Kane llegó señalado por la prensa inglesa, que llevaba todo el torneo criticando su falta de movilidad.

En el minuto 47 marcó Nico Williams. En el 61, Gareth Southgate cambió a Kane por Ollie Watkins. Cuando Cole Palmer empató, Kane lo celebró desde el banquillo. Cuando Mikel Oyarzabal marcó el 2-1 en el minuto 86, también lo vio desde allí.

Dos finales de Eurocopa seguidas y dos derrotas. Y en las dos noches decisivas de aquel año, la del Bernabéu y la de Berlín, Kane acabó en el banquillo mientras el partido se resolvía sin él. Southgate, por su parte, ha defendido siempre sus cambios como decisiones técnicas tomadas para refrescar al equipo.

Lo que llegó tres meses después lo cambió todo. El 16 de octubre de 2024, la Federación Inglesa anunció a su nuevo seleccionador. El hombre que iba a decidir si Inglaterra llegaba al Mundial de 2026 con Kane como titular o como suplente era Thomas Tuchel, el entrenador del cartel del Bernabéu, que pasaba a tener en sus manos el último gran sueño de la carrera del delantero: ganar un Mundial con su país.

Su relación había nacido en Múnich, entre elogios, y se había torcido en Madrid con un cambio en el minuto 85. Ahora volvían a estar juntos y, esta vez, con todo un país mirando.

Antes de ese reencuentro, Kane vivió la temporada en la que por fin iba a ganar algo, aunque ni siquiera eso le salió como debía. En la primavera de 2025, el Bayern de Vincent Kompany dominaba la Bundesliga. El sábado 3 de mayo podía proclamarse campeón en el campo del Leipzig. Kane no jugó: estaba sancionado por acumulación de tarjetas amarillas. Lo vio desde la grada.

Al descanso, el Leipzig ganaba 2-0 con goles de Benjamin Šeško y Lukas Klostermann. En la segunda parte, el Bayern reaccionó. Eric Dier marcó de cabeza en el 62. Michael Olise empató un minuto después y Leroy Sané hizo el 3-2 en el 83.

Con el partido en el descuento, Kane bajó de la grada hasta la línea de banda. Los aficionados del Bayern ya estaban encendiendo bengalas. Estaba preparado para saltar al césped y celebrar con sus compañeros el primer título de su carrera tras 14 años como profesional.

En el cuarto minuto del descuento, con el último disparo del partido, Yussuf Poulsen marcó el 3-3. Kane se quedó en la banda, vestido de calle, mirando cómo se apagaba una celebración que ya había empezado.

Al día siguiente, el Bayern ni siquiera jugaba. El Leverkusen empató 2-2 en Friburgo y, con ese resultado, el Bayern se proclamó campeón. El primer título de la carrera de Harry Kane llegó por un partido ajeno, sin un solo jugador del Bayern sobre el césped. Su reacción pública fue un emoji de un trofeo en las redes sociales.

Diecisiete días después llegó el golpe más humillante. El 21 de mayo de 2025, en San Mamés, el Tottenham ganó la final de la Europa League al Manchester United por 1-0, con un gol de Brennan Johnson. Era su primer título desde 2008.

El club al que Kane había dado 19 años de su vida, con el que marcó 280 goles sin levantar nada, ganaba un trofeo europeo dos temporadas después de que él se marchara. Durante días, en las redes sociales se repitió el mismo chiste cruel en mil versiones: que la maldición nunca había sido del Tottenham, que la maldición era Kane.

Los seguidores del delantero responden que el título del Tottenham no borra nada de lo que él dio al club ni tiene relación con su rendimiento, y que atribuirle una maldición a un futbolista que firmó cifras tan altas es, sencillamente, una broma injusta. Pero con esa frase pegada a la espalda empezó la temporada que lo ha traído hasta esta noche.

Antes de volver al Bernabéu, Kane tenía que demostrar que en Alemania ya no era el delantero que llegaba a las grandes noches para perderlas. Empezó el curso marcando en la Supercopa de Alemania contra el Stuttgart y levantando su segundo título con el Bayern. En las cuatro primeras jornadas de liga, el equipo marcó 18 goles, un récord en la historia de la Bundesliga.

