End of era for Lionel Messi: ¿podría dirigir a Argentina en el futuro?

End of era for Lionel Messi: ¿podría dirigir a Argentina en el futuro?

Hay despedidas que pertenecen a un partido y otras que pertenecen a una época. La de Lionel Messi con la selección argentina pertenece, sin discusión, a la segunda categoría.

Durante más de dos décadas, el número 10 fue mucho más que un futbolista dentro de la Albiceleste. Fue capitán, referencia, símbolo, líder técnico y, durante largos años, también el protagonista de una relación compleja entre una selección y un jugador que parecía condenado a ser comparado permanentemente con Diego Maradona. Ahora, a los 39 años, esa historia ha llegado a su último capítulo como futbolista internacional.

Messi anunció el 31 de agosto de 2026 que se retiraba de la selección argentina. Su decisión llegó después de la derrota frente a España en la final del Mundial de 2026 y después de semanas de reflexión. El propio jugador explicó que se había quedado sin más que ofrecer y que había llegado el momento de dejar espacio a las nuevas generaciones.

Pero la historia no terminó inmediatamente con aquel anuncio.

Argentina preparó una última noche para su capitán. El 6 de octubre, en el estadio Monumental de Buenos Aires, Messi disputa su último partido con la Albiceleste ante Benín. La Asociación del Fútbol Argentino organizó el encuentro como un homenaje al jugador que cambió para siempre la historia reciente del fútbol argentino.

Y mientras miles de aficionados se preparan para decir adiós al futbolista, aparece una pregunta inevitable.

¿Qué viene después?

No solamente para Argentina.

También para Messi.

Porque si existe una posibilidad que ha comenzado a alimentar el debate entre aficionados y periodistas, aunque hoy no sea un proyecto confirmado, es la de imaginar al antiguo capitán sentado algún día en el banquillo de la selección que defendió durante 21 años.

¿Podría Lionel Messi convertirse en entrenador de Argentina?

La respuesta corta es que nadie puede asegurarlo.

La respuesta larga es mucho más interesante.

El final de una historia que parecía imposible

Para comprender por qué la posibilidad de Messi como futuro seleccionador resulta tan poderosa, hay que regresar al principio.

La relación entre Messi y Argentina nunca fue sencilla.

Cuando apareció en la selección absoluta, el país esperaba que aquel joven prodigio nacido futbolísticamente en España se convirtiera inmediatamente en el heredero de Maradona. La comparación era inevitable y, al mismo tiempo, profundamente injusta.

Maradona había ganado el Mundial de 1986 siendo la figura central de Argentina. Messi, en cambio, tuvo que atravesar una colección de derrotas dolorosas antes de conseguir construir su propia historia.

La selección perdió la final del Mundial de 2014 frente a Alemania. Después llegaron las derrotas en las finales de la Copa América de 2015 y 2016. Messi incluso anunció temporalmente su retirada internacional en 2016, antes de regresar.

Durante años, cada eliminación generaba la misma pregunta.

¿Era Messi realmente tan grande con Argentina como lo era con su club?

El debate llegó a ser agotador.

Pero el fútbol tiene una memoria peculiar.

A veces necesita tiempo para comprender lo que está viendo.

Y el tiempo terminó dando la razón a Messi.

La Copa América de 2021 cambió definitivamente la relación emocional entre el jugador y el país. Después llegó la Finalissima de 2022 y, sobre todo, el Mundial de Qatar.

Allí se produjo el momento que había perseguido durante toda su carrera.

Messi levantó la Copa del Mundo.

Argentina volvió a ser campeona mundial y su capitán consiguió aquello que durante tantos años había utilizado como argumento cualquiera que quisiera discutir su grandeza.

Pero la historia todavía tenía otro capítulo.

En 2024 Argentina volvió a ganar la Copa América.

Y en 2026 Messi llevó nuevamente a su selección hasta la final de un Mundial.

Argentina perdió ante España, pero aquella derrota no pudo borrar el legado construido.

Messi se retiró de la selección como campeón mundial, bicampeón de América y máximo goleador histórico de la Albiceleste.

Actualmente acumula 207 partidos y 125 goles con Argentina, cifras que constituyen récords nacionales.

Eso explica por qué su despedida no puede entenderse únicamente como el final de una carrera.

