“UNDISPUTED LEADER”: Tim Vickery revela cómo vive Argentina las horas previas al último baile de Lionel Messi
Hay partidos que se juegan por un trofeo, partidos que se disputan por puntos y partidos que, independientemente del marcador, quedan grabados para siempre en la memoria de un país. El encuentro entre Argentina y Benín en el Monumental pertenece a esta última categoría.
Para la Albiceleste será un amistoso. Para Benín, una oportunidad histórica de enfrentarse a una de las selecciones más importantes del planeta. Para miles de aficionados, una noche especial. Pero para Lionel Messi será algo completamente diferente.
Será el final.
El último partido de una carrera internacional de más de dos décadas.
El último himno.
La última camiseta.
La última vez que el número 10 aparecerá oficialmente con Argentina.
Y mientras Buenos Aires se prepara para despedir al hombre que llevó a la selección desde las lágrimas de las finales perdidas hasta la gloria mundial, una de las voces más respetadas del fútbol sudamericano ha puesto el foco en una cuestión todavía más profunda: ¿cómo está realmente Argentina ante la marcha de Messi?
Tim Vickery, periodista y analista especializado desde hace décadas en el fútbol sudamericano, ha ofrecido una lectura especialmente interesante sobre el momento que atraviesa la Albiceleste. Sky Sports publicó el 5 de octubre un análisis de Vickery sobre el legado de Messi antes de su despedida ante Benín y sobre la posibilidad, todavía abierta como hipótesis, de que el argentino pueda reconsiderar su decisión de abandonar la selección.
No se trata simplemente de saber si Messi marcará un gol más.
Se trata de entender qué queda cuando se marcha un futbolista que durante más de veinte años fue mucho más que un jugador.
Argentina está ante una transición histórica.
Y lo verdaderamente llamativo es que, según el análisis de Vickery, el país no parece estar enfrentándose al futuro desde el miedo absoluto.
Hay dolor.
Hay nostalgia.
Hay una sensación evidente de pérdida.
Pero también existe algo que hace apenas unos años habría parecido imposible: la sensación de que Argentina puede comenzar a construir una vida después de Messi.
El “líder indiscutible” llega a su última noche
Hay una palabra que resume mejor que ninguna otra la relación entre Messi y la selección argentina: liderazgo.
No necesariamente el liderazgo basado en gritos.
No el liderazgo teatral.
No el liderazgo que necesita constantemente una cámara.
El suyo fue un liderazgo futbolístico y emocional.
Durante años, cuando Argentina necesitaba una solución, la pelota buscaba a Messi.
Cuando el equipo necesitaba tranquilidad, aparecía Messi.
Cuando había que marcar diferencias, aparecía Messi.
Cuando un partido se complicaba, el rival sabía perfectamente quién era el jugador que no podía perder de vista.
Y cuando Argentina necesitaba creer, sus compañeros miraban hacia él.
Ese papel convirtió al delantero en una figura prácticamente irreemplazable.
Por eso el último partido ante Benín no representa solamente la retirada de un futbolista.
Representa la desaparición de una referencia que acompañó a varias generaciones.
Messi debutó con Argentina en 2005.
Ahora, en 2026, se marcha con 207 partidos y 125 goles, cifras que lo convierten en el futbolista con más apariciones y más tantos de la historia de la Albiceleste. También se marcha con 68 asistencias, otro récord nacional.
Es difícil imaginar una sucesión inmediata.
Por eso Vickery ha puesto el foco en algo mucho más importante que la búsqueda de un sustituto directo.
Argentina no debe encontrar “otro Messi”.
Debe aprender a jugar sin Messi.
Y esa diferencia puede marcar toda la próxima década.
El Monumental se prepara para una despedida que nadie quiere acelerar
Las entradas para la despedida se agotaron con enorme rapidez.
El estadio Monumental, con capacidad para aproximadamente 85.000 espectadores, se prepara para una noche que ha sido presentada como el adiós que Messi merece en su país. La AFA invitó además a los integrantes de la selección campeona del mundo en 2022 para acompañar al capitán en esta última aparición.
No es casualidad que el partido se haya convertido en un acontecimiento nacional.
Argentina sabe que está perdiendo algo irrepetible.
No solamente un goleador.
No solamente un capitán.
Está perdiendo la certeza de que, cuando todo lo demás falla, todavía existe Messi.
Esa seguridad psicológica es una de las cosas más difíciles de sustituir.
Un joven puede heredar el dorsal.
Otro puede asumir el brazalete.
Otro puede marcar más goles.
Pero nadie puede heredar automáticamente dos décadas de memoria.
Nadie puede entrar en un vestuario y llevar consigo las experiencias acumuladas de 207 partidos internacionales.
Nadie puede reproducir exactamente lo que Messi representa.
Y eso explica el ambiente que rodea a la selección.
La despedida es alegre y triste al mismo tiempo.
Argentina celebra a su leyenda mientras intenta imaginar un fútbol en el que esa leyenda ya no esté.
Vickery plantea una cuestión incómoda: ¿y si no fuera realmente el final?
Aquí aparece uno de los elementos más llamativos del análisis de Tim Vickery.
Sky Sports señala que el periodista sudamericano considera que una eventual vuelta de Messi a la selección no puede descartarse por completo.
Es importante poner esta idea en su contexto.
No existe ningún anuncio oficial que indique que Messi esté preparando un regreso.
El propio futbolista anunció su retirada internacional después del Mundial de 2026.
El partido ante Benín está organizado precisamente como su despedida.
Por tanto, hablar de una vuelta no significa anunciar una vuelta.
Es una posibilidad hipotética.
Una puerta que, desde el punto de vista de Vickery, podría no estar completamente cerrada.
Y hay razones para comprender por qué aparece esta teoría.
Messi ya se retiró una vez.
Fue en 2016.
Después de perder la final de la Copa América Centenario ante Chile, el capitán anunció que abandonaba la selección.
Parecía definitivo.
Pero regresó.
Y lo que ocurrió después cambió para siempre su historia.
Llegaron la Copa América de 2021, la Finalissima, el Mundial de 2022 y la Copa América de 2024.
