Por qué el Manchester United vive en crisis permanente

Por qué el Manchester United vive en crisis permanente

Bruno Fernandes golpeó el banquillo con la palma abierta al abandonar el césped del Giuseppe Sinigaglia. Había visto el cartel del cambio, había cruzado la línea de cal sin mirar a nadie y, al sentarse, descargó toda la frustración contra el asiento de plástico mientras Joshua Zirkzee ocupaba su lugar.

El marcador decía 4-1. El Como, debutante absoluto en la Champions League, acababa de darle al Manchester United una lección de fútbol que el club inglés llevaba años sin recibir en Europa. Hasta el minuto 90, el 4-0 había sido una condena más que un resultado.

Minutos después, ante los micrófonos, el capitán no escondió su enfado. Sus palabras, medidas pero afiladas, apuntaban directamente al cuerpo técnico.

Esa noche, en Lombardía, no solo perdió un equipo. Se abrió una grieta en la cima del vestuario, justo cuando Old Trafford empezaba a creer que la crisis había quedado atrás.

La pregunta que sobrevuela esta historia es tan vieja como la propia leyenda del club: ¿por qué el United nunca sale del todo de la crisis? Y, sobre todo, ¿qué tendría que ocurrir para que deje de repetir la misma película cada pocos meses? La respuesta, según el autor del vídeo original, un analista que firma bajo el nombre de su canal de táctica y fútbol europeo, está menos en el banquillo que en los despachos.

Conviene empezar por los hechos. El equipo de Michael Carrick ha disputado 11 partidos oficiales esta temporada. Solo ha ganado dos. Ha empatado cuatro y perdido cinco. Son cifras de equipo que pelea por evitar el descenso, no de un aspirante a puestos europeos. Acumula siete jornadas sin ganar. La última victoria llegó el 10 de septiembre, un 4-0 en Champions ante el Sabah de Azerbaiyán, y desde entonces todo ha sido una lenta caída.

En la Premier League, el balance es peor: una victoria, cuatro empates y dos derrotas en siete partidos. Siete puntos. Decimotercer puesto. Es, según los medios ingleses, el peor arranque liguero en un campeonato de primera división desde 1986, hace cuarenta años.

Pero lo que más alarma a Mánchester no son las cifras. Son los ruidos que salen del vestuario.

Unos días antes del desastre de Como, Lisandro Martínez había lanzado una bomba en sala de prensa. El defensa argentino sostuvo que los demás equipos de la Premier habían reforzado bien su plantilla y que el United no, y que esperaba mucho más de la directiva. Una frase pronunciada en público, con las cámaras encendidas. Provocó, según el relato, tensiones brutales en el vestuario y en las oficinas del club.

Y entonces llegó Como.

“No es la primera vez”, dijo Bruno Fernandes después del partido. “Empezamos mal, nos marcaron muy pronto. Poca presión sobre el balón, pocas jugadas buenas con él. Encajar un gol tan pronto nos hace afrontar el partido derrotados.”

Luego vino la parte que encendió la mecha. “Fue decisión del cuerpo técnico no presionar individualmente y dejar espacios a la espalda para intentar recuperar el balón”, explicó el capitán. “Pero cuando das espacio a estos equipos, cogen confianza. Esa es responsabilidad del entrenador y del staff, no mía. A veces hay que ser más valiente bajo presión y asumir el riesgo de presionar arriba. Ya visteis cómo el central venía a marcarme en mi propio campo.”

Es una crítica táctica velada, casi quirúrgica, de un capitán a su entrenador. Y llegó ante la prensa, no en el vestuario.

Carrick no tardó en responder. “No importa qué táctica uses”, dijo en la rueda de prensa posterior, “si no vas a replegarte, si no vas a correr tras el balón, no importa lo que hagas: no vas a ganar.” La réplica fue seca, directa, y sonó a reproche hacia el portugués. El intercambio de declaraciones fue más duro de lo habitual en Old Trafford, según el análisis.

La reacción del entorno mediático fue inmediata. Jamie Carragher calificó la actitud de Bruno de “lamentable” y sostuvo que un capitán del United no debería comportarse así. Un titular de la cadena ABC lo bautizó “Disgrace”, vergüenza. Y Roy Keane, que ya había dudado públicamente de que Bruno y Harry Maguire fueran capaces de resolver la situación internamente tras el estallido de Lisandro, volvió a la carga.