Es el final de una era.

“Me vacié”: las palabras que cambiaron todo

El anuncio de Messi tuvo un elemento especialmente significativo.

No habló de una lesión concreta.

No habló de una pelea.

No habló de una decisión tomada por la federación.

Habló de agotamiento.

“Me vacié, ya no tengo más para dar”, explicó en su mensaje de despedida. También señaló que detrás de él venían jugadores jóvenes que merecían ocupar el espacio que durante tantos años había ocupado él.

Esa frase es fundamental para comprender el futuro.

Porque Messi no se retiró de Argentina diciendo que había dejado de amar a la selección.

Todo lo contrario.

Precisamente porque la ama, considera que ha llegado el momento de apartarse.

Su mensaje también demuestra una característica que ha acompañado al argentino durante prácticamente toda su carrera: la conciencia del momento.

Messi sabe que el fútbol continúa.

Sabe que Argentina necesita encontrar nuevos líderes.

Sabe que la camiseta número 10 tendrá que encontrar, tarde o temprano, una nueva referencia.

Y sabe que el equipo de Lionel Scaloni debe aprender a competir sin depender de su presencia.

El proceso ya ha comenzado.

La despedida ante Benín representa, precisamente, ese punto de transición.

Por un lado está la generación que ganó el Mundial de Qatar.

Por otro, aparecen futbolistas jóvenes que tendrán que construir una identidad propia.

La propia prensa argentina ya ha comenzado a debatir quién puede asumir responsabilidades deportivas y de liderazgo después de Messi. Nombres como Nico Paz, Julián Álvarez, Alexis Mac Allister, Enzo Fernández, Lautaro Martínez, Cristian Romero o Emiliano Martínez aparecen dentro de ese debate de sucesión.

Pero ninguna sustitución será inmediata.

Porque no existe un futbolista capaz de reemplazar literalmente a Messi.

Argentina tendrá que aprender otra forma de jugar.

La era Scaloni tampoco está completamente definida

Hay otro elemento importante en esta transición.

Lionel Messi se marcha como jugador.

Pero Lionel Scaloni tampoco tiene completamente resuelto su futuro.

El seleccionador argentino tiene contrato hasta diciembre de 2026 y en septiembre explicó que existe disposición para sentarse a negociar una posible continuidad.

Esto añade otra capa de incertidumbre.

Scaloni y Messi formaron una de las asociaciones más exitosas de la historia reciente de Argentina.

Con Scaloni como entrenador, Messi conquistó la Copa América de 2021, la Finalissima, el Mundial de 2022 y la Copa América de 2024.

El entrenador consiguió algo que otros técnicos no habían logrado: construir un contexto en el que Messi podía ser Messi sin tener que cargar él solo con toda la selección.

Por eso la transición será especialmente delicada.

Scaloni está intentando construir una Argentina sin Messi.

Messi está abandonando la selección.

Y la federación debe decidir qué estructura quiere para los próximos años.

En ese contexto aparece la pregunta que muchos aficionados empiezan a hacerse.

¿Podría Messi formar parte de esa nueva estructura?

No necesariamente como jugador.

No necesariamente como entrenador.

Quizá inicialmente como figura institucional, asesor, embajador o colaborador.

Y, algún día, quién sabe, como seleccionador.

Pero conviene separar la realidad de la imaginación.

Hasta ahora no existe un anuncio oficial que indique que Messi haya decidido prepararse para entrenar a Argentina.

No hay un contrato.

No hay un proyecto anunciado.

No hay una fecha.

Lo que existe es una hipótesis atractiva basada en algo que sí conocemos: Messi conoce profundamente a la selección.

Y eso podría tener un valor enorme en el futuro.

¿Tiene Messi perfil para ser entrenador?

Aquí comienza la parte más complicada.

Ser el mejor jugador de una generación no significa automáticamente ser un buen entrenador.

La historia del fútbol está llena de grandes futbolistas que tuvieron carreras discretas en los banquillos.

También existen ejemplos extraordinarios en sentido contrario.

Zinedine Zidane pasó de estrella mundial a entrenador campeón de Europa.

Pep Guardiola construyó una carrera extraordinaria después de retirarse como futbolista.