Por eso la historia de Messi contiene un precedente que hace que cualquier afirmación de “nunca más” sea observada con cierta prudencia.
Sin embargo, hay una diferencia enorme entre 2016 y 2026.
Ahora Messi tiene 39 años.
Ha ganado el Mundial.
Ha ganado dos Copas América.
Ha vivido seis Mundiales.
Ha jugado más de doscientos partidos internacionales.
Y ha explicado que se siente vacío y que cree que ha llegado el momento de dejar espacio a los jóvenes.
Por eso, si algún día hubiera un regreso, tendría que producirse bajo circunstancias extraordinarias.
La diferencia entre 2016 y 2026
En 2016 Messi todavía tenía una cuenta pendiente.
La selección no había ganado nada con él.
La comparación con Maradona seguía abierta.
El Mundial era una herida.
La Copa América era una obsesión.
Su relación con Argentina todavía necesitaba una conclusión.
En 2026, la situación es completamente distinta.
Messi ya tiene el Mundial.
Ese detalle cambia todo.
El argumento emocional que lo llevó a volver en 2016 no existe de la misma manera.
Ya no necesita demostrar nada.
Y eso hace que el verdadero desafío sea todavía mayor.
Si Messi regresa alguna vez, tendría que hacerlo porque quiere jugar.
No porque necesite cerrar una deuda.
No porque tenga que demostrar que es el mejor.
No porque Argentina le deba algo.
Simplemente porque disfruta del fútbol y considera que todavía puede aportar.
Por eso las palabras de Vickery deben entenderse como una observación sobre la naturaleza impredecible de la carrera de Messi, no como una predicción de retorno.
Argentina ya está mirando hacia adelante
Mientras el mundo concentra la atención en la despedida, Argentina tiene que hacer algo menos romántico.
Pensar en el futuro.
Los partidos previos a la despedida han servido precisamente para comenzar a experimentar.
La selección se enfrentó a Bolivia y Burkina Faso durante esta ventana internacional antes del encuentro homenaje contra Benín. El objetivo deportivo era empezar a observar qué puede hacer el equipo sin su máxima figura.
Y ahí aparece una de las claves del análisis de Vickery.
El futuro argentino puede no depender de encontrar un nuevo número 10 idéntico a Messi.
Puede depender de construir un equipo más repartido.
Un equipo con varias fuentes de creatividad.
Con varios jugadores capaces de asumir responsabilidades.
Con delanteros que puedan intercambiar posiciones.
Con centrocampistas que generen juego.
Con defensas capaces de iniciar ataques.
Con un capitán que no tenga que ser necesariamente el mejor jugador del mundo.
Es una transformación enorme.
Pero también puede convertirse en una oportunidad.
Nico Paz aparece en el centro del debate
Uno de los nombres que más aparece cuando se habla del futuro de Argentina es Nico Paz.
El futbolista ha sido señalado como uno de los candidatos naturales a ocupar parte del espacio creativo que deja Messi.
Vickery ha destacado precisamente esa posibilidad.
El análisis publicado durante la previa del adiós señala que Argentina tiene ante sí la tentación de entregar el papel de número 10 a Paz, un jugador que ha sido visto durante los últimos años como uno de los posibles herederos creativos de Messi.
Pero existe un problema.
Nico Paz no es Messi.
Y cuanto antes Argentina acepte esa realidad, mejor será para el futbolista.
La comparación puede ser una herramienta de marketing.
Puede generar titulares.
Puede entusiasmar a los aficionados.
Pero tácticamente puede convertirse en una carga.
Paz debe construir su propio estilo.
Su propio ritmo.
Su propia relación con el juego.
No necesita reproducir cada movimiento de Messi.
Necesita encontrar su propia manera de influir.
El problema de jugar junto a Messi
Vickery también ha señalado un aspecto táctico interesante.
Argentina llevó a Paz al Mundial de 2026, pero no consiguió integrarlo completamente con Messi.
La razón, según la lectura de Vickery, tiene que ver en parte con que ambos futbolistas prefieren recibir el balón en los pies.
Es una observación importante.
Cuando tienes a Messi, muchas decisiones tácticas están condicionadas por él.
No necesariamente porque el entrenador quiera favorecerlo de forma consciente.
Simplemente porque la presencia del argentino modifica el comportamiento de todo el equipo.
Si Messi recibe entre líneas, los compañeros deben interpretar esa posición.
Si baja al centro del campo, alguien debe ocupar el espacio que deja arriba.
Si se desplaza hacia la derecha, el extremo debe modificar su posición.
Si conduce hacia dentro, el lateral puede tener que abrirse.
Todo gira alrededor de él.
Eso puede dificultar la integración de otro creador que también quiera recibir el balón constantemente.
Sin Messi, Paz podría tener algo que hasta ahora no había tenido completamente.
Espacio.
Libertad.
Responsabilidad.
Y tiempo.
La gran oportunidad de Nico Paz
Eso explica la importancia de la frase de Vickery sobre la posibilidad de que Paz demuestre que existe vida después de Messi.
No significa que Paz vaya a convertirse en el nuevo Messi.
Significa algo mucho más realista.
Que puede demostrar que Argentina posee creatividad suficiente para iniciar otra etapa.
Brasil vivió una situación parecida después de Pelé.
Argentina tuvo que reinventarse después de Maradona.
Ahora llega el turno de hacerlo después de Messi.
Las grandes selecciones no sobreviven porque encuentren clones de sus leyendas.
Sobreviven porque desarrollan nuevas generaciones.
Ese puede ser el desafío de Paz.
No ser Messi.
Ser Paz.
El resultado ante Bolivia cambió parte del discurso
El primer gran mensaje de la nueva Argentina llegó con una victoria contundente ante Bolivia.
El 4-0 fue interpretado por Vickery como una primera muestra de que la selección puede comenzar a encontrar soluciones sin su estrella generacional. Un análisis posterior del periodista destacó precisamente la actuación colectiva y el surgimiento de varios jugadores que pueden formar parte del nuevo ciclo.
Eso no significa que Argentina ya haya resuelto el problema.