El 26 de septiembre de 2025, con dos goles al Werder Bremen, llegó a los 100 goles con el club en solo 104 partidos. Ningún jugador en los 126 años de historia del Bayern había llegado tan rápido, ni Gerd Müller ni Robert Lewandowski. Kompany empezó a decir en las ruedas de prensa que Kane envejecía como el buen vino.

Los números le dieron la razón: 36 goles en la Bundesliga, 61 en toda la temporada, cinco hat-tricks y la segunda Bota de Oro de su carrera. El 19 de abril de 2026 marcó el cuarto gol en el 4-2 contra el Stuttgart, que confirmó otra Bundesliga. Esta vez sí estaba sobre el césped para celebrarla.

En la Champions, el sorteo lo devolvió al escenario de su peor noche en Alemania: cuartos de final contra el Real Madrid, con la ida en el Bernabéu. Días antes del viaje, Kane arrastraba un problema en el tobillo y Kompany tuvo que esperar hasta el último momento para decidir si jugaba. El mismo estadio, el mismo rival y, otra vez, el cuerpo amenazando con dejarlo fuera.

Jugó. Y en el estadio donde Tuchel lo había sentado a cinco minutos de Wembley, recibió el balón un poco más allá del área y soltó un disparo raso, seco, junto al palo. Fue el gol de la victoria del Bayern en Madrid, 2-1, y le dio ventaja en la eliminatoria.

La eliminación del Real Madrid se completó en la vuelta, en Múnich, donde Kane volvió a marcar. Con esos dos goles encadenó cinco partidos seguidos de Champions marcando o asistiendo contra el Real Madrid, algo que nadie había hecho nunca en la historia de la competición. Se convirtió además en el primer inglés capaz de marcar diez o más goles en dos ediciones seguidas de la Copa de Europa.

Dos años antes había salido de ese césped por un cartel luminoso, con la eliminatoria a punto de escaparse. Esta vez salió del Bernabéu con el partido ganado. Dos años después, Kane había vuelto al Bernabéu y había terminado él la noche.

Parecía el final de la historia, pero la Champions todavía le guardaba otra trampa. En semifinales esperaba el Paris Saint-Germain. En la ida, en París, el Bayern perdió 5-4 en un partido absurdo. Antes de la vuelta, un periodista inglés le preguntó a Kompany por la supuesta crisis de forma del delantero. El técnico respondió, molesto, recordándole que con Kane Inglaterra había llegado a dos finales seguidas de la Eurocopa. Defendía a su delantero y, sin querer, señalaba sus dos heridas más grandes.

En la vuelta en el Allianz Arena, Dembélé marcó a los tres minutos. El Bayern estuvo todo el partido buscando el gol y lo encontró en el minuto 94, con un remate de Kane a pase de Alphonso Davies. Fue 1-1, demasiado tarde. El PSG pasaba a la final por un solo gol en el global.

Kane había marcado en el último minuto de una semifinal de Champions y, aun así, estaba eliminado. Semanas después, el Bayern ganó la Copa de Alemania contra el Stuttgart con un gol de Kane en la final: el doblete nacional.

Pero en Inglaterra nadie iba a juzgar a Kane por lo que hiciera en Alemania. Iban a juzgarlo por el verano. En junio empezaba el Mundial y, en el banquillo de Inglaterra, estaba Thomas Tuchel.

El 17 de junio, en el debut contra Croacia, Kane marcó dos goles y fue elegido mejor jugador del partido. Con ese doblete igualaba a Gary Lineker como máximo goleador de Inglaterra en la historia de los Mundiales. Diez días después, contra Panamá, cabeceó un centro de Jude Bellingham y lo superó: 11 goles en Mundiales, algo que ningún inglés había logrado.

El 1 de julio, en Atlanta, llegó el primer susto de verdad: dieciseisavos de final contra la República Democrática del Congo. En el minuto 7, Brian Cipenga adelantó a los congoleños y su portero, Lionel Mpasi, empezó a pararlo todo. Alemania y Países Bajos ya se habían despedido del Mundial antes de tiempo, e Inglaterra estaba a punto de sumarse a la lista.