Diego Simeone convirtió su personalidad competitiva como jugador en una identidad reconocible como entrenador.

Pero también hubo enormes futbolistas que nunca encontraron su lugar en el banquillo.

Por eso sería un error pensar que Messi está destinado automáticamente a convertirse en técnico.

La pregunta correcta es otra.

¿Tiene características que podrían ayudarle?

La respuesta es sí.

Y algunas de ellas son evidentes.

Messi entiende el juego a un nivel extraordinario.

Durante más de 20 años ha leído defensas, espacios, movimientos, alturas de presión y comportamientos individuales.

Ha trabajado bajo entrenadores completamente diferentes.

Ha conocido sistemas tácticos distintos.

Ha compartido vestuario con cientos de jugadores.

Ha vivido situaciones de máxima presión.

Ha sido dirigido por técnicos como Pep Guardiola, Luis Enrique, Ernesto Valverde, Gerardo Martino, Mauricio Pochettino, Ronald Koeman y Lionel Scaloni, entre otros.

Esa experiencia constituye una biblioteca futbolística difícil de igualar.

Pero entender el juego no basta.

Un entrenador tiene que transmitirlo.

Y esa es una habilidad completamente diferente.

El gran interrogante: la personalidad

Durante años, Messi fue considerado un líder silencioso.

No era el futbolista que necesitaba gritar constantemente.

Su liderazgo era principalmente futbolístico.

Cuando el partido se complicaba, él pedía la pelota.

Cuando Argentina necesitaba una acción decisiva, aparecía.

Cuando el equipo estaba bajo presión, intentaba resolver.

Ese estilo de liderazgo funcionó con sus compañeros.

Pero entrenar exige otro tipo de autoridad.

Un seleccionador debe tomar decisiones impopulares.

Debe dejar fuera a jugadores importantes.

Debe decidir quién juega.

Debe corregir a futbolistas.

Debe enfrentarse a dirigentes.

Debe hablar con periodistas.

Debe gestionar egos.

Debe administrar crisis.

Y, especialmente en Argentina, debe sobrevivir a una presión mediática gigantesca.

Ser Messi puede incluso complicar esa tarea.

Imaginemos el escenario.

Messi decide dejar fuera a una estrella argentina.

La noticia ocuparía portadas durante días.

Messi apuesta por un sistema táctico.

El equipo pierde.

La discusión nacional comenzaría inmediatamente.

Messi convoca a un jugador joven.

La comparación con su propia generación sería inevitable.

Todo lo que haga sería analizado bajo una lupa diferente.

Por eso convertirse en seleccionador de Argentina no sería simplemente sentarse en el banco.

Sería aceptar una nueva forma de exposición.

El peso de Maradona

Y existe un antecedente imposible de ignorar.

Diego Maradona.

Maradona fue entrenador de Argentina entre 2008 y 2010.

Su figura como futbolista era gigantesca.

Pero ser entrenador fue otra historia.

La comparación no pretende establecer un paralelismo deportivo entre ambos, sino demostrar una realidad.

La camiseta número 10 puede ser una ventaja emocional.

Pero no proporciona automáticamente las herramientas necesarias para dirigir.

Messi tendría que construir su propia identidad.

No podría ser simplemente “Messi, el entrenador”.

Tendría que convertirse en técnico.

Tendría que estudiar.

Obtener las licencias necesarias.

Trabajar con otros entrenadores.

Comenzar desde abajo si fuera necesario.

Aprender a preparar sesiones.

Aprender a analizar rivales.

Aprender a gestionar un vestuario desde una posición diferente.

Y aceptar que algunas decisiones suyas serán criticadas.

El nombre no sería suficiente.

El fútbol exige resultados.

El factor Scaloni

Hay otra pregunta fascinante.

¿Qué pensaría Scaloni de un futuro Messi entrenador?

No existe hoy una declaración que permita afirmar que ambos estén preparando un proyecto conjunto.

Pero la relación futbolística entre ambos ha sido excepcional.

Scaloni fue uno de los entrenadores que mejor entendió cómo utilizar a Messi durante la etapa más exitosa de Argentina.

En junio de 2026, antes del Mundial, Scaloni había dicho que Messi jugaría mientras quisiera, una muestra del enorme respeto que mantenía hacia su capitán.

