Mourinho estalla tras el Madrid-Sevilla: «No he visto nada, absolutamente nada», el giro con Valverde y el aviso sobre el fichaje de 125 millones

Mourinho estalla tras el Madrid-Sevilla: «No he visto nada, absolutamente nada», el giro con Valverde y el aviso sobre el fichaje de 125 millones

Hay noches en las que el marcador es lo de menos y lo que de verdad importa llega después, cuando se apagan los focos y se encienden los micrófonos.

Esta fue una de ellas, porque el Real Madrid ganó, ganó bien y ganó con autoridad, pero la conversación acabó girando en torno a una sospecha que nadie en el vestuario blanco quería recoger.

En la sala de prensa había una pregunta flotando desde el primer minuto, una de esas que los periodistas guardan como quien guarda una carta marcada.

Y al otro lado de la mesa estaba José Mourinho, un hombre que ha pasado media vida convirtiendo las ruedas de prensa en campos de batalla y que esta vez decidió no pisar la mina.

Lo que dijo, y sobre todo lo que se negó a decir, ha dejado un reguero de titulares que van mucho más allá de un simple resultado.

Porque detrás de la victoria hay un lateral que no es lateral, un joven fichaje al que todavía le falta mucho, una estrella sancionada que será titular el miércoles y un clásico que acecha a la vuelta de la esquina.

Y, por encima de todo, una frase que resume el tono de la noche: no he visto nada.

Vamos por partes, porque esta historia merece contarse con calma.

Todo empezó con unas declaraciones del entrenador del Sevilla, Luis García Plaza, que acababa de ver cómo su equipo caía por 4-1 en el Bernabéu.

Lejos de centrarse en el marcador, el técnico sevillista dejó caer una insinuación que corrió como la pólvora por las redes sociales y las radios deportivas.

Según sus palabras, quizá el VAR no avisó al colegiado porque el Madrid no podía llegar a nueve puntos del Barça en el clásico.

Es decir, una sospecha envuelta en tono casi irónico, de las que no acusan directamente pero tampoco dejan a nadie tranquilo.

La frase llegó a la sala de prensa del Real Madrid antes de que Mourinho se sentara a hablar, y los periodistas lo sabían.

De hecho, la primera pregunta de la comparecencia fue precisamente sobre eso, y el entrenador portugués la esquivó con una elegancia que no siempre le ha caracterizado.

No quiso entrar en las palabras de su colega, y así lo dejó claro desde el principio, sin dobleces.

Lo que sí hizo fue explicar su postura personal sobre lo ocurrido, y ahí es donde la historia se vuelve realmente interesante.

Mourinho aseguró que nadie le ha conseguido hacer ver lo que dicen que pasó.

Pidió imágenes a la televisión, pidió imágenes a sus analistas, esos que trabajan con la cámara táctica que muchas veces revela detalles invisibles en la retransmisión convencional, y ninguna le mostró nada.

Ni una sola imagen que justificara la polémica, ni una sola secuencia que explicara el enfado del banquillo rival.

Y ahí soltó una de esas reflexiones que le definen: si algún día pasa algo que le beneficie, no tendrá ningún problema en salir a decirlo.

Pero añadió, con una media sonrisa casi audible, que cree que lo contrario ocurrirá muchas más veces, porque esa es la tendencia natural de las cosas.

Una frase que, en boca de Mourinho, suena a mucho más que una simple observación.

Porque el técnico del Madrid lleva semanas moviéndose en un terreno resbaladizo, el de las quejas arbitrales y la tensión con los estamentos, y esta vez prefirió el humor seco antes que el incendio.

Su mensaje fue claro: gran partido del Real Madrid, gran victoria del Real Madrid, y no he visto absolutamente nada.

Pero la cosa no terminó ahí, porque los periodistas insistieron.

Uno de ellos le preguntó si, desde el banquillo, había pensado en algún momento en el riesgo de perder a un jugador por una posible expulsión de cara al clásico.

La respuesta de Mourinho fue una pequeña obra maestra de la comunicación.

Dijo que hoy no había pensado en el clásico ni un solo minuto, que solo había pensado en ganar este partido.

Y luego, con el tono de quien no puede evitar clavar un alfiler, comentó que entiende a Luis García, porque para un entrenador que pierde por 4-1 tener la oportunidad de responder cuatro o cinco preguntas sobre un asunto que ni siquiera es un asunto resulta fantástico.

Fantástico, subrayó, porque le permite hablar de otra cosa que no sea el partido.

Ahí estaba el Mourinho de siempre, el que sabe leer el mapa emocional de una sala de prensa y dar un golpe sin levantar la voz.

Contó además un detalle revelador de lo que ocurrió en el banquillo.

Cuando la jugada se produjo, tenía a su lado a su ayudante, y le preguntó directamente si le había hecho ver algo.