Un partido no construye una generación.
Una goleada contra Bolivia tampoco responde a todas las preguntas.
Pero sí puede ofrecer una señal.
La señal de que el equipo tiene recursos.
Y eso es importante psicológicamente.
Porque una de las grandes amenazas después de la retirada de una leyenda no es solamente táctica.
Es mental.
Los jugadores tienen que convencerse de que pueden ganar sin ella.
La sombra de Pelé y Maradona
Vickery ha utilizado una comparación histórica muy interesante.
Brasil tuvo problemas para encontrar una identidad inmediatamente después de Pelé.
Argentina sufrió una caída después de Maradona.
Ahora llega la etapa posterior a Messi.
No es una ley universal.
Pero sí existe un patrón.
Las grandes figuras pueden elevar a una selección a una dimensión extraordinaria.
Cuando desaparecen, el resto del equipo necesita tiempo para acostumbrarse.
Brasil ganó Mundiales después de Pelé.
Argentina ganó títulos después de Maradona.
Por tanto, la historia demuestra que una selección puede sobrevivir.
Pero también demuestra que el proceso no es automático.
El riesgo de la nostalgia
Argentina tendrá que evitar un error.
Vivir demasiado tiempo mirando hacia atrás.
La despedida será emocional.
El homenaje será enorme.
Las imágenes del Mundial volverán a aparecer.
Los goles históricos se proyectarán.
Los compañeros hablarán.
Los aficionados llorarán.
Todo eso es lógico.
Pero cuando termine la ceremonia, habrá que volver al fútbol.
Y el fútbol no espera.
La selección tendrá que jugar.
Tendrá que competir.
Tendrá que perder partidos.
Tendrá que probar jugadores.
Tendrá que tomar decisiones difíciles.
Y tendrá que aceptar que la Argentina de 2027, 2028 o 2030 no puede ser la Argentina de Messi.
Scaloni es una pieza fundamental
En este escenario, el futuro de Lionel Scaloni adquiere una importancia enorme.
El entrenador construyó el contexto en el que Messi alcanzó sus mayores éxitos con Argentina.
La relación entre ambos fue una de las claves del ciclo dorado.
Scaloni supo entender cuándo Messi necesitaba libertad.
Supó rodearlo.
Supó darle responsabilidad.
Pero también construyó un equipo que podía funcionar cuando Messi no estaba.
Ese segundo aspecto puede ser incluso más importante ahora.
Porque la tarea de Scaloni no será reemplazar a Messi.
Será construir una selección que no necesite ser reemplazada cuando un jugador se retire.
La continuidad del entrenador, por tanto, puede convertirse en uno de los elementos centrales del próximo proyecto.
Vickery ha señalado que la permanencia de Scaloni podría ser incluso una cuestión más relevante para el futuro argentino que la propia salida de Messi. Un análisis del periodista tras la primera victoria posterior al Mundial destacó precisamente esa continuidad como uno de los grandes argumentos del nuevo ciclo.
El verdadero desafío no es marcar más goles
Argentina puede encontrar nuevos goleadores.
Eso nunca ha sido el principal problema.
El desafío consiste en encontrar un jugador o un sistema capaz de generar las ventajas que Messi creaba.
Durante años, Messi podía recibir una pelota aparentemente inofensiva y convertirla en una ocasión.
Podía atraer dos defensores.
Podía superar a tres.
Podía encontrar un pase imposible.
Podía marcar desde una falta.
Podía cambiar el ritmo del partido.
Eso no se reemplaza con un delantero.
Se reemplaza con una estructura.
Por eso Argentina puede terminar siendo diferente.
Quizá tenga menos dependencia de una estrella.
Quizá reparta más las responsabilidades.
Quizá utilice diferentes creadores.
Quizá juegue más vertical.
Quizá ataque con dos delanteros.
Quizá convierta a Julián Álvarez en una pieza todavía más importante.
Quizá Nico Paz asuma la creación.
Quizá Mastantuono tenga un papel decisivo.
Quizá aparezca un jugador que todavía nadie conoce.
Eso es lo apasionante de una transición.
Nadie sabe exactamente cómo terminará.
Franco Mastantuono y la competencia por el futuro
Otro nombre que aparece en el nuevo mapa ofensivo argentino es Franco Mastantuono.
El joven tiene condiciones diferentes.
Más verticalidad.
Más capacidad para romper líneas.
Otra forma de interpretar los espacios.
Y precisamente por eso la selección no tiene por qué elegir un único heredero.
Puede crear una sociedad.
Puede utilizar dos o tres futbolistas creativos.
Puede abandonar la idea del “nuevo Messi”.
El futuro podría pertenecer a una Argentina con varios jugadores importantes en lugar de un único centro absoluto.
Y eso, paradójicamente, podría hacer al equipo menos previsible.
Julián Álvarez representa otra vía
Julián Álvarez también puede ser fundamental.
Durante los últimos años ha aprendido a convivir con Messi.
Ahora tendrá que asumir un papel diferente.
No necesariamente como número 10.
Quizá como delantero móvil.
Quizá como líder ofensivo.
Quizá como referencia de presión.
Su capacidad para moverse, asociarse y atacar espacios puede convertirse en una herramienta muy importante.
Vickery ha señalado precisamente que durante etapas en las que Messi no estuvo disponible Argentina tuvo la oportunidad de probar a Álvarez en posiciones y responsabilidades diferentes.
Ese aprendizaje puede ser útil ahora.
Lautaro Martínez también cambia de dimensión
Lo mismo ocurre con Lautaro.
Durante años, el delantero jugó en un equipo en el que Messi era el principal foco ofensivo.
Ahora tendrá más responsabilidad.
Pero también tendrá más libertad.
Sin Messi, los defensores rivales no podrán concentrarse exclusivamente en detener al número 10.
Argentina tendrá que aprovecharlo.
Más movimientos.
Más intercambio.
Más asociaciones.
Más diagonales.
Más ataques colectivos.
La salida de Messi puede modificar incluso la manera en la que los delanteros interpretan sus posiciones.
