La plaza amaneció distinta. No era un día de elecciones ni una fecha patria marcada en el calendario, pero algo flotaba en el aire, una mezcla de expectativa y cansancio acumulado. Desde temprano, la gente comenzó a reunirse con pancartas improvisadas, camisetas gastadas y banderas que habían visto tiempos mejores. En el centro de todas ellas, un nombre escrito con letras grandes, casi infantiles, como si así pudiera pesar menos:MESSI.
Nadie sabía exactamente quién había sido el primero en decirlo en voz alta. Algunos aseguraban que fue un vendedor ambulante, otros que nació como broma en una cola interminable. Pero lo cierto es que la idea se propagó como se propagan las cosas en los momentos difíciles: sin lógica, pero con una fe desesperada.
Si él pudo ordenar el caos en una cancha, ¿por qué no acá? —decía un hombre de barba canosa, mientras levantaba un cartel torcido.
Cuando el cansancio busca símbolos
Venezuela llevaba años acumulando promesas rotas, discursos repetidos y esperanzas postergadas. La gente ya no pedía milagros; pedía coherencia. Y, curiosamente, esa palabra empezó a asociarse con alguien que nunca había hecho política, que nunca había pronunciado un discurso desde un balcón, que nunca había prometido nada más que jugar al fútbol.
Lionel Messi, desde la distancia, se convirtió en símbolo de algo que parecía olvidado: la constancia silenciosa. No gritaba. No señalaba. No culpaba. Simplemente hacía su trabajo, una y otra vez, incluso cuando todo parecía perdido.
La consigna que nadie planeó
Messi presidente” apareció primero en una pared, escrito con marcador azul. Luego en redes sociales, en mensajes irónicos que empezaron a dejar de serlo. Finalmente, en la plaza, dicha en voz alta, coreada con una mezcla de risa y seriedad.
No queremos que gobierne —aclaraba una mujer mayor—. Queremos que nos enseñe cómo se gobierna sin mentir.
Ahí estaba la clave. No se trataba de fútbol ni de Argentina. Se trataba de una forma de estar en el mundo.
El hombre que no quiso ser héroe
Messi nunca quiso ser salvador de nadie. Su historia estaba hecha de silencios, de trabajo constante, de derrotas digeridas en privado. Quizás por eso conectaba tanto con un pueblo cansado de líderes que hablaban demasiado y hacían poco.
En las conversaciones de la plaza, su nombre se mezclaba con anécdotas personales.
¿Te acordás cuando perdió finales y siguió intentando? —decía un joven—. Eso es lo que necesitamos.
Messi, sin saberlo, representaba la idea de que rendirse no es una opción, pero tampoco lo es mentir para seguir adelante.

Un presidente imaginado
Alguien comenzó a describir cómo sería un hipotético gobierno de Messi. No había promesas grandilocuentes. No había planes imposibles.
Llegaría temprano, escucharía más de lo que hablaría y se iría a la hora que corresponde —decía un profesor.
Otro agregaba:
—No buscaría culpables. Buscaría soluciones.
En ese presidente imaginado, Messi no levantaba la voz ni imponía autoridad. Lideraba con ejemplo. Como siempre.
La ironía que se volvió seria
Los medios empezaron a hablar del fenómeno. Algunos con burla, otros con preocupación. ¿Cómo era posible que un futbolista extranjero se convirtiera en símbolo político?
La respuesta era incómoda: no hablaba de él, hablaba del vacío. Cuando las instituciones pierden credibilidad, la gente busca referentes donde todavía cree ver verdad.
Y Messi, sin proponérselo, había construido una imagen basada en la coherencia entre lo que decía y lo que hacía. Algo escaso. Algo valioso.
Las voces de la calle
En la plaza, las historias se repetían con distintos rostros.
Yo no sé de política —decía un taxista—, pero sé reconocer a alguien que no vende humo.
Messi no nos promete nada —agregaba una estudiante—. Y eso ya es más honesto que muchos.
No era idolatría. Era comparación. Y la comparación resultaba dolorosa.
El eco internacional
La noticia cruzó fronteras. Titulares curiosos aparecieron en medios extranjeros: Venezuela pide a Messi como presidente”. Algunos lo tomaron como una excentricidad latinoamericana. Otros, con más atención, vieron el trasfondo.
No se trataba de Messi. Se trataba de lacrisis de representación. De cómo un deportista podía encarnar valores que la política había abandonado.
Messi, el ausente presente
Mientras tanto, Messi seguía con su vida. Entrenamientos, partidos, familia. En alguna entrevista le mencionaron el tema. Sonrió, incómodo.
No entiendo mucho de eso —dijo—. Yo solo sé jugar al fútbol.
Esa respuesta, lejos de apagar el fuego, lo avivó. Porque confirmaba exactamente lo que la gente veía: alguien queno quiere el poder, y por eso mismo parece digno de él.
Un espejo incómodo
La exigencia simbólica del pueblo venezolano no buscaba un nombramiento real. Buscaba un espejo. Un contraste. Un recordatorio de que liderar no es imponerse, sino sostener.
En las pancartas ya no se leía solo “Messi presidente”. Se leía:
“Queremos líderes que jueguen en equipo”.
“Queremos menos discurso y más trabajo”.
“Queremos alguien que sepa perder y volver”.

El final abierto
Al caer la tarde, la plaza comenzó a vaciarse. Las pancartas quedaron apoyadas contra las paredes. La consigna se fue apagando, como se apagan las velas después de una vigilia.
Pero algo había cambiado. No en el poder, sino en la conversación.
Messi no sería presidente. Nadie lo esperaba realmente. Pero había servido para algo más profundo: poner en palabras lo que faltaba.
Porque, a veces, un pueblo no exige a un hombre. Exige valores. Y cuando no los encuentra donde debería, los busca donde todavía cree que existen.
Esa tarde, en Venezuela, el nombre de Messi no fue un chiste. Fue una pregunta.
Una pregunta incómoda.Y, como todas las preguntas importantes, todavía espera respuesta.
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