La respuesta fue la misma: no había visto nada.

Reconoció, eso sí, que siempre queda la duda de si habrá otras cámaras que muestren algo distinto, pero hasta ahora, nada.

Y lo más curioso es que su propio jugador, según explicó, tampoco le dijo que hubiera pasado nada.

Hasta aquí, la polémica.

Pero la rueda de prensa tuvo mucho más recorrido, porque Mourinho ofreció varias claves futbolísticas que merecen un análisis aparte.

La primera tiene nombre y apellido: Fede Valverde.

Durante las últimas semanas, el uruguayo había sido el centro de un debate casi permanente sobre su posición ideal en el campo.

Contra el Sevilla, Mourinho sorprendió al colocarlo como lateral derecho, dejando en el banquillo a dos laterales derechos de calidad, algo que reconoció que no es fácil para un entrenador.

La explicación fue puramente táctica y muy lógica.

Delante de Valverde jugaba un atacante zurdo que venía hacia dentro, prácticamente un segundo delantero, y eso dejaba el carril derecho desprotegido.

Por eso, el entrenador pensó que necesitaba un lateral con profundidad, con piernas para llegar hasta el fondo y con calidad para jugar.

Y Valverde, según su análisis, cumplió a la perfección.

Cuando le preguntaron si ya se había convencido de que puede jugar de lateral con regularidad, y si había convencido al propio jugador, respondió con una de esas frases que solo se le ocurren a él.

Dijo que no tiene que convencer a nadie de nada, y que Valverde tampoco tiene que estar convencido de nada.

Porque es el capitán del Real Madrid, y si tuviera que jugar de portero, no importaría.

Antes había contado una anécdota que había lanzado en otra ocasión, mitad en broma, mitad en serio: si tuviera cuatro Valverdes, uno jugaría de lateral, otro de centrocampista, otro en la banda derecha y otro de diez.

Porque, en su opinión, Valverde es uno de los jugadores más multifuncionales que existen hoy en el mundo del fútbol.

Puede jugar de todo, y lo hace con un nivel altísimo.

La segunda clave de la noche fue la gestión del once inicial, un asunto que Mourinho abordó con una franqueza poco habitual.

Un periodista le preguntó si ese era el equipo que tenía en la cabeza para el clásico, después de haber cambiado cosas respecto a otros partidos.

Habló de Arda Güler, de si estaba preparado para jugar más cerca de la creación, de un Valverde lateral y de un Endrick volviendo a la banda.

Mourinho cortó por lo sano: en este momento, el único partido en el que piensan es el siguiente de la Champions.

No perderá, aseguró, ni un solo minuto hasta el miércoles por la noche pensando en el rival del domingo.

Admitió que había cambiado algunas cosas, pero manteniendo una cierta lógica, porque había señales en partes de partidos anteriores que indicaban que la cosa podría funcionar.

Y entonces llegó una reflexión que merece ser leída despacio.

Dijo que la meritocracia, para él, es un concepto muy abstracto, porque no hay forma de cuantificar cuáles son los once jugadores que más merecen jugar.

Hay mucha gente que merece jugar, insistió, y hay mucha gente que se quedó en el banquillo y que merece jugar.

Y puso un ejemplo que resume la dureza de su oficio: imagínate un chico que hace el gol de la victoria en Roma y se queda en el banquillo sin jugar un solo minuto, pero las cosas funcionaron bien.

Es una forma de decirle a todo el vestuario que nadie tiene el puesto asegurado y que nadie debe sentirse injustamente tratado.

Es la ley del entrenador pragmático, el que alinea al once que cree que mejor encaja en cada partido y no al que más méritos acumula en el cuaderno.

En cuanto al partido en sí, Mourinho no escatimó elogios.

Habló de un buen partido global, de muchos jugadores a un nivel individual altísimo y de un encuentro que controlaron de principio a fin.

Destacó los goles de calidad, el alto porcentaje de posesión y algo que, según dijo, no siempre da una imagen real del partido pero que hoy sí justifica claramente el dominio.

Y lo hizo con una frase que define su filosofía: no es solo ganar, que obviamente es lo más importante, sino ganar bien, jugar bien y tener muchísimas sensaciones positivas.

Reconoció además el respeto que sentían por el rival, un equipo al que calificó de bueno, y que eso hace más valiosa la victoria.

Entre los nombres propios de la noche, uno brilló por encima del resto: Yan Diomandé.

El joven jugador, que llegó con una cifra de traspaso que ha alimentado todo tipo de comentarios, protagonizó, según un periodista, un partido estelar tanto en defensa como en ataque.

Pero Mourinho, fiel a su estilo, no se dejó llevar por la euforia.

