El ambiente en el Congreso ya no es el mismo. No hay calma, no hay margen, no hay paciencia. Cada sesión se vive como una cuenta atrás, cada votación como una ruleta rusa. Y en el centro de todo, con el gesto serio y la sonrisa cada vez más forzada,Pedro Sánchez. Un presidente que, según sus críticos, ya no gobierna: resiste.
La palabra que más se escucha en los pasillos no es “consenso”, ni “estabilidad”, ni siquiera “legislatura”. Es desesperación.
Porque para muchos, lo que está ocurriendo en la política española no es una negociación normal. Es una sucesión de cesiones, pactos límite y decisiones que han hecho saltar todas las alarmas. La pregunta que se repite, dentro y fuera del Parlamento, es siempre la misma:¿hasta dónde está dispuesto a llegar Pedro Sánchez para conseguir un voto más?
La imagen es poderosa. Un presidente que llegó al poder prometiendo firmeza institucional, regeneración democrática y líneas rojas claras… y que ahora parece gobernar al filo del abismo, dependiendo de apoyos frágiles y socios incómodos.
Cada votación es un pulso. Cada ley, una moneda de cambio.
Y eso, para una parte muy amplia de la sociedad, tiene un precio demasiado alto.
Los críticos lo dicen sin rodeos: Sánchez estaría dispuesto a “vender España” políticamente con tal de mantenerse en el poder. Es una frase dura, exagerada para algunos, pero que ha calado como pocas en el debate público. Porque no se trata solo de acuerdos. Se trata de la sensación de que todo es negociable.
La unidad territorial.

Las instituciones.La igualdad ante la ley.
Todo parece entrar en la mesa de negociación cuando los números no cuadran.
En Moncloa lo niegan. Hablan de diálogo, de pluralidad, de democracia parlamentaria. Insisten en que gobernar en minoría obliga a pactar. Y es cierto. Pero para muchos ciudadanos, el problema no es pactar… es con quién y a cambio de qué.
Las imágenes de Pedro Sánchez reuniéndose con socios que hace años eran presentados como inaceptables se repiten una y otra vez. Lo que antes era imposible, hoy es imprescindible. Lo que antes era una línea roja, ahora es un punto de partida.
Y ese giro constante ha alimentado la idea de un líder acorralado por sus propias promesas.
En el Congreso, la oposición habla de “cesión permanente”. De un presidente que no lidera, sino que suplica apoyos. De un Gobierno que legisla mirando más a sus socios que al conjunto del país.
Las palabras “chantaje político” se escuchan cada vez con más fuerza. Porque cada grupo minoritario sabe que tiene una llave. Y cuando uno tiene una llave… exige.
Pedro Sánchez comparece, defiende sus decisiones, apela a la responsabilidad histórica. Pero su lenguaje corporal delata cansancio. Las intervenciones son más tensas. Las respuestas, más agresivas. La sensación de control absoluto que exhibía hace años ha dado paso a una imagen mucho más frágil.
Un presidente que ya no marca el ritmo, sino que corre detrás de él.
En la calle, el clima también ha cambiado. Manifestaciones, protestas, debates familiares que acaban en gritos. La política ha dejado de ser abstracta. Ha entrado en la conversación diaria con una carga emocional enorme.
Para unos, Pedro Sánchez es el único dique frente a la derecha. Para otros, es el mayor riesgo institucional de las últimas décadas. Dos relatos opuestos que conviven, chocan y se alimentan mutuamente.

Pero incluso entre antiguos votantes socialistas empieza a escucharse una incomodidad creciente. No tanto ideológica como moral. La sensación de que el fin justifica los medios.
—“No lo reconozco”— dicen algunos—. “Este no era el proyecto”.
Y mientras tanto, Sánchez sigue adelante. Porque no tiene alternativa. Gobernar se ha convertido en una huida hacia delante. Ceder hoy para sobrevivir mañana. Aceptar lo impensable para evitar el colapso inmediato.
Sus defensores aseguran que la historia le dará la razón. Que está pagando el precio de gobernar en un país plural. Que la política real es fea, incómoda y contradictoria. Y puede que tengan razón.
Pero la percepción es implacable.
Cada concesión se amplifica.
Cada pacto se exagera.
Cada silencio se interpreta como debilidad.
Y en política, la percepción pesa tanto como la realidad.
Pedro Sánchez parece saberlo. Por eso su discurso se ha endurecido. Por eso señala constantemente a la oposición. Por eso habla de “bloqueo”, de “ruido”, de “extrema derecha”. Porque necesita un enemigo claro para justificar cada paso que da.
Pero ese relato ya no convence a todos.
En los pasillos del poder se comenta que nunca antes un presidente había dependido tanto de tan pocos. Que nunca antes la estabilidad del país había estado tan ligada a decisiones tomadas en despachos cerrados, lejos del consenso social.
¿Es exagerado hablar de “vender España”?
Probablemente sí.
¿Es injusto reducir la política a un eslogan?
También.
Pero los eslóganes nacen cuando la gente siente que algo se les escapa de las manos.
Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Pedro Sánchez no gobierna desde la comodidad. Gobierna desde la urgencia. Desde el cálculo. Desde el miedo a perder una votación clave que lo deje al borde del precipicio político.
Su desesperación, real o percibida, se ha convertido en el eje del relato nacional.
Porque cuando un presidente parece necesitar cada voto como si fuera el último…
la pregunta ya no es qué hará mañana.
La pregunta es qué está dispuesto a sacrificar hoy.
Y esa duda, instalada en la sociedad, es la bomba política más peligrosa de todas.
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