Después del Mundial, el escenario cambió.

Messi decidió retirarse.

Scaloni continúa evaluando su futuro.

Y Argentina inicia una nueva etapa.

Si ambos permanecieran vinculados a la estructura de la selección durante los próximos años, podrían seguir existiendo conversaciones, aprendizaje y colaboración.

Pero convertir esa relación en una futura dupla técnica sería, hoy, especulación.

Y precisamente por eso resulta interesante.

No porque esté confirmada.

Sino porque el escenario es posible.

Messi como asesor antes que como entrenador

Existe un camino intermedio que podría ser mucho más natural.

Antes de imaginar a Messi como seleccionador, podría resultar más lógico pensar en él como una figura de referencia dentro de la estructura argentina.

Un asesor.

Un embajador.

Un enlace con las nuevas generaciones.

Un participante ocasional en concentraciones.

Una figura institucional.

No necesariamente tendría que ocupar un cargo oficial inmediatamente.

Su experiencia por sí sola podría ser útil.

Imaginemos a un joven internacional argentino que debuta con 20 años.

De repente, en una concentración, tiene la posibilidad de hablar con Messi sobre lo que significa jugar una semifinal mundialista.

No sobre teoría.

No sobre estadísticas.

Sobre experiencia.

Eso tiene un valor extraordinario.

Messi sabe lo que significa fallar una final.

Sabe lo que significa ser criticado.

Sabe lo que significa perder una Copa América.

Sabe lo que significa regresar después de una retirada.

Sabe lo que significa ganar un Mundial.

Y sabe lo que significa jugar con Argentina cuando todo un país espera que seas decisivo.

Ese conocimiento no aparece en ningún manual de entrenador.

La selección necesita aprender a vivir sin Messi

El reto inmediato, sin embargo, no consiste en encontrar al futuro entrenador de Messi.

Consiste en encontrar a Argentina después de Messi.

La despedida ante Benín es simbólica precisamente por eso.

El estadio Monumental se convierte en escenario de una transición.

La afición no solamente despide a un jugador.

Despide una forma de entender el fútbol argentino.

Durante años, la pregunta era:

“¿Cómo juega Argentina con Messi?”

Ahora empieza otra:

“¿Cómo juega Argentina sin Messi?”

Ese cambio puede tardar.

No existe una respuesta inmediata.

La selección tiene jugadores de enorme calidad, pero tendrá que redistribuir responsabilidades.

La pelota ya no buscará automáticamente al número 10.

El equipo deberá encontrar nuevas rutas de creación.

Los extremos tendrán que asumir más protagonismo.

Los centrocampistas deberán generar ventajas.

Los delanteros tendrán que construir ocasiones.

Y el liderazgo será colectivo.

Scaloni ya ha hablado de la importancia del grupo y de la necesidad de que Argentina siga siendo competitiva pensando en 2030.

Ese es el proyecto real.

El resto pertenece al futuro.

El vacío del número 10

Hay algo particularmente simbólico en todo esto.

La camiseta número 10.

Durante años fue propiedad emocional de Messi.

Ahora queda un vacío.

La propia conversación alrededor de Argentina refleja esa dificultad.

No se trata simplemente de asignar un dorsal.

Se trata de aceptar que una identidad ha terminado.

La AFA y el cuerpo técnico han manejado la transición con cautela.

El objetivo no puede ser fabricar un “nuevo Messi”.

Eso sería injusto para cualquier futbolista.

Nico Paz puede ser Nico Paz.

Julián Álvarez puede ser Julián Álvarez.

Mastantuono puede desarrollar su propio estilo.

Lautaro puede asumir liderazgo.

Alexis Mac Allister puede convertirse en referencia.

Enzo Fernández puede asumir más responsabilidad.

La nueva Argentina tendrá que dejar de perseguir una copia del pasado.

Ese será uno de los grandes desafíos del próximo ciclo.

¿Y si Messi empezara a entrenar?

Supongamos ahora el escenario más ambicioso.

Messi termina definitivamente su carrera como futbolista.

Continúa jugando algunos años con Inter Miami o decide cerrar su trayectoria profesional.

Después comienza una formación como entrenador.

Durante un periodo aprende.

Observa.

Estudia.

Trabaja con equipos juveniles.

