Crónica del Real Madrid 4-1 Sevilla: el arranque dormido, la polémica de Güler, un Mbappé sublime, el golazo de Diomandé y la victoria que acerca el Clásico

Crónica del Real Madrid 4-1 Sevilla: el arranque dormido, la polémica de Güler, un Mbappé sublime, el golazo de Diomandé y la victoria que acerca el Clásico

Seis puntos o nueve.

Esa era la diferencia entre llegar al Clásico respirando o llegar con la lengua fuera, y el Real Madrid lo sabía mucho antes de pisar el césped del Bernabéu.

Ganar al Sevilla significaba mantener la distancia en seis y entrar al gran partido con margen para respirar.

Perder, o siquiera empatar, habría empujado al equipo a un abismo de nueve puntos con el rival que más duele.

Lo que ocurrió después fue una noche de contrastes: un inicio dormido, una acción que incendió el debate, un gol espectacular, otro de ensueño y un cierre que devolvió la sonrisa a la grada.

Esta es la crónica de un 4-1 que dejó mucho más que un marcador.

Todo empezó con la alineación, y con una sorpresa que no pasó desapercibida.

Mourinho había introducido cambios, aunque menos de los esperados, y el once tenía un detalle que descolocó a más de uno.

Courtois bajo palos, Cucurella en el lateral izquierdo, una pareja de centrales formada por Hato y Konaté, y un centro del campo con Tchouaméni, Güler y Bellingham.

Arriba, Endrick por la derecha, Diomandé por la izquierda y Mbappé como referencia.

Pero el nombre propio de la noche estaba en el lateral derecho: Fede Valverde.

Con Dumfries y Alexander-Arnold disponibles en el banquillo, la decisión de colocar al uruguayo allí resultaba sorprendente.

Para muchos aficionados, la duda era si Güler, protegido por Tchouaméni, podría rendir como interior, y qué daría el tridente formado por Endrick, Mbappé y Diomandé.

Había también quien habría preferido ver a Espí en punta, pero la decisión estaba tomada.

Y el balón echó a rodar.

El inicio no fue brillante, y esa es una valoración que comparten desde la tribuna hasta el sofá.

El Sevilla se asomó con peligro, con un disparo de Vargas que se marchó rozando el palo y una jugada en la que Mbappé se interpuso en el camino de un remate que parecía destinado a la red.

Para algunos espectadores, aquella intervención fue casi un gol salvado por el propio delantero francés.

Endrick respondió con un disparo potente que hizo temblar la defensa visitante, y Diomandé tuvo una acción poco acertada que dejó al Bernabéu algo frío.

Entonces llegó el minuto 22, el que lo cambió todo.

En un forcejeo entre Güler y un defensor sevillista, ambos se sujetaban mutuamente, y el turco levantó el brazo para zafarse.

El rival cayó, y el banquillo visitante pidió con furia la tarjeta roja.

Desde la perspectiva de muchos aficionados madridistas, no había nada que castigar con expulsión.

Argumentaban que el gesto era el de alguien que intenta soltarse de un agarrón, y que, en todo caso, merecería una amarilla, porque ambos jugadores se estaban sujetando.

Si empezamos a expulsar por acciones así, razonaban, el fútbol cambiaría por completo.

El árbitro dejó seguir y el VAR no intervino.

Quedaba por ver si aparecía alguna repetición que aclarara las dudas, pero en el estadio la sensación fue la de una acción equívoca más que la de un golpe evidente.

Un par de minutos después, el Madrid se adelantó.

Güler recibió en la frontal y soltó un zurdazo con rosca hacia fuera que se coló en la portería sevillista.

Un disparo de cinco estrellas, de esos que se celebran con rabia y con una sonrisa.

1-0, y el turco salió disparado a festejarlo ante una grada que lo recibió con ovación.

La historia, sin embargo, no terminó ahí.

Antes del descanso, Mbappé quiso dejar su firma.

Hubo una jugada que muchos calificaron de prodigiosa: un control orientado de enorme calidad, un toque sutil para superar al defensor y un recorte al portero antes de definir con frialdad.