El centro del campo tendrá que asumir protagonismo
Otro cambio será la importancia del centro del campo.
Jugadores como Alexis Mac Allister, Enzo Fernández y Exequiel Palacios pueden tener todavía más influencia.
Sin Messi, la selección necesitará generar ventajas desde zonas diferentes.
No podrá depender únicamente de que un jugador reciba entre líneas y solucione la jugada.
El centro del campo deberá avanzar.
Circular.
Cambiar de orientación.
Romper líneas.
Llegar al área.
Y controlar los partidos.
En este sentido, el análisis de Vickery sobre Palacios y otros jugadores del centro del campo apunta a una Argentina que puede empezar a distribuir la responsabilidad de construir fútbol.
Cristian Romero y el nuevo liderazgo
También habrá cambios en el liderazgo.
Messi dejará el brazalete.
Eso abre una cuestión.
¿Quién será el nuevo capitán?
Cristian Romero ya ha asumido ese papel en determinados partidos.
Su personalidad es completamente diferente a la de Messi.
Y quizá eso sea precisamente lo que Argentina necesita.
El liderazgo no tiene por qué parecerse al anterior.
Romero puede liderar desde la intensidad.
Otros pueden hacerlo desde la organización.
Otros desde la experiencia.
Otros desde el talento.
La nueva Argentina tendrá que construir una jerarquía colectiva.
El vacío psicológico
Aquí se encuentra probablemente el aspecto más difícil de todos.
Messi ofrecía seguridad.
No siempre porque ganara.
Sino porque estaba allí.
Los compañeros sabían que en cualquier momento podía resolver.
Los rivales sabían que debían tener cuidado.
El público sabía que podía suceder algo extraordinario.
Ese tipo de confianza no se fabrica.
Se construye con años.
Argentina necesitará crear otra forma de seguridad.
No basada en una persona.
Basada en el grupo.
La última noche como ritual nacional
Por eso el partido contra Benín tiene una función que supera completamente al resultado.
Es un ritual.
Un acto colectivo de despedida.
Los campeones de 2022 estarán allí.
Los nuevos jugadores también.
La generación que ganó todo estará junto a la generación que tendrá que continuar.
Es una imagen perfecta de transición.
Messi en el centro.
Alrededor, los compañeros que compartieron la gloria.
Y enfrente, el futuro.
No solamente porque Benín sea el rival.
Sino porque después de ese partido Argentina tendrá que mirar hacia adelante.
El rival es secundario, la noche es histórica
La elección de Benín ha generado debate.
La selección africana ocupa una posición muy inferior en el ranking FIFA y nunca ha disputado una Copa del Mundo.
Desde una perspectiva puramente competitiva, no es el rival más prestigioso que Argentina podría haber elegido.
Incluso Scaloni ha expresado públicamente su deseo de tener rivales más fuertes en esta etapa.
Pero la lógica de la noche es diferente.
La AFA necesitaba un rival disponible dentro del calendario.
Y el objetivo principal es permitir que Messi tenga su despedida.
No es una final.
No es un partido clasificatorio.
No es una prueba definitiva de la nueva Argentina.
Es una celebración.
La verdadera prueba del futuro llegará después.
“No se puede descartar” no significa “va a volver”
Esta distinción es esencial.
El titular que acompaña el análisis de Tim Vickery puede despertar una enorme expectativa.
Pero una cosa es afirmar que un regreso no puede descartarse.
Y otra muy diferente es anunciar que Messi regresará.
No hay anuncio de regreso.
No existe una convocatoria posterior preparada.
No existe un contrato con la AFA.
No existe una declaración de Messi diciendo que reconsiderará su retirada.
Lo que existe es un precedente.
En 2016 se retiró y regresó.
Ahora vuelve a retirarse después de una carrera incomparable.
Por tanto, el futuro está abierto, pero la realidad actual es clara.
Messi está preparando su despedida.
¿Qué tendría que ocurrir para que regresara?
Si algún día cambiara de opinión, probablemente necesitarían coincidir varias circunstancias.
Primero, que Messi quisiera realmente regresar.
Segundo, que su estado físico siguiera siendo suficientemente bueno.
Tercero, que la selección necesitara o quisiera su experiencia.
Cuarto, que Scaloni o el futuro entrenador considerara útil su presencia.
Quinto, que el propio Messi sintiera que todavía puede aportar.
Y sexto, que el contexto emocional fuera el adecuado.
No sería suficiente con que Argentina tuviera un mal partido.
Ni con que el equipo perdiera una Copa.
La decisión tendría que venir del propio jugador.
El factor Mundial 2030
Aquí aparece una fecha que inevitablemente estará en el horizonte.
El Mundial de 2030.
Messi tendría 43 años.
Por eso imaginarlo jugando un torneo completo sería extremadamente difícil.
Pero el fútbol ha demostrado que las carreras de las grandes estrellas pueden superar cualquier previsión.
Aun así, sería irresponsable hablar ahora de Messi como jugador del Mundial de 2030.
El propio futbolista ha anunciado su retirada.
El partido contra Benín está concebido como despedida.
La atención debe centrarse en la transición.
No en fabricar una historia de regreso.
La Argentina que deja Messi
Cuando el número 10 desaparezca del vestuario, quedará una selección extraordinariamente bien preparada en comparación con otras épocas.
Argentina no se marcha de una crisis.
Se marcha de una era dorada.
Eso es diferente.
El equipo acaba de jugar otra final mundialista.
Ganó el Mundial anterior.
Ganó dos Copas América.
Tiene una generación joven.
Tiene jugadores consolidados en Europa.
Tiene una estructura de trabajo.
Tiene un entrenador que conoce al grupo.
Y tiene una cultura competitiva reforzada.
Por eso el escenario no es de reconstrucción total.
Es de evolución.
La presión de ser campeones
Pero existe otra dificultad.
Argentina no solo debe reemplazar a Messi.
Debe reemplazar las expectativas que Messi ayudó a crear.
Después de ganar el Mundial, perder se siente diferente.
Antes, Argentina esperaba volver a ser campeona.
Ahora el estándar está establecido.
Los aficionados exigirán.