Quizá entra en un cuerpo técnico.

Quizá dirige un club.

Y después de varios años recibe una propuesta.

Argentina.

¿Qué ocurriría?

La presión sería descomunal.

Pero también existiría una ventaja incomparable.

Messi tendría legitimidad emocional.

La selección no necesitaría presentarlo.

Todo el país sabría quién es.

Los futbolistas crecerían escuchando sus historias.

Los aficionados llenarían los estadios.

La atención mundial sería inmediata.

Pero precisamente por eso el margen de error sería pequeño.

Una derrota contra Brasil no sería simplemente una derrota.

Sería “la derrota del Messi entrenador”.

Una eliminación temprana sería interpretada como una crisis.

Y cada convocatoria sería examinada bajo el prisma de su legado.

La pregunta no sería únicamente si Argentina juega bien.

Sería si Messi está demostrando que puede entrenar.

La diferencia entre saber y enseñar

Este sería probablemente el principal desafío.

Un futbolista de élite puede hacer algo de forma automática.

Un entrenador necesita explicar cómo hacerlo.

Messi puede detectar un espacio antes que casi cualquier jugador.

Pero eso no significa que automáticamente pueda enseñar a un joven a identificarlo.

Puede saber exactamente cuándo acelerar.

Pero debe explicar por qué.

Puede leer una presión.

Pero tiene que convertir esa lectura en una instrucción colectiva.

Ahí está la diferencia entre jugador y entrenador.

Los mejores técnicos son capaces de transformar su conocimiento intuitivo en conceptos que otros pueden aprender.

Messi tendría que desarrollar esa capacidad.

Y es imposible saber hoy si la posee.

Por eso sería irresponsable afirmar que será un gran entrenador.

También sería injusto afirmar lo contrario.

Simplemente todavía no lo sabemos.

El ejemplo de Guardiola

Hay, sin embargo, una comparación que inevitablemente aparecerá.

Pep Guardiola.

Cuando terminó su carrera como futbolista, Guardiola tenía una enorme comprensión del juego, pero nadie podía garantizar que se convertiría en uno de los entrenadores más influyentes de su generación.

Comenzó en el Barcelona B.

Aprendió.

Experimentó.

Construyó.

Y posteriormente llegó al primer equipo.

Messi fue uno de sus jugadores más importantes.

Años después, esa experiencia podría convertirse en una influencia indirecta si Messi decidiera seguir el mismo camino.

No significa que Messi vaya a ser Guardiola.

Significa que el aprendizaje acumulado de trabajar bajo técnicos de primer nivel podría ser una base importante.

Y nadie conoce mejor que Messi la diferencia entre una idea táctica brillante y una idea que funciona dentro de un vestuario.

La experiencia con grandes entrenadores

Messi ha vivido prácticamente todas las escuelas modernas.

Con Guardiola conoció un fútbol basado en posición, circulación, presión y control territorial.

Con Luis Enrique vivió una versión diferente, más vertical y poderosa en ataque.

Con otros entrenadores experimentó sistemas, estilos y exigencias diferentes.

En Argentina, además, pasó por varias generaciones tácticas.

Eso le permite observar el fútbol desde perspectivas diferentes.

Y hay una ventaja adicional.

Messi ha jugado con algunos de los mejores futbolistas del mundo.

Xavi.

Iniesta.

Busquets.

Neymar.

Suárez.

Di María.

Agüero.

Mascherano.

Modrić.

Mbappé.

Y muchos otros.

Ha visto cómo piensan los grandes jugadores.

Ha compartido vestuario con líderes.

Ha experimentado conflictos y triunfos.

Un futuro entrenador podría utilizar toda esa experiencia.

Pero tendría que transformarla en método.

El factor emocional de dirigir Argentina

Si algún día Messi aceptara dirigir Argentina, probablemente no existiría un partido emocionalmente neutral.

Cada encuentro tendría una carga adicional.

El público no solamente vería al técnico.

Vería al antiguo capitán.

El hombre que levantó la Copa del Mundo.

El jugador que lloró después de perder finales.

El futbolista que soportó críticas durante años.

El ídolo que finalmente conquistó el título que parecía imposible.

Eso podría convertirse en una enorme fuente de motivación.

Pero también en un peso.