Todo en ese gol era técnica pura, desde la recepción hasta el remate.

2-0, y el Bernabéu se rindió al francés.

Courtois aún tuvo tiempo de firmar una parada espectacular antes del descanso, con la que el Madrid se marchó a los vestuarios con una ventaja cómoda.

El balance de la primera parte era claro: arranque flojo, final brillante.

La pregunta era si el equipo mantendría ese tono tras el descanso.

La segunda mitad empezó con más dudas que certezas.

Diomandé protagonizó dos acciones que dividieron opiniones: en una no se decidió a disparar estando solo, y en otra, tras una buena pared con Mbappé, su disparo fue muy flojo.

Valverde, que estaba teniendo un partido enorme en el lateral, evitó un susto con una intervención providencial.

Los aficionados temían que, con un 2-0, cualquier gol del Sevilla devolviera el partido a la vida.

Y entonces llegó el penalti.

Mbappé se internó en el área, un defensor sevillista le tocó bajo la pierna y el árbitro señaló la pena máxima.

Las repeticiones mostraron que el contacto fue en la parte baja de la pierna, con la rodilla del rival golpeando al delantero.

Mbappé asumió la responsabilidad y se atrevió con una Panenka.

Salió bien, y el Madrid pasó a ganar 3-0.

La acción tuvo su polémica en la retransmisión televisiva.

Un aficionado madridista se quejó del tono del comentarista, al que acusó de ensañarse con las decisiones favorables al Madrid, y recordó que el día anterior, con otras decisiones discutidas a favor del Barça, el discurso había sido distinto.

Es una opinión de parte, claro, pero muestra hasta qué punto cada jugada se interpreta con un filtro emocional.

El partido parecía resuelto, pero el Sevilla recortó distancias tras un error del propio Mbappé.

El francés recibió con tranquilidad, tal vez con demasiada, y perdió el balón en una zona peligrosa.

En lugar de replegar, se quedó parado, y el Sevilla aprovechó para anotar el 3-1.

Fue un fallo que molestó mucho a la grada, y que algunos aficionados lamentaron aún más porque, a su juicio, el Madrid debió haber dado antes entrada a Endrick.

Pero la alegría visitante duró muy poco.

Diomandé, que había fallado varias opciones y que se había mostrado generoso en exceso, se encontró con el balón a unos metros del área.

Esta vez decidió disparar, y lo hizo con una potencia descomunal.

El balón se clavó en la escuadra, rápido como un misil, sin que el portero pudiera hacer nada.

4-1, y el estadio rugió.

Para muchos fue el gol del día, un disparo que reconcilió a Diomandé con sus críticos tras una noche irregular en la toma de decisiones.

Mourinho hizo después sus cambios.

Mbappé abandonó el campo, entró Espí, y Militão ocupó el lugar de Valverde.

El Madrid manejó los minutos finales con tranquilidad, y todavía tuvo una última ocasión en la que Tchouaméni estuvo a punto de marcar el quinto con una gran jugada, que se topó con una excelente parada.

El pitido final confirmó una victoria cómoda, de esas que hacía tiempo que no se veían en el Bernabéu.

Hay un detalle que conviene destacar.

Más allá de los goles, el Madrid no jugó, según algunos aficionados, de manera muy distinta a otras ocasiones.

Pero la contundencia de las acciones, la calidad de los tantos y la sensación de disfrute dejaron una noche para el recuerdo.

Y eso, en la antesala del Clásico, vale más de lo que parece.

Seis puntos de distancia, un equipo que ha ganado con claridad y la mirada puesta en un partido que lo cambia todo.

Pero antes, un compromiso en Europa y una polémica que no se apaga.

Porque la acción de Güler en el minuto 22 seguirá siendo la imagen de la noche para unos y el ejemplo de una acción mal interpretada para otros.

En cualquier caso, el Madrid hizo lo que tenía que hacer: ganar, convencer y no mirar atrás.

El resto, como siempre, se escribirá en el Clásico.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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