A falta de un cuarto de hora, Kane empató. Con el partido agonizando, marcó el segundo con un disparo seco. Esa noche, en la televisión británica, alguien formuló en directo la pregunta que resumía el torneo: ¿dónde estaría Inglaterra sin Harry Kane?

El 5 de julio, en el Estadio Azteca, ante más de 80.000 personas y con una hora de retraso por una tormenta, Inglaterra eliminó a México. Bellingham marcó dos goles en dos minutos, el segundo con una asistencia de Kane. Expulsaron a Declan Rice en el minuto 54 y, con diez hombres y a más de 2.200 metros de altitud, Kane marcó de penalti el 3-1. El 2-3 final llegó demasiado tarde para México.

El 11 de julio, en Miami, contra la Noruega de Erling Haaland, Inglaterra volvió a vivir al borde del abismo. Noruega se adelantó con un disparo de Schjelderup que entró después de tocar el palo. A Kane le anularon un gol por un fuera de juego milimétrico. A Noruega le anularon otro por un empujón de Haaland. Bellingham empató antes del descanso y ganó el partido en la prórroga.

Inglaterra estaba en semifinales, pero dentro del vestuario ya había una grieta. Días antes, Tuchel había tenido un cruce público con Bellingham por unas declaraciones que no coincidían. El seleccionador ganaba partidos, pero empezaba a chocar con sus estrellas. Y la siguiente iba a ser su capitán.

Atlanta, 15 de julio de 2026, semifinal del Mundial contra Argentina. Durante el himno inglés, la grada argentina respondió con un cántico contra los ingleses que los jugadores escucharon con el gesto torcido. Enfrente estaba Lionel Messi, con 39 años, jugando el que podía ser el último gran torneo de su vida.

En el minuto 25, justo antes de la pausa de hidratación, Argentina tuvo una ocasión clarísima. En el banquillo inglés, Tuchel pensó algo que tardaría dos meses en confesar en público. La primera parte terminó 0-0. Al inicio de la segunda, Cuti Romero vio la amarilla por una falta sobre Bellingham y el partido se volvió áspero.

En el minuto 56, Anthony Gordon remató en el segundo palo un centro desde la derecha. Era el 1-0 para Inglaterra. Faltaba poco más de media hora para la final del Mundial. Lo que hizo Tuchel a partir de ese momento es el centro de esta historia.

En el minuto 72 retiró al autor del gol, Anthony Gordon, y metió a un defensa, Ezri Konsa. En el 81 sacó a Declan Rice y a Reece James y metió a Dan Burn y a Nico O’Reilly. Al otro lado, Argentina hacía exactamente lo contrario. En el 69, Pickford ya había tenido que salvar un cabezazo de Nico González a centro de Messi. En el 80, Scaloni sacó a un defensa, Nicolás Tagliafico, y metió a un delantero, Lautaro Martínez.

Meses después, el propio Tuchel describiría con incredulidad el dibujo con el que Argentina terminó el partido: cuatro delanteros y, en algunos momentos, solo tres defensas, con seis jugadores volcados al ataque. Inglaterra cerraba la puerta y Argentina la empujaba con todo.

Minuto 87, saque de esquina para Argentina. Messi lo tocó en corto para Enzo Fernández, que disparó desde fuera del área: 1-1. Ya en el descuento, Messi colgó un centro con la derecha al segundo palo. Lautaro Martínez, el delantero que había entrado en el minuto 80, estaba completamente solo. Cabezazo y 2-1.

Inglaterra había estado a cinco minutos de su primera final del Mundial desde 1966. En cinco minutos lo perdió todo. Las cámaras captaron a Kane y a Bellingham rotos sobre el césped y a Messi acercándose a ellos. En medio de la celebración argentina, Kane fue a buscar a Messi y lo abrazó. Esa es la fotografía. Lo que le dijo se conoció meses después, y es la pieza que da sentido a lo ocurrido esta noche en Londres.

Lo que pasó después, frente a los micrófonos, se puede contar en dos golpes, y el segundo llegó sin dejar respirar al primero. El primero lo dio Kane. Con la derrota todavía en el cuerpo, se paró delante de las cámaras de la televisión británica y dijo algo que pocas veces se escucha de un capitán sobre su propio seleccionador en mitad de un Mundial: que una vez por delante, el equipo pareció limitarse a resistir.