La prensa exigirá.
La AFA exigirá.
Y los jugadores deberán aprender a vivir sin la garantía emocional que ofrecía Messi.
El nuevo equipo tendrá que demostrar que puede competir por títulos incluso cuando la leyenda ya no esté.
El legado que Vickery ayuda a explicar
La aportación de Tim Vickery en este momento es especialmente valiosa porque su análisis no se limita a los números.
El periodista lleva décadas siguiendo el fútbol sudamericano.
Ha visto pasar generaciones.
Ha visto cómo Brasil sobrevivió después de Pelé.
Cómo Argentina sobrevivió después de Maradona.
Cómo otras selecciones intentaron reconstruirse después de perder a sus grandes líderes.
Y su lectura sobre Messi conecta precisamente con esa historia.
El final de una era puede ser doloroso.
Pero también puede ser el inicio de una nueva identidad.
Messi como referencia, no como dependencia
Quizá esa sea la lección más importante.
Argentina puede continuar admirando a Messi sin depender de Messi.
Puede homenajearlo sin intentar copiarlo.
Puede mantenerlo como símbolo sin convertirlo en una obligación táctica.
Puede hablar de sus récords sin exigir a los jóvenes que los igualen.
Esa separación será fundamental.
Porque si cada partido posterior al adiós se convierte en una comparación con Messi, la nueva generación estará condenada antes de empezar.
La camiseta número 10
Uno de los debates más simbólicos será el del dorsal.
¿Quién llevará el número 10?
La respuesta todavía pertenece al futuro.
Pero el jugador que lo reciba tendrá una misión imposible si la sociedad espera que sea “el nuevo Messi”.
Por eso la mejor decisión sería permitir que el dorsal represente otra cosa.
No una copia.
Una continuidad.
La historia de la camiseta no termina con Messi.
Simplemente comienza otro capítulo.
La nueva Argentina puede ser más colectiva
Existe una paradoja interesante.
Argentina podría ser menos brillante individualmente y, al mismo tiempo, más equilibrada.
Durante muchos años, Messi podía solucionar problemas que ningún sistema táctico podía prever.
Eso era una ventaja enorme.
Pero también creaba dependencia.
Sin él, el equipo tendrá que encontrar soluciones colectivas.
Quizá el balón pase más por los centrocampistas.
Quizá los extremos tengan mayor protagonismo.
Quizá los laterales participen más.
Quizá los delanteros roten.
Quizá la presión sea más agresiva.
La Argentina posterior a Messi podría tener una identidad completamente diferente.
Y eso no tiene por qué ser negativo.
El desafío de Scaloni
Si Scaloni continúa, tendrá una misión histórica.
No construir “Argentina sin Messi”.
Construir “la nueva Argentina”.
La diferencia de lenguaje importa.
La primera definición está basada en una ausencia.
La segunda, en una identidad.
El entrenador tendrá que evitar que cada convocatoria parezca un homenaje.
Los jóvenes deben sentir que tienen permiso para equivocarse.
Para perder partidos.
Para intentar cosas.
Para ser diferentes.
Para no jugar como Messi.
Solo así podrá aparecer una nueva generación de líderes.
El ambiente dentro del vestuario
Los reportes de esta concentración describen una selección que combina emoción y concentración competitiva.
La despedida ha unido a diferentes generaciones.
Los campeones de 2022 han regresado al centro de la escena.
Los jóvenes observan.
Los veteranos recuerdan.
Y Messi está en medio.
Pero el ambiente no es únicamente de tristeza.
También existe curiosidad.
¿Qué será Argentina después?
¿Quién liderará?
¿Quién será el número 10?
¿Quién marcará los goles?
¿Quién organizará?
¿Quién será el próximo capitán?
¿Puede Argentina competir sin su estrella?
Esas preguntas forman parte del estado de ánimo de la selección.
La emoción de Lautaro
Los jugadores argentinos han hablado del carácter especial de la despedida.
Lautaro Martínez, por ejemplo, se ha referido a la emoción que rodea la última noche del capitán.
No sorprende.
Muchos de estos futbolistas compartieron con Messi los momentos más importantes de sus carreras.
Algunos llegaron a la selección cuando Messi ya era una leyenda.
Otros crecieron viéndolo jugar.
Para ellos, despedirlo también significa cerrar una etapa personal.
Los jóvenes tienen una oportunidad irrepetible
Para Nico Paz, Mastantuono y los demás talentos que llegan, la retirada de Messi representa una oportunidad enorme.
Durante años, podían observar.
Ahora tendrán que participar.
Antes podían entrar al equipo y jugar al lado de Messi.
Ahora tendrán que construir el juego.
Ese cambio puede acelerar su desarrollo.
La responsabilidad es mayor.
Pero también lo es la libertad.
El ejemplo de Messi
Y aquí aparece otra paradoja.
La mejor manera de honrar a Messi puede ser no intentar reemplazarlo.
Puede ser aprender de él.
Aprender de su perseverancia.
De su capacidad de soportar críticas.
De su paciencia.
De su profesionalismo.
De su forma de regresar después de las derrotas.
Y después construir algo propio.
Eso es exactamente lo que una leyenda debería dejar.
No un molde.
Un ejemplo.
La relación con Argentina ha cambiado para siempre
Tim Vickery ha analizado durante años la evolución de la relación entre Messi y su país.
Y esa relación merece ser recordada.
Al principio existía distancia.
Después llegaron las críticas.
Más tarde, la frustración.
Después la aceptación.
Finalmente, la adoración.
Messi tuvo que ganarse un cariño que Maradona recibió prácticamente desde el principio.
Eso hizo que su relación con Argentina fuera distinta.
No nació de una identificación inmediata.
Se construyó.
Se peleó.
Se rompió.
Se reconstruyó.
Y terminó convirtiéndose en una de las grandes historias emocionales del fútbol moderno.
El hijo pródigo
La imagen de Messi como un hijo que tuvo que volver a ser aceptado por su propia casa explica parte de su historia.
Nació en Rosario.
Se formó futbolísticamente en Barcelona.
Vivió gran parte de su vida en España.
