Ocho preguntas y un “no comento”: así esquivó Mourinho la polémica de Güler, defendió a Valverde de lateral y dejó un aviso a Diomandé antes del Clásico
La primera pregunta de la noche duró apenas unos segundos y la respuesta, todavía menos.
“No comento”, dijo José Mourinho, y en esas dos palabras cabía toda una estrategia.
Acababa de ganar 4-1 al Sevilla, tenía a media sala esperando una frase incendiaria y decidió no dársela.
Lo que vino después fue una de esas ruedas de prensa que se entienden mejor si se leen pregunta a pregunta, porque cada periodista abrió una puerta distinta y el técnico portugués eligió con cuidado por cuál pasar.
Hubo ironía, hubo un juramento casi solemne, hubo un elogio con trampa para un fichaje de 125 millones y hubo una promesa: hasta el miércoles, nada de Clásico.
Recorramos la sala de prensa del Bernabéu, micrófono a micrófono.
La primera en llegar fue la de Carrusel Deportivo, que lanzó la pregunta que todos tenían en la cabeza.
Luis García Plaza, técnico del Sevilla, acababa de insinuar que quizá el VAR no avisó al árbitro porque el Madrid no podía llegar al Clásico a nueve puntos del Barça.
¿Qué opinión le merecían esas declaraciones?
La respuesta fue un “no comento” seco y sin adornos.
Sería un error interpretarlo como una huida.
Más adelante, Mourinho explicaría que lo que quería evitar era comentar las palabras de su colega, no la situación en sí, y que sobre la jugada tenía bastante que decir.
La segunda pregunta cambió de tercio, y Mourinho se relajó.
Desde Tiempo de Juego, en COPE, le pidieron una valoración del partido, dejando de lado la queja sevillista.
El técnico habló de un buen partido global, con muchos jugadores a un nivel individual muy alto y un encuentro controlado de principio a fin.
Destacó los goles de calidad y el alto porcentaje de posesión, algo que, admitió, no siempre da una imagen fiel de lo ocurrido pero que hoy justificaba claramente el dominio.
Y dejó una frase que define su manera de entender el fútbol: no se trata solo de ganar, que es lo más importante, sino de ganar bien, jugar bien y salir con muchas sensaciones positivas.
Ni una palabra de más sobre el árbitro.
La tercera pregunta, de Radioestadio, tocaba el nervio táctico.

Se le preguntó si el equipo que había puesto, con Valverde de lateral derecho, Güler más cerca de la creación y Endrick de nuevo en banda, era el que tenía en la cabeza para el Clásico.
Mourinho cortó por lo sano: en este momento, el único partido en el que piensa es el de la Champions.
No perderá un solo minuto, aseguró, hasta el miércoles por la noche pensando en el rival del domingo.
Admitió que había cambiado cosas, pero con una cierta lógica, porque había señales en fases de partidos anteriores que indicaban que podía funcionar.
Y entonces, casi sin que nadie se lo pidiera, se detuvo en una palabra que había discutido con Real Madrid TV momentos antes: meritocracia.
Para él es un concepto muy abstracto, porque no existe forma de cuantificar cuáles son los once jugadores que más lo merecen.
Mucha gente merece jugar, insistió, y mucha de la que se quedó en el banquillo hoy lo merece.
Puso un ejemplo muy gráfico: imagina al jugador que marcó el gol de la victoria en Roma y no disputa ni un minuto, pero las cosas funcionaron bien.
Es su forma de decirle al vestuario que el once no es un premio, sino una herramienta.
Fue después, ya sin que nadie le obligara, cuando Mourinho entró en el asunto que todos esperaban.
Dijo que nadie había conseguido mostrarle lo que, según se afirma, ocurrió.
Había pedido imágenes a la televisión y a sus analistas, que disponen de la cámara táctica, esa que a menudo deja ver cosas que la retransmisión oficial no enseña, y en ninguna encontró lo que molestó al técnico rival.
Añadió que, si algún día ocurre algo que a su juicio les beneficia, no tendrá problema en salir a decirlo, pero que cree que lo contrario sucederá muchas más veces, porque esa es la tendencia natural de las cosas.
Y lanzó una invitación: si el sábado, en la próxima rueda de prensa, alguien le hace llegar una imagen clara y objetiva de algo que no ha visto, y que su jugador dice que tampoco ocurrió, ahí estará.
Pero de momento, nada.
La cuarta pregunta fue la más afilada.
Desde El Chiringuito le preguntaron si, desde el banquillo, había temido la expulsión de Güler y perderlo para el Clásico.
La respuesta empezó con un gesto de calma: ese día no había pensado en el Clásico ni un minuto, solo en ganar.
Y continuó con una de esas frases que sientan cátedra: entiende a Luis García, dijo, porque para un entrenador que pierde por 4-1 tener la oportunidad de responder cuatro o cinco preguntas sobre un asunto que no es tal resulta fantástico.