La figura de Bruno es un blanco recurrente. Su lenguaje corporal lleva años siendo debatido. Keane lo critica con dureza desde que se convirtió en capitán. El propio jugador ha afirmado que sus números lo han convertido en diana desde que llegó. Incluso Erik ten Hag calificó de “locura” las dudas sobre su capitanía en 2023.

Lo nuevo, subraya el autor, es el contexto: un equipo en caída libre en el que hace falta un culpable visible, y muchas manos señalando ya a varios miembros de la plantilla. Rashford, recién llegado, también aparece en la lista de acusados. Alguien tiene que cargar con la culpa, según el guion de la prensa.

Pero el origen, insiste el comentarista, siempre es el mismo. Y tiene nombre propio: Alex Ferguson.

Ferguson dirigió al club durante 26 años y se marchó en 2013 tras ganar la Liga. Concentraba funciones que hoy se reparten entre muchas manos en cualquier institución moderna: fichajes, cantera, cultura interna, relación con la prensa, disciplina. Cuando se fue, el club descubrió que buena parte de su estructura dependía de él.

La lista de sucesores explica el desorden por sí sola. Moyes, destituido en menos de un año. Van Gaal, que ganó una FA Cup pero ofreció un fútbol que no emocionó. Mourinho, con su Europa League y su Copa de la Liga, pero con un final de ciclo conflictivo, “al estilo Mourinho”. Solskjaer, nombrado entrenador definitivo tras una gran racha como interino. Ten Hag, con dos copas domésticas y una destitución en octubre de 2024. Y Rúben Amorim, que llegó para imponer su propio sistema y se marchó en enero de 2026 tras un periodo que la prensa describió como muy turbulento.

Siete proyectos en poco más de una década. Cada uno con ideas distintas, jugadores distintos y exigencias distintas. Ninguno tuvo tiempo de consolidarse, y casi todos dejaron una plantilla diseñada para otro entrenador. El club paga dos veces: el coste de fichar y, de nuevo, el coste de reconstruir.

Aquí llega el giro que cambia la lectura de toda la historia. El problema, sugiere el autor, no es solo de personas, sino de estructura.

Desde 2005, el club pertenece a la familia Glazer, cuya compra se financió en gran medida con deuda. Durante años, el dinero que otros clubes dedicaban a infraestructuras o plantilla se destinó en parte a dividendos y costes financieros. Para la afición, se convirtió en el símbolo del declive.

La llegada de Sir Jim Ratcliffe como accionista minoritario con responsabilidad deportiva buscó cambiar esa lógica y, de hecho, trajo una reorganización: Omar Berrada como consejero delegado y Jason Wilcox como director deportivo. Pero la estructura accionarial sigue siendo compleja, y los análisis de prensa recuerdan que los Glazer conservan derechos para vender el club en determinadas condiciones, un factor más de incertidumbre.

El resultado es un modelo de fichajes sin criterio estable. El United ha gastado una cantidad enorme desde 2013, pero lo ha hecho sin un plan de juego común que guiara el mercado. Jugadores comprados por nombre, por oportunidad o por petición de cada entrenador, sin un patrón. “Un club que cambia de modelo cada dos años no puede construir una plantilla coherente”, sostiene el comentarista, “aunque gaste más que casi todos”.

Y cada reinicio llega con su discurso de “ahora sí, esta temporada sí”. Esa promesa repetida tiene un efecto perverso: cuando el nuevo proyecto no da resultados inmediatos, la paciencia se agota por adelantado. La afición ha visto la película muchas veces, el margen de error de cada entrenador es mínimo y la presión llega rápido, lo que impide tomar decisiones a medio plazo.

Esa cultura del reinicio fue, precisamente, la que benefició a Michael Carrick cuando asumió el cargo.

Porque en enero, tras la salida de Amorim, Carrick se hizo cargo del equipo de forma interina. Los resultados fueron espectaculares: diez victorias en sus primeros quince partidos y solo dos derrotas. Llevó al equipo del séptimo al tercer puesto y aseguró el regreso a la Champions League con tres jornadas de margen. Además, derrotó a los rivales directos por el título, el Manchester City y el Arsenal.

Durante semanas, el club sintió que había encontrado la solución. La comparación con Solskjaer en 2018-19 era inevitable: llegó como interino, encadenó una racha extraordinaria, recibió el puesto definitivo y poco después el equipo se vino abajo. La prensa ha recuperado ese paralelismo precisamente ahora, porque la actual racha sin ganar es la peor desde aquella temporada.