Cuando le preguntaron si el Diomandé de los entrenamientos es el que vimos en el campo, y si ese es el jugador por el que se pagaron 125 millones, respondió con una crudeza que sorprendió a más de uno.

Tiene mucho que mejorar, tiene mucho para mejorar, repitió.

Y añadió que todavía es un producto no acabado.

Reconoció que la exigencia del Real Madrid es obviamente muy alta, y que mucha gente piensa que ese chico debería jugar con el número 125 o 130 que se pagó por él, en lugar del 25 que lleva en la espalda.

Pero también dejó claro que ha hecho un gran partido y que está creciendo.

Su principal carencia, según el entrenador, está en la definición.

Llega muchas veces a zonas de peligro, pero todavía le cuesta relajar el último segundo, levantar la cabeza, mirar la posición de sus compañeros y asistir mejor.

Aun así, confía en que eso llegará.

Y para ilustrarlo recurrió a un recuerdo personal que lo dice todo: se acordó de Vinícius cuando llegó al Real Madrid y de cómo, dos o tres años más tarde, era un jugador de primerísimo nivel.

La comparación es una declaración de intenciones.

Mourinho está diciendo que a Diomandé hay que darle tiempo, pero también que le ve condiciones para convertirse en una pieza importante.

Hablando de Vinícius, el brasileño fue otro de los temas que surgió en la comparecencia.

Un periodista le preguntó si, con la ausencia del delantero en los próximos partidos de Liga, será más complicado encajarlo después o si habrá que darle más cariño a su regreso.

La respuesta de Mourinho no dejó lugar a dudas.

Dijo que no le gusta hacerlo, pero que lo hace porque es una situación casi inevitable: Vinícius juega el miércoles y juega como titular.

La Champions, explicó, es una vía para que se mantenga motivado, para que no se limite a entrenar sin jugar.

Según el técnico, el delantero está fresco, trabajó mucho desde el punto de vista físico mientras no jugó y merece que las cosas le salgan como necesita el equipo.

Es una apuesta clara por un futbolista que atraviesa un momento delicado, pero al que el entrenador no quiere dejar caer.

Hubo todavía otro capítulo que merece mención, y que demuestra hasta qué punto Mourinho vive el fútbol casi las veinticuatro horas del día.

Un periodista le preguntó por el arbitraje del partido de la jornada anterior en La Cartuja, uno de esos encuentros que habían generado reflexiones y análisis muy nítidos en los medios.

Mourinho respondió que no lo había visto, ni las repeticiones, ni los resúmenes, nada.

Explicó que, aunque su cabeza estaba puesta en el Sevilla, el trabajo de casa estaba hecho, y que prefirió dedicar su tiempo a ver otro partido.

Se trata del Bayern contra el Leipzig, es decir, el rival del miércoles, un encuentro que sí siguió con atención.

Contó que, como buen representante de la vieja escuela, se concentra solo o con alguno de sus asistentes los días de partido, y que esa noche la dedicó a estudiar a su siguiente adversario.

Y repitió, casi con tono de juramento, que no lo había visto.

Te juro que no lo he visto, dijo, no estoy bromeando.

Reconoció que luego le llegaron las voces del ruido mediático, pero que tampoco fue una sorpresa para él.

Es el ruido habitual, vino a decir, el de siempre.

Si uniéramos todos estos fragmentos, aparece un retrato muy claro del estado de ánimo del Real Madrid en este momento de la temporada.

Hay una enorme confianza en el trabajo del día a día, una voluntad evidente de evitar el ruido y una determinación casi obsesiva por centrarse en el siguiente partido.

Pero también hay una tensión latente, de esas que se palpan en cada pregunta y cada respuesta.

Porque el calendario no da tregua.

El miércoles toca la Champions contra el Leipzig, y el domingo, el clásico.

Dos partidos que pueden definir buena parte del rumbo de una temporada que, a pesar de las sensaciones positivas del Madrid, todavía tiene demasiadas incógnitas.

Mourinho lo sabe, y por eso insistió en que hasta el sábado, día de la próxima rueda de prensa, no hablará del partido del campeonato.

Dejó, eso sí, una puerta abierta.

Si alguien le hace llegar una imagen clara y objetiva de algo que él no ha visto, y que su jugador le dice que tampoco ha pasado, ahí estará.

Pero de momento, nada.

Y la frase final de la noche quedó resonando como un eco: no he visto nada, absolutamente nada.

Quizá sea verdad, quizá sea una estrategia, o quizá sea simplemente la forma que tiene Mourinho de decirle a todo el mundo que no piensa gastar ni una gota de energía en polémicas ajenas.

Lo cierto es que el Real Madrid ganó, convenció y se marchó del estadio con la sensación de haber dado un paso firme en un camino que se complica a partir de ahora.

El Leipzig espera.

Y detrás, con el aliento en la nuca, el clásico.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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