Fantástico, subrayó, porque le permite hablar de otra cosa.
Contó entonces un detalle revelador: cuando la jugada ocurrió, tenía una tableta a su lado con Pedro, su ayudante, y le pidió que le enseñara la acción.
Se la enseñó, y no vio nada.
Reconoció que siempre queda la duda de si habrá otras cámaras que muestren algo distinto, pero hasta ahora, nada.
La quinta pregunta, de Radio Marca, fue sobre Valverde.
Llevaba semanas hablándose de su posición, y se le preguntó si ya estaba convencido de que podía jugar de lateral con regularidad y si había convencido al propio jugador.
Mourinho recordó que, mitad en broma, mitad en serio, había dicho que, si tuviera cuatro Valverdes, uno jugaría de lateral, otro de centrocampista, otro de extremo derecho y otro de mediapunta.
Porque Valverde, defendió, es uno de los jugadores más multifuncionales del fútbol mundial, capaz de jugar de todo a un nivel altísimo.
Admitió que no es fácil para un entrenador dejar en el banquillo a dos laterales derechos de calidad.
Pero su razonamiento táctico era sólido: detrás de un Endrick zurdo que se cierra hacia dentro, casi como segundo delantero, necesitaba un lateral con profundidad, con piernas para subir y bajar y calidad para jugar.
Y Valverde, concluyó, lo hizo muy bien.
Pero no hay que convencerle de nada, ni él tiene que estar convencido de nada.
Es el capitán del Real Madrid, y si tuviera que jugar de portero, se pondría los guantes y jugaría.
La sexta pregunta tenía un número escrito encima: 125 millones.
Desde el diario AS le preguntaron si el Diomandé que se vio en el campo es el que se ve en los entrenamientos y el que justifica esa inversión.
Mourinho no se anduvo con rodeos: tiene mucho que mejorar, es joven, todavía es ingenuo, un producto sin terminar.
Reconoció que la exigencia en el Real Madrid es altísima y que la gente piensa que debería jugar con el número 125 o 130 que se pagó, en lugar del que lleva a la espalda.
Pero también dejó claro que había hecho un gran partido y que está creciendo.
Señaló un punto concreto a mejorar: la definición.
Llega muchas veces a zonas de peligro, pero todavía le cuesta relajar el último segundo, levantar la cabeza, mirar a sus compañeros y asistir mejor.
Aun así, confía en que eso llegará.
Y recordó a Vinicius cuando llegó al Madrid, y cómo uno, dos o tres años después era un jugador de primerísimo nivel.
La séptima pregunta fue la más incómoda, y Mourinho la respondió con una pregunta.
Un periodista de ABC comentó que no había visto ninguna imagen nítida, y el técnico le preguntó si alguno de los presentes tenía alguna.
No cree que nadie las tenga, y por eso no entiende la obsesión de tantas preguntas sobre la misma historia.
El periodista cambió entonces de tercio y le preguntó por el arbitraje de De Burgos Bengoetxea en el partido del día anterior en La Cartuja, uno de esos encuentros del que había imágenes muy claras y muchas repeticiones.
Mourinho dijo que no lo había visto: ni el partido, ni las repeticiones, ni los resúmenes.
Explicó que había visto al Leipzig, aunque su cabeza solo quería pensar en el Sevilla, porque el trabajo sobre el Sevilla estaba hecho.
Contó que, incluso cuando sus jugadores no tienen concentración en Valdebebas, él se concentra, porque es de la vieja escuela, y que lo hace muchas veces solo o con algún asistente.
Esa noche dedicó su tiempo a ver al Bayern contra el Leipzig.
Y lo repitió con tono de juramento: no lo había visto.
Reconoció que luego le llegaron las voces, pero que tampoco fue una sorpresa para él.
Es un día más en la oficina, resumió.
La última pregunta, de Tablero Deportivo, miró al futuro más inmediato.
Se le preguntó si, con la ausencia de Vinicius en Liga, sería más complicado encajarlo después o habría que darle más cariño para su regreso.
Mourinho admitió que no le gusta hacerlo, pero que lo hace porque es una situación casi inevitable: el brasileño jugará el miércoles y será titular.
La Champions, explicó, es una vía para que se mantenga motivado, para que no se limite a entrenar sin jugar.
Está fresco, dijo, trabajó mucho desde el punto de vista físico al no jugar este día, y ojalá las cosas le salgan como se merece y como el equipo necesita.
Y cerró con un aviso sobre el rival: el Leipzig perdió muy mal el día anterior en Múnich, pero eso es otra cosa.
Así terminó una comparecencia que dejó más matices que titulares.
Mourinho esquivó la polémica sin parecer que la esquivaba, defendió a sus jugadores sin elogios vacíos y dejó un mensaje claro a toda la plantilla: aquí nadie tiene el puesto asegurado.
Hasta el miércoles, solo existe el Leipzig.
Después, ya se verá, porque el Clásico no tiene prisa y, desde luego, tampoco olvida.