Eso alimentó durante años una discusión absurda sobre su identidad.
Pero cuando finalmente ganó el Mundial, aquella discusión desapareció.
Messi era argentino.
No porque alguien pudiera demostrarlo con un documento.
Sino porque había compartido con Argentina sus mejores años y sus peores derrotas.
La victoria que lo cambió todo
Qatar fue el momento definitivo.
La celebración en Buenos Aires.
Las calles llenas.
Millones de personas.
La camiseta número 10.
Messi levantando la copa.
Aquella imagen convirtió una carrera deportiva en patrimonio cultural.
Desde entonces, la relación entre Messi y Argentina dejó de necesitar explicaciones.
El adiós después de la gloria
Por eso resulta tan simbólico que la despedida llegue después de otra final mundialista.
Messi no se marcha después de una eliminación en fase de grupos.
No se marcha después de un fracaso.
Se marcha después de haber vuelto a llevar a Argentina hasta el último partido del Mundial.
La derrota ante España no borra el legado.
Simplemente marca el último capítulo competitivo.
Y quizá sea apropiado que el final no sea perfecto.
Porque la carrera tampoco lo fue.
Un líder que no necesita jugar para seguir siendo líder
Incluso después de retirarse, Messi seguirá influyendo.
Los jóvenes hablarán de él.
Los entrenadores lo utilizarán como referencia.
La AFA seguirá homenajeándolo.
Los aficionados continuarán cantando su nombre.
Y cada nuevo número 10 será comparado con él.
Eso significa que su liderazgo no desaparece con el último partido.
Cambia de forma.
¿Podría Messi convertirse algún día en entrenador?
Aquí volvemos al futuro.
Vickery ha planteado la posibilidad de un regreso como jugador.
Pero existe otra posibilidad aún más lejana.
Que Messi vuelva algún día al entorno de Argentina como entrenador, asesor o figura institucional.
No existe actualmente una confirmación de semejante proyecto.
Y sería prematuro presentarlo como una posibilidad concreta.
Pero la relación entre Messi y la selección probablemente continuará de alguna manera.
Las grandes figuras rara vez desaparecen completamente de las instituciones que marcaron sus vidas.
La selección que queda
Cuando termine el partido contra Benín, Argentina tendrá que volver al trabajo.
No habrá tiempo para vivir eternamente de la nostalgia.
Los entrenamientos continuarán.
Las convocatorias continuarán.
Los rivales continuarán.
Las derrotas continuarán.
Las victorias también.
Y Argentina descubrirá poco a poco qué clase de selección quiere ser.
Quizá el proceso sea rápido.
Quizá tarde años.
Pero la materia prima existe.
El mensaje de Vickery
La lectura de Tim Vickery puede resumirse en una idea poderosa.
Messi es insustituible.
Pero Argentina no es irreemplazable.
La selección puede sobrevivir.
Tiene que sobrevivir.
Y tiene que hacerlo sin intentar reproducir exactamente la etapa anterior.
Vickery ha señalado nombres, sistemas y posibilidades.
Pero su análisis apunta hacia una idea más profunda.
La salida de Messi puede ser el final de una era, pero no necesariamente el comienzo de una decadencia.
Puede ser el comienzo de una evolución.
El “undisputed leader” y el vacío que deja
El término “undisputed leader” adquiere todavía más significado en este contexto.
Messi no fue solamente el mejor futbolista de Argentina durante dos décadas.
Fue el centro emocional del proyecto.
Cuando él hablaba, el grupo escuchaba.
Cuando él jugaba, el equipo se organizaba alrededor de sus movimientos.
Cuando él sufría, el país sufría.
Cuando él ganaba, el país celebraba.
Y cuando finalmente levantó la Copa del Mundo, millones sintieron que se había cerrado una deuda histórica.
Ahora ese líder se marcha.
El vacío será enorme.
Pero quizá la grandeza de una selección se mida precisamente por su capacidad para continuar cuando desaparece su mayor figura.
La noche que no se quiere terminar
La despedida ante Benín ha sido descrita como una noche que nadie quiere que termine.
Y es fácil entender por qué.
Cada minuto tendrá un significado.
Cada toque de Messi será observado.
Cada pase puede parecer especial.
Cada ocasión será celebrada de manera diferente.
Cuando llegue el momento de la sustitución, si ocurre, el estadio probablemente se levantará.
Cuando termine el partido, los compañeros abrazarán al capitán.
Y entonces comenzará el verdadero silencio.
El silencio de saber que no habrá otro.
Después de Messi
Después de Messi habrá otra Argentina.
No peor.
No necesariamente mejor.
Simplemente diferente.
Una Argentina con otros líderes.
Con otros talentos.
Con otros problemas.
Con otras soluciones.
Quizá Nico Paz.
Quizá Mastantuono.
Quizá Julián Álvarez.
Quizá Lautaro.
Quizá alguien que todavía no conocemos.
El fútbol tiene esa capacidad.
Siempre aparece alguien.
Pero nunca aparece otro Messi.
La última lección
Quizá la última lección de Messi no tenga que ver con fútbol.
Tenga que ver con paciencia.
Durante años, el país quiso resultados inmediatos.
Messi aprendió a esperar.
Perdió.
Regresó.
Perdió.
Volvió.
Ganó.
Y siguió.
Ahora los jóvenes argentinos tendrán que hacer lo mismo.
No se puede exigir que sean Messi desde el primer día.
No se puede pedir que ganen un Mundial inmediatamente.
No se puede comparar sus carreras con una de las más extraordinarias de la historia.
Hay que dejarles tiempo.
Una nueva identidad
El próximo gran objetivo de Argentina será construir una identidad después de Messi.
Eso podría significar cambios tácticos.
Pero sobre todo significa cambios mentales.
Los jugadores deben creer que pueden resolver los partidos.
Los entrenadores deben confiar en ellos.
La afición debe aceptar que habrá noches en las que nadie marcará un gol imposible en el minuto 90.
Eso también es fútbol.
El legado no depende del próximo campeón
Incluso si Argentina atraviesa una etapa irregular después de Messi, su legado no cambiará.