«Parecía que solo queríamos aguantar», vino a decir, y añadió que a ese nivel aquello no era suficiente para llegar a la final. Explicó que estaba devastado por sus compañeros, por la afición y por todo el cuerpo técnico. No pronunció el nombre de Tuchel y no le hizo falta: la prensa entendió de inmediato a quién señalaba.

El hombre del cartel del Bernabéu acababa de cerrar el partido desde la banda y, esta vez, Kane había hablado. Hay quien interpreta sus palabras como una crítica abierta y quien las lee como el desahogo lógico de un capitán destrozado, sin intención de abrir una guerra.

El segundo golpe lo dio Tuchel esa misma noche, y cada frase suya parecía contestar a una de su capitán. Donde Kane veía un equipo encogido, el seleccionador vio uno de los mejores partidos de Inglaterra, quizá el mejor. Donde Kane hablaba de un planteamiento insuficiente, Tuchel aseguró que no había sido un problema de estructura, que el partido simplemente había cambiado y que no tenía nada de lo que arrepentirse.

A quien cuestionara sus cambios le recordó que es muy fácil saberlo todo después de una derrota y que hay millones de entrenadores así. Kane había hablado del equipo y Tuchel terminó hablando de su autoridad. Cerró con cuatro palabras que en Londres se leyeron como una respuesta directa a su capitán: «Yo tomo las decisiones».

El capitán contra el seleccionador, en público, en el mismo Mundial y con un partido todavía por jugar. Primero Bellingham, ahora Kane: las dos grandes estrellas de Inglaterra habían chocado con Tuchel en menos de una semana. Faltaban 72 horas para el partido por el tercer puesto.

Al día siguiente, Kane publicó un mensaje en sus redes. Escribió que no había palabras para llenar el vacío que sentía y reconoció que las expectativas sobre Inglaterra eran altas y que, con razón, lo eran. Era el capitán hablando a su país. Pero lo que había dicho la noche anterior frente a las cámaras ya no se podía borrar.

Mientras Argentina preparaba la final, Inglaterra viajaba a Miami. El 18 de julio tenía que jugar un último partido contra Francia por el tercer puesto. Para Didier Deschamps era su último partido como seleccionador. Para Kylian Mbappé, la última oportunidad de salir del torneo con algo en las manos. Para Kane, la oportunidad de cerrar su Mundial como capitán, en el campo, con una medalla ganada sobre el césped.

Antes del partido, la selección inglesa publicó la alineación. Siete cambios respecto a la semifinal. Ivan Toney, delantero titular. Jude Bellingham, al banquillo. Y, en la lista de suplentes, el capitán Harry Kane. Esa es la hoja de alineación del principio de esta historia.

Tres días antes, Kane había señalado en público el planteamiento de su seleccionador. Días antes, Bellingham había chocado con él. Y en el último partido de Inglaterra en el Mundial, los dos empezaban sentados.

Lo comprobado es lo siguiente. Kane criticó en público el planteamiento de Tuchel. Tres días después, Tuchel lo dejó en el banquillo, y la razón oficial fue el desgaste de la semifinal, una cuestión de sentido común, según el propio seleccionador. Que detrás hubiera un castigo es una interpretación que ni Tuchel ni Kane han confirmado nunca. Pero la imagen ya estaba ahí y nadie podía dejar de verla: los dos hombres que lo habían contradicho, juntos en el banquillo.

Sin ellos, Inglaterra firmó una primera parte demoledora. Declan Rice marcó en el minuto 4. Ezri Konsa, el defensa que Tuchel había metido en la semifinal para proteger el 1-0, hizo el segundo en el 18. Bukayo Saka marcó dos más antes del descanso: 4-0. Kane lo miraba todo desde el banquillo.

En la segunda parte, el partido empezó a darse la vuelta delante de él. Mbappé marcó en el 48, Barcola en el 54 y Mbappé, otra vez, en el 66. Michael Olise, que esa tarde superó el récord de asistencias de Pelé en un solo Mundial, destrozaba a la defensa inglesa por la derecha. Con más de 20 minutos por delante y Francia lanzada, el capitán de Inglaterra siguió sentado.