Los jugadores podrían sentir que tienen que ganar por Messi.

Y eso podría ser peligroso.

Un entrenador debe conseguir que el equipo juegue por el proyecto, no solamente por la figura que está en el banquillo.

El riesgo de vivir del pasado

Este sería quizá el mayor peligro.

Argentina no puede convertirse en un museo de la era Messi.

El fútbol cambia.

Los rivales cambian.

Los jugadores cambian.

Las estructuras cambian.

Si Messi algún día dirige la selección, tendría que ser capaz de decir algo aparentemente contradictorio:

“Mi etapa como jugador terminó.”

Su selección ya no podría jugar como aquella Argentina que él lideraba.

Tendría que construir una nueva.

Y eso significaría tomar decisiones que incluso podrían incomodar a sus antiguos compañeros.

Algunos veteranos podrían quedar fuera.

Otros podrían tener papeles secundarios.

Los jóvenes tendrían que asumir protagonismo.

Y Messi tendría que aceptar que la Argentina entrenada por él ya no sería la Argentina que él jugó.

¿Cuándo podría suceder?

Esta es otra cuestión sin respuesta.

Messi acaba de retirarse de la selección.

El 6 de octubre de 2026 disputa su despedida oficial ante Benín.

Hablar de su llegada al banquillo inmediatamente sería precipitado.

Argentina tiene actualmente a Scaloni en conversaciones sobre su futuro.

La prioridad es la transición deportiva.

El Mundial de 2030 está todavía por delante.

Por eso cualquier proyecto Messi-entrenador pertenece, como mínimo, a un horizonte posterior.

Podrían pasar cinco años.

Podrían pasar diez.

Podría no suceder nunca.

Y esa última posibilidad también debe contemplarse.

Messi podría retirarse del fútbol profesional y dedicarse a su familia, sus negocios, su fundación o simplemente disfrutar de una vida alejada de los banquillos.

No todos los grandes jugadores quieren convertirse en entrenadores.

Algunos prefieren cerrar el capítulo.

La relación con la AFA

La Asociación del Fútbol Argentino también tendrá un papel importante.

Messi tiene una relación histórica con la institución.

La AFA fue quien organizó su despedida y quien decidió convertir el encuentro ante Benín en una celebración nacional.

El presidente Claudio Tapia invitó públicamente a Messi a tener la despedida que merecía en Argentina.

Ese gesto tiene un significado importante.

La AFA no está simplemente despidiendo a un jugador.

Está cerrando una relación de 21 años.

Y esa relación probablemente continuará de alguna manera.

La pregunta es cómo.

Puede ser institucional.

Puede ser comercial.

Puede ser simbólica.

Puede ser deportiva.

Pero parece difícil imaginar que Messi desaparezca completamente de la estructura emocional del fútbol argentino.

La despedida perfecta

Existe también una dimensión sentimental.

Durante años se dijo que Messi necesitaba una despedida a la altura de su legado.

No podía terminar simplemente después de una derrota mundialista.

Por eso la noche del Monumental tiene un significado especial.

Argentina ya ha vivido muchas despedidas.

Pero pocas pueden compararse con la de un futbolista que acumuló 207 partidos y 125 goles con la selección.

El estadio se convierte en escenario de un último reconocimiento.

No se trata de recuperar una carrera.

No se trata de convencerlo para regresar.

Se trata de agradecer.

Y quizá esa sea la mejor manera de cerrar una historia tan larga.

El último capítulo no borra los primeros

Cuando Messi debutó con Argentina, nadie podía imaginar el camino que tenía por delante.

Hubo críticas.

Hubo derrotas.

Hubo lesiones.

Hubo finales perdidas.

Hubo lágrimas.

Hubo dudas.

Hubo un breve retiro.

Y luego llegaron los títulos.

Copa América.

Finalissima.

Mundial.

Otra Copa América.

Otra final mundialista.

Su historia no fue perfecta.

Precisamente por eso resulta tan poderosa.

Messi no recibió una selección campeona desde el principio.

Tuvo que atravesar una época en la que Argentina parecía incapaz de convertir su talento individual en títulos.

Y terminó liderando una de las generaciones más exitosas de la historia reciente del país.

El contraste con Maradona

La comparación con Maradona tampoco desaparecerá.