“Ese efecto interino forma parte del ciclo”, explica el autor. “El entusiasmo inicial tapa los problemas de fondo y genera expectativas que la estructura no puede sostener.”

La derrota en Como, que el propio Carrick calificó de “inaceptable” y por la que pidió disculpas a sus aficionados, es solo la muestra más visible. El patrón de juego es el mismo desde el inicio de la temporada. El equipo tiene una línea adelantada, pero no presiona arriba, y lo hace con centrales lentos como Maguire, lo que deja al descubierto sus debilidades. Cuando presiona, lo hace sin organización, y la presión acaba volviéndose en su contra, como ocurrió en Italia.

Tampoco ayuda la falta de un pivote natural sin Kobbie Mainoo, que aporta físico pero sigue siendo joven y en proceso de adaptación. Con Benjamin Šeško lesionado, falta además un delantero referencia y Mbeumo carga con casi todo el peso ofensivo. Bruno, el motor creativo histórico, no consigue sostener al equipo ni alcanzar su mejor versión. Y hay una fragilidad mental preocupante: Maguire admitió tras el partido ante el Leipzig que al equipo le falta valentía, lo mismo que dijo Bruno después de Como.

Cuando dos capitanes veteranos describen el problema con las mismas palabras, la dificultad ya no es solo táctica. Es de espíritu.

Hay, sin embargo, un matiz que distingue esta crisis de otras: el reparto de la culpa. A diferencia de la era Amorim, cuando todo recaía sobre el portugués, ahora no todo cae sobre Carrick. La derrota en Como ha reabierto el debate sobre las decisiones de Berrada y Wilcox, quienes recomendaron a Carrick, y sobre Ratcliffe, que tiene la última palabra en lo deportivo. La pregunta de la prensa ya no es solo si Carrick sobrevivirá, sino si el modelo de gestión lanzado con tanta ilusión hace dos años funciona.

Ese cambio de foco es significativo. Es una crisis que afecta a la cúpula, mucho más difícil de resolver que cambiar al entrenador, el comodín habitual.

Aun así, el autor reconoce que hay motivos para pensar que 2026 puede ser distinto. El equipo terminó tercero, tiene una plantilla ofensiva con talento, ha vuelto a la Champions y cuenta con una estructura más profesional que hace una década. No es un club en ruinas. Pero también hay razones para pensar que se repite la historia, porque el patrón es reconocible: un interino triunfa, se le confirma, se refuerza el equipo con una idea difusa, los resultados se hunden en pocas semanas y la prensa y la afición empiezan a preguntarse cuánto le queda.

Que el United repita ese guion, sostiene, indica que el problema no son solo las personas, sino las condiciones en las que se toman las decisiones: urgencia, presión mediática, falta de continuidad y una cultura de resultados inmediatos que impide construir a medio plazo.

Y aquí hay que distinguir lo real de lo percibido. Lo real es estructural: una sucesión mal resuelta tras Ferguson, inestabilidad en el banquillo, una política de fichajes sin hilo conductor y una propiedad que ha cambiado de forma pero aún no ha dado estabilidad. Lo percibido tiene que ver con el tamaño del club, con la vara de medir histórica y con una industria mediática que encuentra material inagotable en cada tropiezo.

Los datos, en cualquier caso, son los que son: el peor inicio liguero en cuarenta años, siete partidos sin ganar y una derrota humillante ante un debutante. La pregunta decisiva, concluye el analista, no es si Carrick sobrevivirá hasta Navidad, sino si el club por fin será capaz de tomar decisiones pensando en los próximos cinco años y no en los próximos cinco partidos.

Hasta que eso ocurra, “la crisis seguirá pareciendo permanente. Y no solo lo parecerá: lo será”.

En el Giuseppe Sinigaglia, horas después del pitido final, el banquillo donde Bruno Fernandes descargó su rabia seguía vacío bajo los focos. Un asiento de plástico con la marca de una mano abierta, el último testimonio de una noche en la que el United volvió a ver su propio reflejo. Y en Mánchester, mientras el avión del equipo cruzaba los Alpes, alguien en un despacho de Old Trafford ya redactaba el siguiente comunicado, el de siempre, el que empieza por “ahora sí”.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Related Articles