No fue un comunicado oficial.No hubo sello real, ni firma, ni bandera ondeando a media asta.El primer aviso llegó como llegan siempre las cosas peligrosas en el siglo XXI: un susurro convertido en titular, un mensaje reenviado miles de veces antes del amanecer.
Se muere.”

Dos palabras. Nada más.<Y, sin embargo, suficientes para sacudir los cimientos invisibles de una monarquía que llevaba años sosteniéndose más por silencio que por convicción.
En un apartamento discreto de Ginebra, lejos de los balcones dorados y de los retratos ecuestres, el viejo rey —al que todos seguían llamandoel Mérito, incluso quienes lo habían desterrado del relato oficial— permanecía inmóvil, respirando con dificultad. Nadie sabía con certeza qué ocurría detrás de aquellas paredes. Pero el rumor ya había escapado, y una vez libre, el rumor no obedece a nadie.

En Madrid, aún era de noche cuando los teléfonos comenzaron a vibrar.
Felipe VI no dormía. Hacía tiempo que el sueño se le había vuelto un lujo intermitente. Leyó el mensaje sin mover un músculo del rostro. No preguntó quién lo había enviado. No hizo falta. En su mundo, las malas noticias no se anuncian:se filtran.
¿Ha empezado ya? —murmuró.
Letizia Ortiz, sentada al otro lado de la habitación, levantó la vista del informe que estaba leyendo. No preguntó qué. Tampoco hizo falta.
Sí —respondió él—. Ya lo están diciendo.
Ella cerró el dossier con una calma que no engañaba a nadie. Durante años había aprendido que, en la corte, la serenidad no era un rasgo de carácter, sino una estrategia de supervivencia.
—Entonces llegará lo siguiente —dijo—. Siempre llega.
Y llegó.
A las seis de la mañana, los programas digitales hablaban de “estado crítico”. A las siete, de “fuentes cercanas”. A las ocho, alguien se atrevió a escribir lo que muchos pensaban pero nadie confirmaba: que el final del Mérito no sería solo biológico, sinopolítico.
Porque el problema nunca fue la muerteEl problema era todo lo que venía con ella.
En los cafés cercanos al Congreso, los camareros escuchaban discusiones en voz baja. No sobre la salud del anciano, sino sobre la herencia invisible: secretos, decisiones, silencios pactados. El nombre de Felipe aparecía siempre acompañado de otro: Letizia. Para algunos, como responsables. Para otros, como estrategas. Para muchos, como culpables convenientes.
Ellos sabían.”
Ellos lo empujaron al exilio.Ahora quieren enterrarlo también en la memoria.”
Nada de eso estaba probado. Pero en una historia bien contada, la verdad importa menos que la coherencia emocional.
Letizia observaba las pantallas desde su despacho. Conocía ese lenguaje. Ella misma había trabajado en los medios, antes de aprender que la corona no te protege de la narrativa: te convierte en su prisionera.

No dirán que fue una casualidad —dijo—. Dirán que fue una limpieza.
Felipe apretó la mandíbula.
Hice lo que tenía que hacer.
—Lo sé —respondió ella—. Pero eso no es lo que van a contar.
En Ginebra, el Mérito abrió los ojos por un instante. Nadie estaba allí para verlo. O quizá sí, pero no importaba. Durante décadas había sido observado, fotografiado, analizado. Ahora, en ese momento final —real o imaginado—, ya no era dueño ni siquiera de su propio estado. Otros lo narraban por él.
Recordó aplausos. Cacerías. Pactos sellados con copas alzadas. Recordó también la soledad, esa que solo conocen los que han sido demasiado grandes como para confiar en alguien.
Si pudiera hablar —pensó—, nadie escucharía.Ya habían decidido el final.
En España, las acusaciones tomaron forma. No en tribunales, sino en tertulias. “Felipe VI y Letizia Ortiz”, repetían los titulares, como si el ritmo mismo del nombre bastara para señalar.
No se les acusaba de un acto concreto. Eso habría sido demasiado simple.
Se les acusaba defrialdad, de cálculo, de haber elegido la institución por encima del hombre.
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Y quizá eso era lo imperdonable.
El país no quiere una explicación —dijo un asesor—. Quiere un villano.
Felipe miró por la ventana. La ciudad despertaba, ajena y no. Sabía que, pasara lo que pasara en Ginebra, el relato ya estaba escrito en borrador.
Entonces lo seremos —respondió—. Como siempre.
Letizia no dijo nada. Pensaba en algo distinto: en cómo la historia convierte a las mujeres en símbolos fáciles. Reina fría. Esposa ambiciosa. Cerebro en la sombra. os clichés eran más resistentes que la verdad.
Cuando, horas después, una nota ambigua habló de “empeoramiento”, el país contuvo la respiración. No por amor. Por expectativa. Porque toda muerte poderosa promete un antes y un después, aunque casi nunca lo cumpla.
El Mérito no murió ese día.
O quizá sí, pero no como esperaban.
Murió en los relatos, en los vídeos editados, en las acusaciones sin prueba. Murió como personaje útil. Lo que quedara vivo —si quedaba algo— ya no importaba.
Felipe y Letizia aparecieron juntos por la noche. Serios. Medidos. Demasiado correctos para quienes pedían lágrimas, demasiado humanos para quienes exigían distancia.No importa —susurró ella, cuando se apagaron las cámaras—. Mañana dirán otra cosa.
Él asintió. Sabía que la monarquía moderna no se sostenía sobre coronas, sino sobre control del daño.
Y en algún lugar, lejos del ruido, el viejo rey respiraba. O no.
Pero el aviso urgente ya había cumplido su función.
Porque, al final, en esta historia —como en tantas otras— lo que se muere primero no es un hombre, sino la versión de él que conviene conservar.
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