Pero quizá ya no sea necesaria.

Messi y Maradona pertenecen a épocas diferentes.

Maradona es el símbolo de 1986.

Messi es el símbolo de una generación que conquistó el mundo en 2022.

Ambos levantaron la Copa.

Ambos llevaron el número 10.

Ambos se convirtieron en figuras culturales.

Pero sus caminos fueron distintos.

Si Messi algún día se convierte en entrenador, no debería intentar ser Maradona.

Tampoco debería intentar ser Guardiola.

Debería ser Messi.

Esa sería probablemente su mayor oportunidad.

La posibilidad de un Messi técnico

Imaginar a Messi dando instrucciones desde el banquillo tiene algo extraño.

Durante más de dos décadas estuvimos acostumbrados a verlo dentro del campo.

Ahora podemos imaginarlo observando.

Analizando.

Corrigiendo.

Decidiendo.

En lugar de recibir el balón, tendrá que decidir quién lo recibe.

En lugar de ejecutar una falta, tendrá que elegir al lanzador.

En lugar de romper una línea defensiva, tendrá que diseñar la jugada que permita romperla.

Es una transformación radical.

Pero también puede ser fascinante.

Porque si Messi tiene éxito como entrenador, su legado se ampliaría más allá de sus goles.

Ya no sería solamente uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos.

Podría convertirse también en una figura relevante de la dirección técnica.

Pero todavía estamos lejos de ese escenario.

Lo que Messi puede enseñar a los jóvenes

Quizá la mayor contribución de Messi al fútbol argentino en los próximos años no tenga que ver con tácticas.

Puede tener que ver con mentalidad.

Los jóvenes argentinos que lleguen ahora a la selección tendrán una ventaja que Messi no tuvo.

Podrán hablar con alguien que ya recorrió todo el camino.

Podrán preguntarle qué significa perder una final.

Cómo se responde a las críticas.

Cómo se gestiona la fama.

Cómo se juega un Mundial.

Cómo se maneja la presión.

Cómo se recupera la confianza.

Cómo se lidera sin gritar.

Y cómo se gana después de haber perdido.

Eso puede ser incluso más valioso que cualquier sistema táctico.

Una nueva Argentina

El futuro de la Albiceleste no dependerá de encontrar otro Messi.

Dependerá de encontrar muchos jugadores capaces de compartir responsabilidades.

Ese es el verdadero desafío.

La generación de Messi tuvo una característica fundamental: aprendió a competir junta.

La siguiente generación tendrá que hacer lo mismo.

Nico Paz puede tener creatividad.

Mastantuono puede aportar talento.

Julián Álvarez puede ofrecer movilidad y gol.

Lautaro puede aportar experiencia.

Mac Allister puede controlar el ritmo.

Enzo puede conducir el centro del campo.

Romero puede liderar la defensa.

Pero ninguno tiene que ser Messi.

Argentina tendrá que ser Argentina.

Y entonces aparece la pregunta

Después de todo esto, volvemos a la cuestión inicial.

¿Podría Lionel Messi dirigir Argentina algún día?

Sí, podría.

¿Está confirmado?

No.

¿Existe actualmente un proyecto oficial anunciado?

No.

¿Hay una fecha?

No.

¿Sabemos si Messi quiere convertirse en entrenador?

Tampoco.

Pero existen razones para considerar el escenario.

Tiene conocimiento del fútbol de élite.

Tiene experiencia internacional.

Conoce profundamente la selección.

Ha trabajado con entrenadores de diferentes estilos.

Tiene una relación emocional extraordinaria con el país.

Y posee una experiencia competitiva que muy pocos entrenadores podrían igualar.

Sin embargo, todavía necesita demostrar algo fundamental.

Que quiere entrenar.

Y, sobre todo, que puede hacerlo.

La era del jugador termina, la leyenda permanece

El 6 de octubre de 2026, cuando Messi salga al césped del Monumental para enfrentarse a Benín, no estará comenzando una nueva etapa como entrenador.

Estará cerrando una etapa como jugador.

Eso es lo que sabemos.

Todo lo demás pertenece al futuro.

Pero una cosa parece prácticamente segura.

Lionel Messi no desaparecerá de la historia de la selección argentina.

Su nombre permanecerá asociado a una transformación extraordinaria.