La historia ya está escrita.
El Mundial de 2022 no desaparecerá.
Las Copas América no desaparecerán.
Los récords no desaparecerán.
Las imágenes tampoco.
Messi no necesita que Argentina gane otro Mundial para demostrar que su carrera fue extraordinaria.
Y la nueva Argentina no necesita ganar el próximo torneo para demostrar que puede existir sin él.
Son dos historias diferentes.
El último abrazo
Quizá la fotografía más poderosa de la despedida no sea la de Messi levantando un trofeo.
Puede ser la de Messi abrazando a un joven jugador argentino.
Uno de los que ocuparán su lugar.
Uno de los que tendrá que llevar la camiseta.
Uno de los que escuchará por primera vez el himno sin Messi a su lado.
En ese momento se resumirá toda la transición.
El pasado entregando el futuro.
La leyenda dejando espacio.
El líder desapareciendo del campo para permitir que aparezcan otros.
Y si alguna vez vuelve…
Entonces habrá que recordar una cosa.
No será una obligación.
Será una elección.
Si Messi algún día decide regresar, será porque todavía siente algo.
Porque todavía quiere competir.
Porque todavía disfruta.
Porque todavía cree que puede ayudar.
Y si no regresa, también estará bien.
Su historia ya está completa.
No necesita un capítulo adicional.
El último partido no puede cambiar el legado
Argentina puede ganar.
Puede empatar.
Puede perder.
Nada cambiará la dimensión de Messi.
Benín puede convertirse en el último rival.
Puede marcar un gol.
Puede Messi marcar dos.
Puede no marcar ninguno.
La historia seguirá siendo la misma.
207 partidos.
125 goles.
68 asistencias.
Un Mundial.
Dos Copas América.
Una Finalissima.
Más de veinte años.
Y una colección de recuerdos imposible de repetir.
El país que aprendió a quererlo
La historia de Messi con Argentina puede resumirse también como la historia de un amor tardío.
Al principio, Argentina lo observaba con dudas.
Después lo comparó.
Después lo criticó.
Después lo perdió.
Después lo recuperó.
Y finalmente lo convirtió en ídolo.
Quizá esa sea la razón por la que la despedida resulta tan dolorosa.
Porque ahora el país sabe exactamente lo que está perdiendo.
La última mirada al número 10
Cuando Messi abandone el campo por última vez, la camiseta número 10 dejará de ser una realidad presente y pasará a convertirse en una pieza de historia.
Habrá otro jugador.
Pero nadie verá el dorsal de la misma manera.
Durante años, el 10 significó Messi.
La próxima generación tendrá que cambiar ese significado.
No borrar el pasado.
Construir el futuro.
El gran interrogante
Y así llegamos al verdadero punto de la historia.
¿Puede Argentina sobrevivir sin Lionel Messi?
La respuesta, inevitablemente, es sí.
Tiene que hacerlo.
Lo hizo después de Maradona.
Lo hizo después de otras generaciones.
Lo hará después de Messi.
La pregunta verdaderamente interesante es otra:
¿qué tipo de Argentina aparecerá después de Messi?
Y esa respuesta todavía no la conoce nadie.
Ni Scaloni.
Ni los jugadores.
Ni la AFA.
Ni Tim Vickery.
Ni los aficionados.
El fútbol siempre guarda una parte de misterio.
La conclusión de Vickery
La lectura de Tim Vickery ofrece una conclusión mucho más optimista de lo que podría parecer.
Argentina está triste.
Pero no está perdida.
La selección siente la ausencia.
Pero ya está probando soluciones.
Messi se marcha.
Pero aparecen nuevos nombres.
Nico Paz tiene una oportunidad.
Mastantuono tiene otra.
Julián Álvarez puede asumir más responsabilidad.
Lautaro también.
El centro del campo puede ganar protagonismo.
Y Scaloni puede construir el siguiente capítulo.
La historia no termina con Messi.
Solamente cambia de protagonista.
Una despedida que es también un comienzo
El partido contra Benín será una despedida.
Pero también será una inauguración.
La inauguración de una etapa que nadie puede predecir.
Durante una noche, el Monumental pertenecerá a Messi.
Después, tendrá que pertenecer a los nuevos.
Ese es el orden natural del fútbol.
Las leyendas llegan.
Las leyendas ganan.
Las leyendas se marchan.
Y detrás aparecen nuevos jugadores.
Messi no deja una selección vacía
Deja una selección campeona.
Eso es importante.
No se marcha después de destruir el proyecto.
Se marcha después de construir una cultura ganadora.
Los jugadores que vienen detrás han aprendido a competir con él.
Han aprendido cómo se prepara un Mundial.
Cómo se afronta una final.
Cómo se reacciona después de una derrota.
Cómo se celebra un título.
Han aprendido de uno de los mejores.
Ahora tendrán que demostrar que pueden hacerlo solos.
El legado de la perseverancia
Quizá esa sea la palabra definitiva.
Perseverancia.
Messi perdió antes de ganar.
Mucho.
Y cuando ganó, no dejó de competir.
Ese ejemplo puede ser más importante que cualquier récord.
Los jóvenes argentinos no necesitan copiar sus regates.
Necesitan copiar su capacidad para levantarse.
Porque la selección que sobreviva a Messi no será la que encuentre inmediatamente a otro genio.
Será la que entienda que el éxito necesita tiempo.
El último capítulo no necesita un final perfecto
Messi perdió la final del Mundial 2026.
Y está bien.
No todas las historias de grandeza terminan con un trofeo.
A veces terminan con una despedida.
Con un abrazo.
Con un estadio cantando.
Con un jugador mirando a las gradas.
Con una camiseta que se retira del escenario.
La grandeza no consiste en ganar siempre.
Consiste también en saber cuándo has dado todo.
Messi lo ha dicho.
“Me vacié.”
Y después de 21 años, nadie puede decir que no lo intentó.
La noche del Monumental
Cuando llegue el momento, el Monumental estará lleno.
85.000 personas.
Quizá más si fuera posible.
Los campeones de 2022.
Los nuevos talentos.