A tres minutos del final, Saka completó su hat-trick de penalti, el mismo chico que había fallado aquel penalti en Wembley con 19 años. Dembélé recortó en el descuento y, dos minutos después, Bellingham, que había entrado en la segunda parte, marcó el 6-4. Bellingham salió del banquillo y marcó. Kane no salió: fue el único de los dos que no jugó ni un minuto.

Las crónicas lo describen dando consejos a sus compañeros desde la banda. Al final, con la medalla de bronce colgada al cuello, aplaudió a la afición inglesa. Era el mejor resultado de Inglaterra en un Mundial en 60 años, y el capitán lo vivió sentado.

Hay que imaginar por un momento lo que supone ser el máximo goleador de la historia de tu país, haber marcado seis goles en el torneo, haber salvado a tu selección contra el Congo y quedarte, como último recuerdo del Mundial, con un banquillo. Y que el hombre al que acabas de criticar en público decida que no vas a jugar.

Lo que hizo Kane desconcertó a todo el mundo. Días más tarde, en lugar de alimentar la guerra, la apagó. Reconoció que la selección seguía en una especie de duelo por la semifinal y dijo que Tuchel era el líder adecuado para Inglaterra. Defendía en público al entrenador del Bernabéu y de Miami.

En septiembre fue Tuchel quien habló de Atlanta, en una entrevista televisiva en Inglaterra, y por fin contó lo que había pensado en aquella pausa de hidratación del minuto 25, tras la ocasión clarísima de Argentina: que no iban a sobrevivir, que sintió que solo quedaba esperar a lo peor. Lo pensó antes del descanso y, cuando llegó el 1-0, sus cambios fueron para proteger lo que tenía.

A todos los que lo culpaban, incluido quizá su propio capitán, les lanzó una frase: «Es mi cicatriz, no la de ustedes». Sus defensores sostienen que un seleccionador debe decidir en caliente con la información que tiene y que el resultado no prueba que el planteamiento fuera equivocado. Sus detractores insisten en que ceder la iniciativa a Argentina y retirar a los atacantes fue, precisamente, lo que abrió la puerta.

El 6 de octubre, con Tuchel todavía en el banquillo, Kane marcó dos goles en el 3-0 a la República Checa y alcanzó los 125 partidos con Inglaterra, igualando el récord de Peter Shilton. Seguía siendo el capitán. Nueve días después cerró un acuerdo de principio con el Bayern para quedarse en Múnich hasta 2029. Con esa firma, el récord de goles de Alan Shearer en la Premier League, su gran obsesión durante años, quedaba prácticamente fuera de su alcance para siempre.

Mientras tanto, la carrera por el Balón de Oro se convirtió en una guerra de campañas. El Barcelona y el Real Madrid empujaron en público las candidaturas de Lamine Yamal y de Mbappé. La de Kane avanzó casi en silencio, sin una gran campaña de su club detrás. Fueron otros los que hablaron por él. Declan Rice, su compañero en la selección, dijo que había un ganador claro y que sus números lo explicaban todo.

Así llegó Kane a esta noche, con una herida abierta en la selección, con el sueño de la Premier cerrado y con dos rivales enfrente que tenían todo lo que a él le había faltado ese verano: un campeón del mundo de 19 años y el francés que, en aquel mismo partido de Miami, se había convertido en el máximo goleador de la historia de los Mundiales. Y esta noche, en el London Palladium, el nombre que se escuchó fue el suyo.

Ahora toca mirar contra quién lo ha ganado. Para entenderlo hay que volver a la fotografía de Atlanta. En septiembre, en una entrevista con Marca, Kane contó por fin lo que le dijo a Messi en aquel abrazo. Le deseó buena suerte para la final. Añadió que aquel no había sido el Mundial de Inglaterra y que en el escenario más grande siempre tiene que haber un perdedor.

La suerte que Kane le deseó no llegó. El 19 de julio, un día después del banquillo de Miami, Argentina jugó la final en el MetLife Stadium. Se quedó con diez al final del tiempo reglamentario por la expulsión de Enzo Fernández, el mismo que había empatado contra Inglaterra. En la prórroga, Ferran Torres marcó el 1-0. Argentina perdió la final y, en aquella España, había un chico de 19 años que esa noche se proclamó campeón del mundo.