El niño que llegó desde Rosario.

El adolescente que cruzó el Atlántico.

El joven que debutó con la Albiceleste.

El capitán cuestionado.

El líder que perdió finales.

El jugador que quiso abandonar.

El campeón de América.

El campeón del mundo.

El capitán que volvió a una final mundialista.

Y finalmente el hombre que decidió decir basta.

No porque dejara de amar a Argentina.

Sino porque entendió que el fútbol también consiste en saber cuándo dejar espacio a los que vienen detrás.

Su mensaje de despedida fue precisamente eso: una puerta que se cierra después de haber dado todo.

“Me vacié.”

Cuatro palabras que resumen una carrera internacional entera.

¿Un día volverá al Monumental como entrenador?

Tal vez.

Quizá dentro de algunos años veamos a Messi sentado en el banquillo de Argentina.

Quizá lo veamos hablando con jóvenes futbolistas.

Quizá vuelva a levantar un trofeo, esta vez desde otra posición.

O quizá nunca ocurra.

Puede que Messi decida que su historia con la selección terminó aquella noche en la que levantó la Copa del Mundo en Qatar y que el partido ante Benín sea simplemente el último homenaje.

No hay forma de saberlo.

Y precisamente por eso no sería correcto presentar una hipótesis como una noticia confirmada.

Lo único seguro es que Argentina acaba de entrar en una nueva era.

Una era sin su número 10.

Una era sin el futbolista que durante 21 años representó buena parte de los sueños de una nación.

Scaloni intenta decidir si continuará.

Los jóvenes empiezan a reclamar protagonismo.

La camiseta número 10 espera un nuevo dueño.

El brazalete de capitán tendrá que encontrar nuevas manos.

Y el equipo deberá aprender a competir sin el hombre que durante tanto tiempo parecía imprescindible.

Mientras tanto, Messi se marcha con una colección de récords que difícilmente serán igualados.

207 partidos.

125 goles.

68 asistencias.

Seis Mundiales.

Una Copa del Mundo.

Dos Copas América.

Y una historia que pasó de la frustración a la redención.

Eso es el final de una era.

Pero quizá no sea el final de Messi y Argentina.

Porque hay jugadores que se retiran.

Hay capitanes que desaparecen.

Y luego están las leyendas.

Las leyendas cambian de lugar, pero nunca abandonan completamente el escenario.

Messi ya no será el hombre al que Argentina entregue el balón cuando el partido se complique.

Ya no será quien deba resolver cada problema.

Ya no será el número 10 que salga al campo con la obligación de salvar al equipo.

Ahora comienza otra etapa.

Y si algún día decide volver, no será para repetir su pasado.

Tendrá que construir algo nuevo.

Quizá desde un despacho.

Quizá desde una academia.

Quizá desde un cuerpo técnico.

Quizá desde el banquillo de la selección.

Pero hoy no existe ninguna confirmación de que ese sea su destino.

Hoy existe algo mucho más sencillo.

Una despedida.

La despedida de uno de los futbolistas más importantes que jamás vistieron la camiseta argentina.

El último partido ante Benín no puede cambiar el resultado de aquella final contra España.

Tampoco puede modificar los 21 años anteriores.

Puede hacer algo mucho más importante.

Permitir que Argentina diga gracias.

Gracias por las derrotas.

Gracias por las lágrimas.

Gracias por los títulos.

Gracias por el Mundial.

Gracias por haber continuado cuando era más fácil marcharse.

Y gracias por haber demostrado que incluso las historias que parecen destinadas a terminar en fracaso pueden encontrar, después de muchos años, un final extraordinario.

La era de Lionel Messi como jugador internacional termina.

La siguiente generación ya está llamando a la puerta.

Y el fútbol argentino tendrá que responder.

Quizá algún día, cuando esa nueva generación necesite un entrenador, vuelva a aparecer el nombre de Messi.

Ese día, la pregunta será diferente.

Ya no será:

“¿Puede Messi ganar un Mundial con Argentina?”

Será:

“¿Puede Messi enseñar a otros a ganar uno?”

Por ahora, nadie conoce la respuesta.

Pero si algo ha demostrado Lionel Messi durante toda su carrera es que nunca conviene escribir el final demasiado pronto.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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