Los antiguos compañeros.
La familia.
La afición.
Y en el centro, Messi.
El líder indiscutible.
El número 10.
El capitán.
El campeón del mundo.
El jugador que durante tanto tiempo fue la imagen de Argentina.
Será imposible no emocionarse.
Y después, silencio
Cuando termine el partido, habrá aplausos.
Habrá lágrimas.
Habrá fotografías.
Habrá homenajes.
Y después llegará el silencio.
El silencio del final.
Pero el fútbol volverá.
Argentina volverá a jugar.
Y quizá, dentro de unos meses, un joven de 19 o 20 años marque un gol decisivo.
Quizá la afición grite otro nombre.
Quizá el equipo encuentre otra estrella.
Y ese será el momento en que la nueva era habrá comenzado de verdad.
No cuando Messi se retire.
Sino cuando Argentina deje de mirar hacia atrás.
El legado que nadie puede quitar
Lionel Messi ya no necesita demostrar nada.
Su carrera está completa.
El debate puede continuar.
Maradona o Messi.
Mejor o peor.
Pero la historia argentina tiene ahora dos gigantes.
Uno representa 1986.
Otro representa 2022.
Y Messi añadió algo que durante años parecía imposible.
Una selección que había vivido demasiadas decepciones volvió a sentirse campeona.
Eso es parte de su legado.
La última pregunta
¿Volverá?
No lo sabemos.
¿Puede hacerlo?
Sí.
¿Es probable?
Nadie puede asegurarlo.
¿Existe actualmente una confirmación?
No.
¿Está Argentina preparada para seguir?
Está empezando a demostrarlo.
¿Puede Nico Paz ocupar exactamente el lugar de Messi?
No.
¿Puede convertirse en un jugador fundamental para la nueva Argentina?
Sí.
¿Puede Scaloni construir otro equipo?
Ya ha demostrado que sabe hacerlo.
¿Puede Argentina volver a ganar sin Messi?
La historia dirá que sí.
El verdadero final
El verdadero final de Messi con Argentina no será el pitido final ante Benín.
Será el momento en que el país deje de esperar que vuelva.
Ese día llegará.
Quizá antes de lo que pensamos.
Quizá después.
Pero llegará.
Entonces la selección será completamente independiente de su sombra.
Y eso será, paradójicamente, la mejor forma de demostrar que Messi dejó algo.
Dejó una generación.
Dejó una cultura.
Dejó una mentalidad.
Dejó recuerdos.
Dejó títulos.
Dejó una camiseta cargada de significado.
Y dejó una selección que sabe lo que significa ganar.
Un líder que se convierte en historia
Durante más de veinte años, Lionel Messi fue el líder.
Ahora se convierte en historia.
El último partido ante Benín no será simplemente un encuentro internacional.
Será el punto final de una carrera que comenzó cuando un chico de Rosario apareció con la camiseta argentina y terminó cuando ese mismo hombre, ya convertido en leyenda mundial, decidió que había llegado el momento de apartarse.
En medio hubo de todo.
Derrotas.
Críticas.
Finales.
Retiradas.
Regresos.
Títulos.
Un Mundial.
Y una segunda final mundialista.
Por eso no existe una forma sencilla de resumir su legado.
No fue solamente el jugador que ganó.
Fue el jugador que insistió.
El último mensaje
Cuando Messi se marche, Argentina tendrá que aceptar algo.
No habrá otro.
No habrá un sustituto directo.
No habrá un futbolista capaz de reproducir exactamente lo que hizo.
Pero eso no significa que no haya futuro.
Significa que el futuro tendrá que ser diferente.
Quizá más colectivo.
Quizá más imprevisible.
Quizá menos dependiente de una estrella.
Y quizá, algún día, esa nueva Argentina vuelva a mirar hacia el Monumental y recuerde la noche en que su mayor leyenda dijo adiós.
La historia continúa
El “undisputed leader” se marcha.
Pero Argentina permanece.
Y ese es el verdadero mensaje que deja Messi.
Una selección no puede pertenecer eternamente a un solo jugador.
Ni siquiera cuando ese jugador es Lionel Messi.
El número 10 puede desaparecer del campo.
La leyenda puede abandonar el césped.
Pero el fútbol sigue.
Los jóvenes tendrán su oportunidad.
Nico Paz tendrá la suya.
Mastantuono tendrá la suya.
Julián Álvarez tendrá la suya.
Lautaro tendrá la suya.
Scaloni tendrá su desafío.
Y Argentina tendrá que escribir otra historia.
Messi ya escribió la suya.
Y qué historia.
Una historia que empezó con dudas y terminó con adoración.
Una historia que pasó por cuatro finales perdidas antes de encontrar la gloria.
Una historia que convirtió el fracaso en perseverancia.
Una historia que transformó a un jugador cuestionado en el capitán de una selección campeona del mundo.
Una historia de 207 partidos.
125 goles.
68 asistencias.
Dos Copas América.
Una Finalissima.
Una Copa del Mundo.
Y una despedida.
Quizá algún día vuelva.
Quizá nunca lo haga.
Pero eso ya no cambia lo esencial.
Lionel Messi ha dado a Argentina todo lo que tenía.
Y Argentina, finalmente, aprendió a devolverle el amor que durante tantos años él buscó dentro de esa camiseta.
El último partido contra Benín será la despedida oficial.
Pero la despedida emocional llevará mucho más tiempo.
Porque hay jugadores que abandonan una selección.
Y hay jugadores que se convierten en parte de su identidad.
Messi pertenece a la segunda categoría.
Cuando el Monumental se quede en silencio después del último pitido, la Argentina que conocimos durante dos décadas habrá terminado.
Pero otra estará esperando.
Y quizá esa sea la última gran enseñanza de Messi.
Las leyendas no existen para que el fútbol se detenga cuando se marchan.
Existen para dejar el camino preparado para los que vienen detrás.
Ese es el desafío de Argentina.
Y ese es también el verdadero legado del líder indiscutible.
Lionel Messi se va.
La Albiceleste sigue.
Y ahora comienza la parte más difícil:
aprender a ganar sin él.