Lamine Yamal, el chico que dejó a Messi sin la suerte que Kane le había deseado, es el mismo que esta noche llegaba a Londres como campeón del mundo y como uno de los grandes candidatos, y se ha quedado por detrás de Kane. En el escenario más grande siempre tiene que haber un perdedor, y esta noche el perdedor no ha sido el inglés.

Kylian Mbappé llegaba con el récord de goles en los Mundiales, conseguido en Miami mientras Kane miraba desde el banquillo por decisión de Tuchel. Esta noche el jurado ha puesto a Kane por delante de él. Y Messi, el hombre del abrazo, también figuraba entre los aspirantes. Los tres nombres que Kane tenía enfrente esta noche salieron de su peor verano, el de Atlanta y el de Miami, y los tres han quedado por detrás.

Una parte de ese trofeo, además, se construyó en el lugar donde empezó su peor noche en Alemania: el Bernabéu, donde Tuchel lo sentó en 2024 con la final al alcance de la mano. Kane volvió en 2026 y marcó el gol que dio ventaja al Bayern para eliminar al Real Madrid. El cartel luminoso del número nueve ya tenía respuesta.

Porque, si se recorre esta historia hacia atrás, cada estación del camino tiene algo en común. Qatar 2022: un balón por encima del larguero con el récord y la semifinal en los pies. El Bernabéu, 2024: un cartel luminoso con el número nueve, a cinco minutos de volver a Londres para jugar la final. Atlanta, 2026: una ventaja que se escurrió en los últimos minutos, una crítica en voz alta y cuatro palabras de respuesta. Miami, 2026: una hoja de alineación con su nombre entre los suplentes.

Cuatro noches y, en tres de ellas, la última decisión la tomó otra persona. Esta noche, en Londres, la decisión sobre Harry Kane también la han tomado otros, pero por primera vez ha caído de su lado. Y ha llegado a pocos kilómetros de Wembley, el estadio donde perdió la Eurocopa de 2021 y donde el Real Madrid levantó la Champions que él vio escaparse desde el banquillo del Bernabéu.

Ese es el precio de ganar que casi nunca se cuenta. Cuando por fin llega el trofeo, todo el mundo celebra la temporada de 73 goles y nadie mira el reverso. Por eso la imagen de esta noche tiene dos caras.

En una, Harry Kane de pie en el centro del escenario del London Palladium, con la sala entera aplaudiendo hacia él y, entre las manos, una esfera dorada que ningún inglés había tocado en 25 años, en la ciudad donde nació, la misma ciudad en la que el Arsenal lo dejó marchar con 8 años por estar rellenito.

En la otra, el mismo hombre sentado en el banquillo del Hard Rock Stadium de Miami, el máximo goleador de la historia de su país, viendo cómo Francia remontaba de 0-4 a 3-4 sin poder entrar al campo. Noventa minutos sin pisar el césped y, al final, aplaudiendo a la grada con una medalla de bronce colgada al cuello.

De pie en Londres, sentado en Miami. Las mismas manos sosteniendo un trofeo dorado en una imagen y aplaudiendo a otros en la otra. Entre las dos, apenas 100 días.

Pero en aquel banquillo de Miami había otro jugador al que Tuchel dejó fuera del once: Jude Bellingham, el chico que días antes había chocado en público con el seleccionador y del que Tuchel, un año antes del Mundial, había dicho que su comportamiento podía resultar repulsivo. Aquella tarde fue él quien salió del banquillo para marcar en el descuento el gol que cerró el 6-4.

Qué llevaba Bellingham escondiendo durante años detrás de esa rabia y qué terminó explotando con Cuti Romero es una historia todavía más oscura que la de Kane. Pero esa es otra historia, y merece su propio relato.

Por ahora, la imagen que queda es la de un delantero al que casi todo se lo arrebataron otros durante quince años y que, en una noche de octubre, en la ciudad que lo vio nacer, ha conseguido por fin que la decisión caiga de su lado.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Related Articles